Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 19 Kael, el Guardián del Azul
Era una noche de luna llena cuando Kael lo encontró.
Ali estaba solo en el solar abandonado, practicando lo que Vespera le había mandado antes de desaparecer esa tarde: mantener un objeto creado con la Esencia Carmesí el mayor tiempo posible, mientras sostenía al mismo tiempo una pequeña esfera de Sombra Violeta en la otra mano, manteniendo las dos fuerzas separadas, sin que se tocaran, sin que reaccionaran entre sí.
Le costaba horrores.
El sudor le caía por la frente, gota a gota, resbalando por su rostro tenso. Los músculos de sus brazos le temblaban como si tuvieran fiebre. En la mano derecha sostenía una navaja roja, brillante, sólida, que ya llevaba cuarenta y cinco minutos existiendo (su nuevo récord). En la izquierda, una pequeña esfera de energía violeta oscura giraba sobre su palma, absorbiendo la luz de la luna a su alrededor, fría como el hielo profundo.
Cada segundo que pasaba sentía cómo las dos fuerzas intentaban atraerse la una a la otra, como dos imanes de polos opuestos, rugiendo por chocar, por mezclarse, por romper la barrera que él mantenía con toda su voluntad.
—Solo un poco más —se dijo a sí mismo, apretando los dientes hasta que le crujían las mandíbulas—. Solo cinco minutos más.
Vespera le había dicho que si lograba mantenerlas separadas una hora entera, habría dado un paso gigante hacia el control real.
Y él quería lograrlo.
Quería demostrarse a sí mismo que no era un monstruo sin control. Que podía dominar lo que llevaba dentro. Que no tenía por qué ser una amenaza para nadie.
Estuvo a punto de conseguirlo.
Faltaban tres minutos para la hora.
Y entonces lo sintió.
Una presencia nueva. Fuerte. Muy fuerte. Más poderoso que Riven, más poderoso que Drago, más poderoso que cualquiera que hubiera sentido antes, excepto Vespera. Una presencia fría, sólida, ordenada, como un bloque de hielo milenario que acababa de aterrizar a pocos metros de él.
La esfera violeta de su mano izquierda tembló.
La navaja roja de la derecha se desvaneció en polvo de golpe.
Ali perdió la concentración.
Las dos fuerzas chocaron dentro de él por un segundo, provocándole un dolor agudo en el pecho que le hizo doblarse hacia adelante, tosiendo. Se obligó a levantarse, poniéndose en guardia, mirando hacia la entrada del solar, de donde venía esa presencia abrumadora.
Una figura caminaba hacia él desde la oscuridad.
Era un hombre de unos veintiocho años, alto, de hombros anchos, musculoso, con el pelo corto de color negro azulado y los ojos de un azul claro y gélido, como el hielo de un glaciar. Llevaba un uniforme ajustado de color azul oscuro con símbolos plateados en el pecho y los hombros, una capa larga del mismo color que ondeaba suavemente con el viento a pesar de que no soplaba mucho aire. Sus botas no hacían ruido al pisar el suelo de tierra y cascotes. En su mano derecha llevaba una espada larga, de hoja ancha y plateada, que brillaba con una luz azul pálida propia.
No necesitó presentarse.
Ali supo quién era al instante.
El líder de LUMEN.
El Guardián del Azul.
Kael.
Se detuvo a diez metros de distancia. Sus ojos gélidos recorrieron a Ali de arriba abajo, despacio, examinándolo, midiendo su poder, y Ali sintió una opresión en el pecho como si alguien le estuviera sentando encima. Era como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado, más frío, solo por la presencia de aquel hombre.
—Eres Ali Varela —dijo Kael. No era una pregunta. Su voz era baja, grave, autoritaria, la voz de alguien que está acostumbrado a mandar y a que le obedezcan sin rechistar—. He sentido tu energía desde el otro lado de París. Es… inestable. Peligrosa.
Ali se mantuvo firme, a pesar del miedo que le recorría las venas. No iba a mostrarse débil delante de nadie. Menos delante del líder de LUMEN.
—¿Qué quieres? —preguntó, con la voz lo más firme que pudo sacar.
Kael no respondió de inmediato. Levantó una mano. De sus dedos salieron pequeños cristales de hielo que bailaron en el aire durante unos segundos, brillando bajo la luz de la luna, antes de desvanecerse. Una demostración de poder sutil, pero clara: Yo también soy fuerte. No intentes nada.
—He venido a ver si lo que dicen es verdad —dijo Kael al fin, sus ojos azules clavados en los de Ali—. He venido a ver con mis propios ojos al Nivel 0. Al chico que lleva dos fuerzas opuestas dentro de un solo cuerpo. Al arma que todo el mundo quiere.
—No soy un arma —escupió Ali, con rabia contenida. Odiaba que todo el mundo le viera como una cosa, como un premio, como un peligro. Odiaba que nadie le viera como a una persona.
Kael frunció el ceño, ligeramente molesto por la respuesta.
—Llámalo como quieras. Pero la realidad es la que es —continuó, impasible—. Tu poder no tiene precedentes. Crear y destruir en el mismo ser. A tu edad, con tu falta de control… eres una bomba de relojería caminando por las calles de una ciudad de millones de personas.
Señaló con la cabeza hacia los edificios que se veían detrás de los muros del solar, las luces de las ventanas, la gente que dormía tranquila en sus casas.
—Lo que pasó con Drago la otra noche fue solo un aviso —dijo Kael, y su voz se volvió más dura, más fría, sin una pizca de compasión—. Destruiste tres casas. Pusiste en peligro vidas inocentes. Y eso fue cuando todavía intentabas controlarte. Imagina lo que pasará si un día pierdes la cabeza del todo. Si la rabia o el dolor te ganan. Podrías borrar un barrio entero antes de que nadie pudiera detenerte. Podrías matar a miles sin querer.
Ali apretó los puños. Quiso defender. Quiso decir que lo intentaría todo para que eso no pasara. Quiso decir que estaba entrenando, que estaba mejorando. Pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Porque en el fondo sabía que Kael tenía razón. Sabía lo peligroso que era. Lo había visto con sus propios ojos.
Kael dio un paso hacia adelante.
Ali retrocedió uno, instintivamente.
El líder de LUMEN se detuvo. No quería asustarle… o sí. Quería que entendiera la gravedad de la situación.
—Mara me habló de ti —dijo Kael, refiriéndose a la chica que le había curado—. Dice que eres bueno. Que solo necesitas ayuda y entrenamiento. Yo no confío en la bondad cuando hay tanto poder en juego. Yo confío en los hechos. Y los hechos dicen que eres demasiado grande para un chico de diecisiete años. Demasiado peligroso.
Hizo una pausa.
Sus ojos azules se clavaron en los de Ali con una intensidad terrible, y dijo cada palabra despacio, para que se le quedara grabada para siempre:
—Así que te voy a decir una cosa, y te la voy a decir solo una vez, Ali Varela. Escucha bien. Yo vigilaré cada movimiento que hagas. Cada vez que uses ese poder. Cada descuido. Si te sales de la línea… si pones en peligro a un solo inocente más… si siquiera sospecho que te estás convirtiendo en una amenaza que no podemos controlar…
Señaló la espada que llevaba en la mano. La hoja brilló más fuerte, azul y gélida.
—…yo mismo te mataré antes de que tengas la oportunidad de destruir París. No dudaré ni un segundo. No importa lo que diga Mara. No importa lo que tú creas que eres. Haré lo que sea necesario por el bien de todos. ¿Entendido?
El silencio cayó sobre el solar.
Pesado. Frío.
Ali se quedó sin aire.
No era una amenaza vacía. Lo vio en los ojos de Kael. Lo sintió en su voz. El líder de LUMEN, el supuesto protector de los Despertados, le estaba diciendo sin rodeos que le mataría sin dudar si creía que era necesario. No habría juicio. No habría segunda oportunidad. Solo un golpe de espada helada y el fin.
Y lo peor de todo… Ali no podía culparle del todo.
Antes de que pudiera responder, antes de que pudiera decirle que se fuera al diablo o que intentaría no fallarle, una voz sonó desde las sombras de la parte trasera del solar, seca y antigua y cargada de desprecio:
—Hablas muy alto para ser un perro faldero que se esconde detrás de organizaciones y le amenaza a niños, Kael.
Vespera.
Apareció de la nada, de pie en el tejado de un almacén cercano, recortada contra la luna llena, su abrigo negro ondeando a su alrededor, sus ojos violetas brillando con una luz que desafió el frío azul de Kael.
Kael se giró hacia ella. Su expresión se endureció todavía más. Reconoció a la mujer de inmediato.
—Vespera —dijo, con un tono de profunda desconfianza y odio contenido—. Sabía que estabas metida en esto. Siempre estás metida en todo lo que huele a problemas. Deja a este chico en paz. No le vas a enseñar nada bueno. Solo vas a romperlo para usarlo a tu antojo.
Vespera soltó una risa que heló la sangre de Ali. Saltó del tejado, aterrizando en el suelo sin hacer el menor ruido, a unos metros entre los dos hombres.
—Yo al menos no le miento diciéndole que formará parte de una familia feliz —le espetó ella, avanzando un paso hacia Kael, desafiándole—. Le enseño la realidad. Le enseño a sobrevivir. Algo que tu LUMEN nunca sabrá hacer sin querer convertir a todos en tus soldados obedientes.
Señaló a Ali con una mano, sin mirarle, sin apartar la vista de Kael.
—Este chico es mío por ahora. Está bajo mi protección. Si quieres matarlo… tendrás que pasar por encima de mí primero. Y ya sabes lo que pasó la última vez que intentaste enfrentarte a mí, Guardián. No terminó bien para ti.
Kael apretó el puño alrededor del mango de su espada. El hielo crujió en el suelo alrededor de sus botas. Estaba furioso. Ali podía sentir la rabia fría que emanaba de él. Pero también notó que Kael dudaba. No estaba seguro de poder ganar contra Vespera. No del todo.
Hubo una tensión terrible durante varios segundos. Nadie se movió. Nadie habló.
Finalmente, Kael aflojó un poco el agarre de la espada.
—Esta no acaba aquí —dijo, mirando primero a Vespera y luego a Ali—. Seguiré vigilándote, Ali. No te olvides de lo que te he dicho. Un solo error. Solo uno.
Se dio la vuelta.
Una plataforma de hielo se formó bajo sus pies, elevándose hacia el cielo. Kael subió sobre ella, y en cuestión de segundos se elevó por encima de los tejados y desapareció en la oscuridad de la noche, dejando solo un rastro de cristales de hielo que cayeron lentamente sobre el suelo del solar.
Silencio.
Vespera suspiró, como si hubiera tenido que ahuyentar a una mosca molesta. Se giró hacia Ali.
—No le hagas demasiado caso —dijo, con su tono habitual de indiferencia—. Kael es un fanático del orden. Cree que todo lo que no puede controlar debe ser eliminado. Pero su advertencia no es vacía. Cumplirá lo que ha dicho si le das la oportunidad.
Ali miró hacia donde se había ido Kael.
Todavía podía sentir su presencia gélida en el aire.
Todavía podía oír sus palabras grabadas en su cabeza: Yo mismo te mataré.
Ahora ya no solo tenía a Némesis buscándole para desarmarle.
Ahora tenía al líder de LUMEN, la organización que supuestamente le protegía, dispuesto a matarle si cometía un solo error.
Todos querían algo de él.
Todos querían controlarle… o matarle.
Nadie le veía como a un chico de diecisiete años que solo quería sobrevivir.
Solo veían el poder.
Solo veían el arma.
Solo veían la amenaza.
Ali cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y cuando los abrió otra vez, había algo nuevo en su mirada.
Algo más duro.
Algo más frío.
Si todo el mundo quería tratarle como un monstruo o un arma…
…pues iba a ser lo suficientemente fuerte como para que ninguno de ellos pudiera llevárselo o matarle sin pagar el precio.
Vespera lo miró, y por un segundo, casi sonrió.
—Bien —dijo ella—. Ahora volvamos a entrenar. Tienes mucho que aprender si quieres sobrevivir a la gente que viene por ti.
Ali asintió.
No dijo nada.
Simplemente levantó las manos.
Y empezó de nuevo.
Esta vez con más rabia.
Con más fuerza.
Con la certeza fría de que su vida dependía de ello.