Darien es el hijo mayor de Elara, heredera de la luz y la vida, y del Señor de las Sombras, soberano del reino de la oscuridad. Nació con una fuerza descomunal, una estatura que lo hace parecer un gigante, pero con un alma dulce, ingenua y sincera, como la de un niño que aún no conoce la crueldad total del mundo. Junto a él crecieron sus hermanos menores: Liora, que domina la magia de la naturaleza, y Kael, con el don de viajar entre sombras.
Cuando la paz entre los reinos se ve amenazada por fuerzas antiguas que buscan separar de nuevo la luz y la oscuridad, Darien es enviado a negociar una alianza con el reino de los inmortales, gobernado por la Reina Irina en el continente de Mordrasil. Pero Irina no es una simple soberana: es astuta, calculadora, y ha oído hablar de los peligros del linaje de Darien. Decide espiarlo, acercarse a él con fingida amabilidad para descubrir sus debilidades y sus secretos.
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Los primeros meses, magia que despierta y vida en familia.
Las semanas siguientes al nacimiento transcurrieron con una calma profunda y llena de magia. Elion y Thalion crecían a un ritmo saludable, con una energía que se notaba desde el primer día: sus ojos cambiaban de tono según su estado de ánimo, pasando del dorado al gris plateado, y alrededor de sus cunas siempre se mantenía una temperatura agradable, como si su propia presencia generara equilibrio.
Darien e Irina pasaban todo el tiempo posible junto a ellos. Él aprendía a cambiarlos, a mecerlos y a hablarles con su voz grave y suave, que parecía calmarlos al instante. Ella, por su parte, reconocía cada llanto, cada gesto y sabía exactamente qué necesitaban en cada momento. Las sanadoras confirmaban una y otra vez que eran niños fuertes, sanos y que su mezcla de sangre no les causaba ningún problema, al contrario: les daba una vitalidad mayor que la de cualquier otro niño.
Cuando Irina se recuperó por completo del parto y sus fuerzas volvieron a ser las de siempre, la pasión entre ellos regresó con la misma intensidad, pero con una ternura nueva, más profunda y sosegada.
Una tarde, mientras los niños dormían profundamente en su habitación, Darien llevó a Irina hasta la sala de lectura privada, un espacio con grandes ventanales que daban al jardín interior, lleno de flores de pétalos oscuros y brillantes. Allí, entre estanterías de libros antiguos y cojines suaves, se quedaron solos.
Darien la atrajo hacia sí con suavidad, apoyando su frente contra la de ella. Sus manos recorrieron su espalda, deslizándose bajo la tela ligera de su vestido, hasta llegar a sus sen°s, que ya habían recuperado su forma y sensibilidad.
—Te he esperado con paciencia —le susurró con voz baja—, pero te deseo más que nunca. Cada día que pasa, me doy cuenta de que eres lo más importante que tengo.
Irina sonrió y lo besó con dulzura. Sintió cómo su cuerpo respondía de inmediato: su zona húmeda comenzó a humedecerse con calor, preparándose para recibirlo, y notó cómo la dureza de él crecía firme y cálida contra su muslo, mostrándole cuánto lo deseaba también.
—Yo también te he extrañado —respondió ella, acariciando su rostro—. Ahora todo está en su lugar.
Darien la sentó sobre una mesa de madera pulida y resistente, apartando con cuidado los pergaminos y libros que había sobre ella. Con movimientos lentos y atentos, le quitó la ropa, dejando su piel expuesta a la luz tenue que entraba por las ventanas. Se colocó entre sus piernas y, guiándose con suavidad, comenzó a introducirse en ella despacio, disfrutando de la sensación de plenitud que solo ella le daba.
Se movieron con un ritmo pausado y profundo, sin prisa, saboreando cada roce, cada suspiro, cada mirada. Las manos de Darien acariciaban sus caderas, su cintura y sus sen°s, mientras los labios de ella recorrían su cuello y sus hombros. Cuando alcanzaron el clímx juntos, se abrazaron con fuerza, temblando levemente, sintiendo cómo sus energías se mezclaban una vez más, igual que cuando concibieron a sus hijos.
—Así estaremos siempre —le dijo Darien mientras la cubría con una manta cálida y la abrazaba—. Unidos en cuerpo, alma y magia.