Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.
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EL BROCHE DE ORO DEL GLACIAR
El viernes llegó con una energía vibrante, cargado de la promesa de un fin de semana que sellaría, definitivamente, el destino del Glaciar y la Salsa. Jonh, con el corazón latiéndole a mil por hora, salió del corporativo al mediodía. Pasó por su casa para cambiarse y ponerse sus mejores galas —un jean azul oscuro que resaltaba sus piernas poderosas, una franela de cuello negro de manga corta que marcaba sus pectorales y bíceps de gladiador, y unos zapatos deportivos negros impecables— y se dirigió a la joyería más exclusiva de la ciudad. Allí, con una mezcla de nervios y determinación, seleccionó un anillo de compromiso: una sortija de platino con un diamante central talla brillante, clásico y elegante, perfecto para su prometida.
Ariadna, por su parte, también se fue temprano a su apartamento. Se duchó, perfumó su piel con sutiles notas de jazmín y se vistió con un elegante vestido de lino color coral, fresco y veraniego, que acariciaba su figura. Unas alpargatas de cuña alta completaban el conjunto, estilizándola con sencillez. Su rostro, radiante de felicidad, reflejaba la paz de una mujer que había encontrado el amor verdadero.
A las cinco de la tarde, sus padres, Arturo y Mariana, llegaron al departamento en su camioneta de lujo negra. Iban vestidos con ropa cómoda y veraniega, listos para disfrutar de la velada. Tras un breve y cariñoso saludo, los tres se dirigieron a la casa de la familia Guedez, donde Jonh y su familia los esperaban con los brazos abiertos.
La cena fue una explosión de sabores y alegría. Esperanza, la madre de Jonh, había preparado un festín de comida venezolana: arepas variadas, tequeños, cachapas, y un sancocho humeante que reconfortaba el alma. Donato, el padre, con su inseparable gorra desteñida, no paraba de contar chistes y anécdotas de su juventud, mientras Eusebio, el abuelo, amenizaba la velada con su armónica. Arturo, encantado con la autenticidad y la calidez de la familia Guedez, no tardó en unirse a la parranda. Entre copa y copa de ron, y bromas compartidas, el patriarca de los Riquelme se emborrachó como nunca. Empezó a cantar música llanera a todo pulmón, con Donato y Eusebio haciéndole los coros y tocando las maracas. Mariana y Ariadna, con una mezcla de ternura y diversión, no paraban de reír ante el espectáculo.
La noche avanzaba y la fiesta no decaía. Arturo, ya completamente ebrio, era incapaz de mantenerse en pie. Jonh, con su fuerza sobrehumana, tuvo que cargarlo a rastras hasta la camioneta. Por primera vez, se puso al volante del vehículo de lujo de Ariadna, con Arturo roncando plácidamente en el asiento trasero.
Al llegar a la mansión de los Riquelme, entre los dos, con la ayuda de Ariadna, lograron acostar a Arturo en su cama. Mariana, con una mezcla de alivio y resignación, les agradeció la ayuda y se despidió de ellos con un beso tierno.
Ya solos, en la camioneta de Ariadna, con Jonh al volante, el ambiente estaba cargado de una electricidad palpable. Ariadna, con el corazón latiéndole con fuerza, esperaba que Jonh la llevara a su apartamento. Pero, para su sorpresa, él tomó un desvío inesperado.
—¿Adónde vamos, mi amor? —preguntó Ariadna, con voz temblorosa—. ¿No vamos a mi casa?
Jonh, con una sonrisa misteriosa y un brillo de emoción en sus ojos, no respondió. Siguió conduciendo hasta llegar a un mirador espectacular, en la cima de una colina que dominaba toda la ciudad de Caracas bajo la luz de la luna y las estrellas. Aparcó el coche y bajó, abriéndole la puerta a Ariadna con una galantería que la desarmó.
La vista era impresionante. La ciudad, con sus luces titilantes, parecía un manto de estrellas a sus pies. El aire nocturno era fresco y perfumado con el aroma de los jazmines. Ariadna, con el corazón en la boca, se acercó a Jonh, que la esperaba con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—Ariadna —dijo Jonh, con voz grave y temblorosa, tomando sus manos entre las suyas—. Desde que te vi por primera vez, con tu mirada de hielo y tu corazón blindado, supe que eras tú. Tú, la mujer que derretiría mi alma. Tú, la mujer que me enseñaría a amar de nuevo. Tú, mi Glaciar. Me has enseñado que la vida, y el ritmo, no se controlan; se bailan. Y quiero bailar contigo el resto de mi vida. No solo como tu novio, sino como tu esposo.
Jonh, con un movimiento lento, se arrodilló sobre la hierba. De su bolsillo, sacó la cajita de terciopelo oscuro. Al abrirla, el diamante del anillo brilló bajo la luz de la luna.
—Ariadna Riquelme, la CEO más hermosa, valiente y apasionada del universo —dijo Jonh, con voz firme y clara, con un brillo de adoración en sus ojos—. ¿Quieres casarte conmigo? ¿Quieres ser mi esposa, mi compañera, mi amante, mi mejor amiga, mi todo? ¿Quieres que escribamos el organigrama más hermoso del mundo, un organigrama donde el amor es el activo más valioso?
Ariadna, con el rostro bañado en lágrimas de felicidad, soltó un sollozo ahogado. No pudo articular palabra. En ese momento, en la cima de la colina bajo las estrellas de Caracas, el Glaciar de marfil se fundió por completo.
—¡Sí, Jonh! —exclamó Ariadna, con voz entrecortada por la emoción—. ¡Sí, quiero! ¡Sí, quiero casarme contigo! ¡Sí, quiero ser tu esposa, tu compañera, tu todo! ¡Te amo, Músculo de Oro! ¡Te amo con todo mi ser!
Jonh, con una carcajada grave y contagiosa, se levantó y tomó a Ariadna por la cintura, levantándola y pegándola a su cuerpo con una fuerza desesperada. Sus bocas chocaron en un beso salvaje, desesperado, hambriento, un beso que selló no solo su compromiso, sino su destino. No fue un beso romántico y comedido; fue un incendio. Un incendio que quemó los errores del pasado, los miedos del presente y las dudas del futuro. Un beso de perdón, de deseo, de promesa de amor eterno.
Ariadna, con los brazos alrededor de su cuello, se entregó al beso con una pasión que desgarraba el aire. El diamante del anillo brillaba en su dedo anular, un destello de luz que competía con el brillo de sus propios ojos.
Tras el beso, Jonh la bajó suavemente al suelo. Ambos, con los rostros sonrojados por la emoción y la pasión, se abrazaron con fuerza, contemplando la ciudad que se extendía a sus pies, la ciudad que había sido testigo de su historia de amor, una historia que apenas acababa de empezar.
Después de un rato, subieron a la camioneta y se dirigieron al apartamento de Ariadna. Al cerrar la puerta, la tomó por la cintura y la besó con una intensidad que le cortó la respiración. Un beso salvaje, desesperado, hambriento, que quemó los diez años de frialdad y protocolo que habían separado sus mundos.
Jonh fue quitándole el vestido de lino color coral, centímetro a centímetro, sin romper el beso. Sus ojos claros devoraban la belleza de Ariadna, que se entregaba a él con una pasión que desconocía.
—Eres solo mía, mi Glaciar —susurró Jonh contra sus labios, con una voz ronca y cargada de deseo—. Mi prometida. Mi esposa.
La noche en el apartamento de Ariadna fue una celebración de su amor, de su pasión, de su compromiso. Hicieron el amor una y otra vez, fundidos en un solo ritmo, en un solo latido, en un solo ritmo. El Glaciar había entrado en erupción, y la lava ardía con una intensidad abrasadora, sellando su amor con el broche de oro de una pedida de matrimonio inolvidable bajo las estrellas de Caracas.