A pocos días de su boda, Valentina descubre que su hermana está embarazada de su prometido y que su familia apoyaba esa infidelidad. Valentina no lloro, no grito, no reclamo, solo hizo las maletas y salió de esa casa donde siempre ha sido la que sobra.
Pero justo cuando ella creía estar sola, aparece en su vida Mateo Alcázar, el hermano mayor de su ex prometido. Mateo siempre llega en el momento justo cuando ella necesita respaldo y para poder protegerla de todo lo que está por venir, Mateo le pide que se case con él, así estará bajo su protección y nadie podrá volver a humillarla.
¿Aceptara Valentina la propuesta? ¿Por qué Mateo está dispuesto a protegerla?
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Capítulo 13
Capítulo 13
Clara vivía rodeada de silencio.
La casa de Tigre era más triste de cerca. No parecía una prisión de película. Eso la hacía peor. Tenía cortinas limpias, plantas cuidadas, una enfermera con voz suave. Todo estaba preparado para que una dijera: bueno, al menos está cómoda.
Cómoda.
Qué palabra cobarde.
Mateo se quedó en el pasillo.
—Voy a estar cerca —dijo.
—Cerca no es encima.
—Estoy aprendiendo.
No sonreí, pero casi.
Clara me esperaba junto a una ventana. Era más chica de lo que había parecido desde afuera. Flaca, pálida, con manos finas y ojos demasiado vivos para esa casa apagada.
Cuando me vio, se llevó una mano a la boca.
—Lucía.
Se me frenó el corazón.
—Soy Valentina.
—Ya sé. Perdón. Es que tenés sus ojos.
Me senté frente a ella. No sabía dónde poner las manos.
—Usted conoció a mi mamá.
—Sí.
—Entonces hable.
Clara sonrió apenas.
—También hablaba así cuando estaba asustada.
No quería que me cayera bien.
No quería nada de ella, salvo respuestas.
—Mi madre murió cuando yo era chica. Después me mandaron afuera. Volví y todos actúan como si preguntar fuera peligroso. Así que sí, estoy asustada. Hable igual.
Clara bajó la mirada.
—Tu madre descubrió cosas que no debía. Tu padre estaba metido en deudas. Los Alcázar necesitaban tapar operaciones. Sonia quería proteger a Federico, aunque en ese momento él apenas empezaba a ensuciarse las manos. Elena...
Se detuvo.
—Elena qué.
—Elena escuchaba más de lo que parecía.
Sentí frío.
—¿Mi madrastra tuvo que ver con la muerte de mi mamá?
—No puedo probarlo.
—No le pregunté si podía probarlo.
Clara cerró los ojos.
—Lucía iba a sacar documentos. Después murió. Y todos respiraron.
Me quedé sin aire.
Todos respiraron.
Qué frase horrible.
—¿Y usted? —pregunté—. ¿También respiró?
Clara aceptó el golpe.
—Sí.
Me levanté.
—Entonces no sé qué hago acá.
—Esperá.
—¿Para qué? ¿Para escuchar que todos fueron cobardes? Ya lo sé.
Clara abrió un cajón con manos temblorosas y sacó una caja de lata.
—Tu madre me pidió que guardara esto si algo le pasaba.
No quería tocarla.
La toqué.
Adentro había una foto. Mi mamá embarazada. Joven, con el pelo suelto, sonriendo como si el mundo todavía no le debiera nada.
Atrás, escrito a mano:
“Que Valentina nunca aprenda a agachar la cabeza”.
Ahí sí lloré.
No pude evitarlo.
Clara no intentó consolarme. Menos mal.
—¿Por qué no me buscó antes? —pregunté, limpiándome la cara con rabia.
—Porque soy cobarde. Porque Sonia me tenía controlada. Porque Mateo tardó años en encontrar todos los hilos. Elegí la excusa que quieras. Todas son ciertas.
—¿Mateo me buscó?
Clara miró hacia la puerta.
—Más de lo que te contó.
Salí con la foto apretada contra el pecho.
Mateo estaba en el pasillo.
—¿Estás bien?
—No.
—¿Querés irte?
—Sí.
En el auto no hablamos. Yo miraba la foto de mi madre. Mateo manejaba porque había echado al chofer con una seña. No sé por qué eso me calmó. Quizá porque por una vez no había intermediarios.
—Clara dijo que me buscaste —dije.
Mateo no apartó la vista del camino.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Dos años después de que te fuiste.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—Intenté traerte de vuelta. No pude.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no quería que confundieras gratitud con elección.
Me reí, pero me dolió.
—Sos un desastre.
—Sí.
—¿Y ahora qué querés que confunda?
—Nada.
—Mentira.
Mateo frenó en un semáforo y me miró.
—Quiero que un día me elijas sabiendo todo lo malo. Pero no voy a pedirte eso ahora.
No supe qué decir.
Gracias a Dios el semáforo cambió.
Esa tarde, los portales publicaron otra nota.
“Valentina Rivas visita propiedad secreta de los Alcázar”.
Había una foto borrosa mía saliendo de la casa de Tigre.
—Alguien nos siguió —dije.
Mateo miró la pantalla.
—No. Alguien avisó.
—¿Sonia?
—Puede ser.
—¿Elena?
—También.
—Qué lista corta y preciosa.
Mateo llamó a Bruno. Dio órdenes. Muchas. Rápidas. Yo dejé de escuchar.
Mi teléfono vibró.
Camila.
No atendí.
Mandó mensaje:
“Dejá de revolver muertos. No todo gira alrededor de tu mamá”.
Le mostré el teléfono a Mateo.
Su cara se cerró.
—No le respondas.
Ya estaba escribiendo.
“Si no gira alrededor de ella, ¿por qué tenés tanto miedo?”
Camila vio el mensaje.
No contestó.
Eso me dio más miedo que cualquier insulto.
A la noche, Mateo se quedó en el living conmigo. No hablamos de amor, ni de matrimonio, ni de contratos.
Solo me alcanzó una taza de café.
Con azúcar.
—Estoy nerviosa —dije.
—Lo sé.
No me molestó que lo supiera.
Esa fue la parte peligrosa.
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Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.
Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.