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Sariel. Él Inicio De La Eternidad

Sariel. Él Inicio De La Eternidad

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:52
Nilai: 5
nombre de autor: victoria illescas

Sariel portador del séptimo rayo, es elegido por el dios del amor para ser su guardián en la tierra humana, mientras trata de ser el observador cósmico del creador , conocerá la fragilidad de su esencia al conocer el sentimiento que solo los mortales estaban condenados a sentir , él amor , acompaña al guerrero de amatista a encontrar su verdadera misión entre él cielo, la tierra y el infierno en ese extensa línea de la Eternidad

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capítulo 23. Él sacrificio del rayo púrpura

Capitulo 23. Él sacrificio del rayo púrpura

Una tarde, los jardines de cristal estaban sumidos en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el crujido del cuarzo bajo los pies de Alanis.

El aire, usualmente cálido y lleno de vida, se sentía pesado, cargado con la agonía silenciosa de un ángel que se desvanecía.

En el centro del pabellón, recostado contra el tronco de un sauce de luz, estaba Zadquiel. Su piel, antes radiante, tenía ahora la palidez del alabastro frío. Sus ojos estaban cerrados, y cada respiración parecía una batalla ganada a duras penas contra el vacío que crecía en su pecho. La falta de la mitad de su esencia lo estaba consumiendo desde dentro, transformándolo en un eco de lo que fue.

Alanis se arrodilló a su lado, con el corazón encogido. Al ver la fragilidad de Zadquiel, una ola de culpa la golpeó con más fuerza que cualquier tormenta de los confines.

- Zadquiel… susurró ella, extendiendo una mano temblorosa para rozar la de él. La mano de zadquiel estaba gélida.

El ángel abrió los ojos lentamente al sentir el tacto de Alanis. Sus pupilas, antes brillantes, estaban nubladas, pero al ver a la guardiána una chispa de ternura atravesó su dolor.

- No deberías estar aquí, Alanis… la voz de zadquiel era un hilo frágil

- Este lugar… se está volviendo demasiado frío e inestable

- Perdóname, Zadquiel , sollozó Alanis, bajando la cabeza hasta que su frente tocó la mano del ángel

- Por favor, perdóname. Fui tan ciega… Estaba tan absorta en mi propio camino, en mis propias batallas, que nunca me di cuenta. Nunca vi lo que Sariel sentía por mí. Nunca vi que ese amor era el que lo mantenía en pie, pero también el que lo estaba destrozando.

Zadquiel soltó un suspiro entrecortado, un sonido que pareció agrietar el cristal a su alrededor.

- Él siempre fue… mejor ocultando sus incendios que yo, murmuró Zadquiel, intentando esbozar una sonrisa que no llegó a sus labios

- Sariel te ama con una ferocidad que asusta incluso a las estrellas, Alanis.

- Él dividió nuestro poder no solo por deber… sino porque necesitaba ser lo suficientemente fuerte para que nada, ni nadie, pudiera arrancarte de su lado.

-Y tú pagaste el precio , dijo Alanis, con la voz quebrada y lágrimas en los ojos

- Tú estás aquí, muriendo en silencio, mientras él lucha en las sombras y yo… yo solo ahora entiendo el peso de los sacrificios que ambos hicieron por mí. Si yo hubiera sabido lo que mi presencia causaba en su alma, si hubiera sido más consciente… quizás tú no estarías así.

Zadquiel apretó débilmente los dedos de Alanis. Una vibración de dolor recorrió su cuerpo, haciéndolo estremecerse, pero sus ojos permanecieron fijos en ella, llenos de una compasión infinita.

-No te culpes por ser amada, Alanis , dijo él, con una voz que se hundía en un tono casi inaudible

- Mi sufrimiento no es tu culpa, ni siquiera es del todo de Sariel. Es el precio del equilibrio. Él es el escudo que tú necesitas, y yo… yo soy la raíz que lo sostiene a él. Si mi luz se apaga para que ustedes dos tengan una oportunidad en este universo oscuro, entonces es un precio que acepto con gusto.

Zadquiel cerró los ojos de nuevo, su cuerpo hundiéndose más contra el árbol de cristal. Una lágrima de luz pura resbaló por su mejilla pálida.

- Prométeme una cosa Alanis , susurró zadquiel

- Cuando él vuelva… y volverá, lo siento en mi sangre… no dejes que el arrepentimiento lo consuma. Dile que no lo culpo. Dile que ser su raíz fue el mayor honor de mi existencia.

Alanis no pudo responder con palabras, solo con un nudo en la garganta y el firme propósito de que, si Sariel regresaba, ella sería el puente que traería de vuelta la luz que Zadquiel estaba perdiendo por amor a ambos. En la quietud del jardín, el sacrificio de los hermanos se sentía más sagrado y trágico que nunca.

El silencio de los siglos se volvió una sustancia densa, casi física. La soledad no solo los había cambiado por fuera, sino que había reescrito sus esencias.

Sariel en los confines se había vuelto una leyenda de sombras. Los demonios le temían no por su luz, sino por su vacío, peleaba con una ferocidad gélida, como si buscara que algún golpe finalmente apagara el dolor de su pecho.

Zadquiel, desde la distancia, sentía cada herida de su gemelo como un latigazo en su propia alma, debilitándose hasta el punto de que sus alas apenas podían sostenerlo.

Miguel, por su parte, se convirtió en una estatua de deber. Su mirada dorada ya no buscaba el horizonte con esperanza, sino con una vigilancia paranoica.

Se prohibió pronunciar el nombre de Alanis, pero en las noches de guardia, su espada vibraba con la misma frecuencia que el corazón de ella, era un eco que cruzaba dimensiones.

Alanis por la culpa dejó de cantar. Las flores de los jardines de cristal se volvieron grises y quebradizas bajo su tacto. Ella no era una prisionera de los arcángeles, sino de su propio remordimiento. Se preguntaba si su amor por Miguel valía el alma de Sariel, y la respuesta siempre era un silencio que la asfixiaba.

En la frontera más profunda, donde la luz del gran sol no llega, Sariel se convirtió en un mito de terror para las sombras. Su armadura, antes brillante, estaba marcada por mil batallas y teñida de un violeta oscuro, casi negro. No hablaba con nadie.

Su rayo púrpura ya no era una danza, sino un látigo de energía errática que castigaba a cualquier oscuridad que se atreviera a acercarse.

En sus momentos de descanso, se sentaba al borde del abismo, mirando hacia el centro del firmamento, tocando la cicatriz en su pecho donde la conexión con su gemelo seguía pulsando como un miembro fantasma. El odio se había enfriado, dejando solo un vacío gélido... Continuará

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