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PUDRETE, APOLO… RENUNCIÓ A TI, AHORA AMARÉ A HADES

PUDRETE, APOLO… RENUNCIÓ A TI, AHORA AMARÉ A HADES

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo mágico / Completas
Popularitas:6.2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.

Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.

Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.

Hades.

El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.

Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.

Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.

Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.

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El secreto del trono

Pasaron varios días más antes de que Perséfone se sintiera con fuerzas para salir de la habitación. Las heridas externas habían cerrado, dejando cicatrices pálidas que poco a poco se desvanecían, pero el dolor en el pecho seguía ahí, sordo y constante, recordándole cada vez que respiraba hondo todo lo que había perdido. Sin embargo, el deseo de moverse, de conocer aquel lugar que ahora era su refugio, fue más fuerte que el cansancio.

Salió al pasillo despacio, descalza sobre el musgo suave que cubría el suelo. El palacio estaba en un silencio absoluto, pero no era un silencio vacío ni aterrador: era un silencio lleno, como si el lugar mismo respirara con calma. Avanzó siguiendo el camino que recordaba, hacia la sala del trono, donde él le había dicho que siempre podría encontrarlo. No sabía bien qué buscaba, ni siquiera sabía si debía ir, pero algo la empujaba a seguir adelante.

Al llegar a las puertas enormes de la sala, no estaban cerradas por completo. Una rendija dejaba ver la luz tenue del interior, y escuchó el sonido antes de verlo: una tos profunda, seca y dolorosa, que sacudía a quien la padecía con una violencia que no encajaba con la calma del lugar.

Empujó la puerta suavemente y entró.

La sala era inmensa, mucho más grande de lo que había imaginado. Columnas de obsidiana se alzaban hasta perderse en la penumbra, y en el centro, sobre un trono tallado en la misma piedra, estaba Hades. Pero no era el dios imponente que la había salvado, ni el que la había llevado a sus aposentos con calma y dignidad. Estaba inclinado hacia adelante, con una mano apretada contra el pecho y la otra apoyada en el brazo del trono, luchando por recuperar el aliento. Su piel, siempre pálida, ahora tenía un tono grisáceo, y su frente estaba cubierta de gotas de sudor frío que brillaban bajo la luz tenue.

—¿Hades? —susurró ella, sin querer asustarlo.

Él levantó la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos, sorprendido y avergonzado a la vez. Intentó incorporarse, ocultando su dolor con un gesto rápido, pero el movimiento le costó caro: una nueva oleada de tos lo dobló de nuevo, más fuerte que la anterior. Perséfone no lo pensó dos veces. Atravesó la sala de un paso y llegó hasta su lado antes de que pudiera hablar.

—No te muevas —le dijo con firmeza, colocando una mano sobre su espalda, sintiendo cómo su cuerpo temblaba bajo su contacto—. Respira despacio. No te apresures.

Poco a poco, la tos se calmó. Él se dejó caer contra el respaldo del trono, con la respiración entrecortada, evitando mirarla a los ojos como si lo que ella acababa de ver fuera una vergüenza imperdonable.

—No debiste venir —murmuró, con la voz rasposa y débil—. Debiste descansar. Tu cuerpo aún se está recuperando.

—Y el tuyo también, por lo que veo —respondió ella, sin apartarse—. ¿Cuánto tiempo llevas así? ¿Desde cuándo te duele así?

Hades guardó silencio, mirando hacia la oscuridad del fondo de la sala, como si estuviera debatiendo si debía confiar en ella con algo que nadie más sabía.

—Desde hace siglos —confesó al fin, con una pesadez en las palabras que revelaba cuánto le costaba hablar de ello—. Nadie lo sabe. Nadie lo ha visto. Siempre logré ocultarlo. Las sombras me ayudaban. La soledad me protegía de que nadie notara que me debilitaba poco a poco.

—¿Qué es? —preguntó ella, acercándose un poco más—. ¿Alguna herida antigua? ¿Una maldición?

—No lo sé con certeza —respondió él, bajando la mirada hacia sus manos, que descansaban temblorosas sobre sus rodillas—. Empezó poco después de aquel enfrentamiento con Apolo del que te hablé. Al volver aquí, empecé a sentir el primer dolor en el pecho. Una molestia leve, que ignoré. Pero con los años, fue empeorando. La tos llegó después. La debilidad. A veces, mis ojos se nublan y no veo bien durante días. He recorrido cada rincón de mi reino buscando una respuesta. He interrogado a sombras, a espíritus, a los que saben secretos antiguos. Nadie sabe qué es. O nadie quiere decírmelo.

Perséfone escuchaba cada palabra con el corazón apretado. Todo encajaba: la forma en que se movía a veces, la tos que intentaba ahogar cuando creía que ella dormía, el cansancio que a veces se le escapaba de la mirada. Llevaba siglos cargando con eso, solo, sin que nadie se preocupara ni preguntara.

—¿Y dejaste que te cuidara a ti antes de decirme? —le reprochó suavemente—. Viniste a mi habitación día tras día, preparaste infusiones, te aseguraste de que estuviera bien… y mientras tanto, tú estabas sufriendo así, sin que nadie te ayudara.

—No quería ser una carga —susurró él, y por primera vez, su voz sonó vulnerable, casi frágil—. Tú acababas de perderlo todo. Habías venido aquí herida, rota. No era justo que yo te pidiera nada. Menos que te preocuparas por mí. Soy el dios de la muerte, Perséfone. Se supone que no debería enfermarme. Se supone que debería ser invulnerable. Y sin embargo… aquí estoy. Débil. Frágil. Como cualquier mortal.

Ella le tomó la mano, entrelazando sus dedos con los suyos, y apretó con suavidad, queriendo que sintiera que no estaba solo.

—Ser dios no significa no poder dolerse —le dijo con calma—. Y ser fuerte no significa tener que cargar todo solo. Yo sé de hierbas. Sé de plantas que crecen en la oscuridad, de raíces que alivian el pecho, de flores que calman la fiebre. Mi madre me enseñó desde niña. No te curaré de un día para otro, pero puedo ayudarte. Si me dejas. Si confías en mí.

Hades levantó la vista y la miró a los ojos, largo rato, como si estuviera pesando la oferta, como si estuviera buscando el engaño que siempre esperaba de los demás. Pero no encontró nada más que sinceridad. Y por primera vez en siglos, alguien le tendía una mano sin pedirle nada a cambio.

—¿Por qué? —preguntó en un susurro—. ¿Por qué harías esto por mí?

—Porque tú me salvaste —respondió ella sin dudar—. Cuando todos me dieron la espalda, tú estuviste ahí. No te quedaste mirando. Actuaste. Y yo no soy de las que reciben ayuda y la olvidan. Ahora déjame devolverte un poco de todo lo que me diste.

Él asintió lentamente, y al hacerlo, algo en su postura se relajó, como si hubiera dejado caer un peso que llevaba encima desde hacía demasiado tiempo.

—Está bien —dijo—. Te lo permito. Pero prométeme algo. Si empeoro, si se vuelve peligroso… te irás. No te quedarás para verme caer.

—No te prometo eso —respondió ella con una sonrisa suave pero firme—. Porque no vamos a caer. Vamos a sanar. Juntos.

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EspirituCreativo
Gracias lectora
Beatris Avalos
los amó 🥰🥰🥰
Cliente anónimo
Muy linda historia!!! Me encanto…👏👏👏👏
EspirituCreativo: Gracias por tu apoyo 🥰
total 1 replies
Cliente anónimo
Autora repitió el capítulo, aunque la novela está preciosa!!!!!
EspirituCreativo: Horror gracias lo borro
total 1 replies
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