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El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:633
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: El documento más peligroso de Lord Ashford

Beatrice Montclair había pasado toda la mañana preparándose para burlarse de un documento.

Era una actividad noble.

Necesaria.

Casi patriótica.

Después de todo, no todos los días una joven recibía la promesa de que un caballero correcto, heredero respetable y ex falso prometido, le llevaría por escrito las condiciones de su cortejo. La situación exigía ingenio, firmeza y, de ser posible, una pluma afilada para correcciones al margen.

—No sonrías así —dijo Lady Agatha desde el sillón.

Beatrice, sentada junto a la ventana con un libro abierto sobre las rodillas, levantó la vista.

—No estoy sonriendo.

—Querida, pareces una gata que acaba de descubrir que el ratón trae papeles legales.

—Eso es muy específico.

—Tu expresión también.

Beatrice cerró el libro.

—Lord Ashford prometió traer el documento.

—Lo sé.

—Un documento de cortejo, tía.

—También lo sé.

—Con secciones.

—Me lo has dicho tres veces.

—Y dos apartados sobre Sebastián.

Lady Agatha ocultó la boca tras la taza de té.

—Eso último me parece prudente.

—No use esa palabra. Hoy estamos celebrando el absurdo.

Clara entró con una bandeja pequeña y una discreción que Beatrice ya no creía ni por cortesía.

—¿Desea que prepare tinta, señorita?

Beatrice la miró con aprobación.

—Clara, usted entiende la gravedad del momento.

—Si Lord Ashford trae un documento, imagino que habrá revisiones.

—Exactamente.

Lady Agatha suspiró.

—No vas a corregir su documento como si fuera una tarea escolar.

—No, por supuesto que no.

Lady Agatha la observó.

Beatrice añadió:

—Solo revisaré estructura, claridad, tono, intención y posibles cláusulas ocultas.

—Qué moderación.

—Estoy creciendo.

Clara dejó la bandeja.

—¿Desea también pastelillos?

Beatrice pensó en ello.

—Sí. Pero no demasiados. No quiero parecer fácilmente comprable.

—Tres, entonces.

—Cuatro. Soy difícil, no imposible.

Lady Agatha negó con la cabeza, pero sonreía apenas.

La campanilla sonó.

Beatrice se quedó quieta.

El libro sobre sus rodillas perdió de pronto todo interés.

Clara miró hacia la puerta.

—Lord Ashford, supongo.

—No suponga con tanta satisfacción —dijo Beatrice.

—Sí, señorita.

Clara salió.

Lady Agatha dejó la taza en el platillo.

—Recuerda, Beatrice: si él ha hecho un esfuerzo honesto, no lo destruyas por completo.

—¿Puedo destruirlo parcialmente?

—Con elegancia.

—Siempre.

Clara volvió unos instantes después.

—Lord Ashford, milady.

Nathaniel Ashford entró con una inclinación impecable, un ramo de flores en una mano y un sobre en la otra.

El sobre era grande.

Demasiado grande.

Beatrice sintió que la sonrisa se le escapaba antes de poder contenerla.

—Lord Ashford —dijo.

—Señorita Montclair.

—Veo que ha venido armado.

Nathaniel miró el ramo y luego el sobre.

—No era mi intención que pareciera una amenaza.

—Entonces no debió traer documentación floral.

Lady Agatha se levantó para saludarlo.

—Lord Ashford.

—Lady Agatha.

Nathaniel le entregó las flores a Beatrice.

No eran rosas.

Beatrice lo notó de inmediato.

Había flores blancas, pequeñas flores amarillas y algunas hojas verdes que daban al ramo un aspecto menos solemne y más pensado.

Eso fue alarmante.

—No son rosas —dijo ella.

—No.

—¿Por qué?

Nathaniel pareció considerar la respuesta.

—Usted las considera sospechosas cuando un caballero las usa para decir sentimientos que no sabe pronunciar.

Beatrice lo miró.

Lady Agatha miró el té.

Clara, que estaba cerca de la puerta, miró el suelo con demasiado interés.

—Usted recuerda demasiadas cosas —dijo Beatrice.

—Algunas.

—Eso fue una conversación en el jardín botánico.

—Sí.

—Sobre flores.

—También.

—Una conversación completamente innecesaria.

—Para mí no lo fue.

Beatrice bajó la vista al ramo.

Maldito hombre.

Las flores eran bonitas.

No de una forma grandiosa ni teatral. No parecían destinadas a ser exhibidas ante damas suspirantes. Parecían destinadas a ella.

Lo cual era mucho peor.

—Clara —dijo, porque necesitaba recuperar el control de su rostro—, lleve estas flores a un lugar donde no puedan desarrollar opiniones.

—¿La biblioteca, señorita?

—Excelente. Los libros ya están acostumbrados.

Clara tomó el ramo.

Al pasar junto a Beatrice, murmuró:

—Son muy bonitas.

—Clara.

—No dije que significaran algo.

—Lo pensó.

—Sí, señorita.

Cuando Clara salió, Nathaniel extendió el sobre.

—El documento.

Beatrice lo recibió con ambas manos, como quien acepta una prueba en un juicio.

—Finalmente.

—No es tan formidable como parece.

—Lord Ashford, si necesita advertir eso, temo que sí lo es.

Lady Agatha intervino con suavidad.

—Quizá deberían revisarlo en la biblioteca. Clara puede dejar allí las flores.

Beatrice miró a su tía.

—¿Está intentando darnos privacidad?

—Estoy intentando evitar que corrijas un documento de cortejo frente a mí con la ferocidad de una institutriz.

—Eso es privacidad por otros medios.

—Llámalo como quieras.

Nathaniel miró a Lady Agatha.

—Solo si la señorita Montclair lo desea.

Beatrice no respondió de inmediato.

Aquella era una de las cosas irritantes de Nathaniel: siempre le devolvía la decisión. Lo hacía incluso cuando sería más fácil para ella rebelarse contra una imposición. Era mucho más difícil rebelarse contra alguien que preguntaba.

—La biblioteca —dijo al fin—. Pero si el documento contiene más de tres páginas, me reservo el derecho de convocar testigos.

—Tiene dos.

—Qué decepción.

—Una tercera habría sido excesiva.

—No se subestime.

(todas las imágenes son creadas por IA)

La biblioteca Montclair era el lugar favorito de Beatrice en toda la casa.

Tenía estanterías altas, cortinas verde oscuro, una mesa junto a la ventana y un sillón donde podía leer sin que nadie le dijera que su postura era poco elegante, salvo Lady Agatha, quien lo decía de todos modos, pero desde lejos.

Clara ya había colocado las flores en un jarrón sobre la mesa.

Las flores, por desgracia, seguían siendo bonitas.

Beatrice se sentó y abrió el sobre.

Nathaniel permaneció de pie frente a ella.

—Si piensa quedarse así, parecerá acusado —dijo.

—No estaba seguro de si debía sentarme.

—Lord Ashford, es un documento de cortejo, no una ejecución pública.

Él se sentó.

—Aunque ambas cosas podrían requerir testigos.

—No lo tiente.

Beatrice sacó las hojas.

La letra de Nathaniel era, como siempre, clara y ordenada. El título estaba centrado.

Consideraciones para un cortejo respetuoso de la señorita Beatrice Montclair

Beatrice levantó la vista lentamente.

—Consideraciones.

—Me pareció menos intimidante que reglas.

—¿Descartó “manual”?

—De inmediato.

—Bien. Aún hay esperanza.

Volvió al papel.

Debajo del título había una primera línea.

Propósito: asegurar que el cortejo avance solo en la medida en que la señorita Montclair lo desee, sin presiones indebidas de familia, sociedad, rumor o de mi propia impaciencia.

Beatrice dejó de sonreír.

Solo un poco.

Siguió leyendo.

Primero: no asumir que una aceptación pequeña equivale a una promesa mayor. Un paseo es un paseo. Una carta es una carta. Una sonrisa no es consentimiento para exigir otra.

La habitación pareció volverse más silenciosa.

Beatrice sintió la presencia de Nathaniel frente a ella, pero no levantó la vista.

Segundo: no pedirle que hable menos para resultar más cómoda a otros. Si su ingenio incomoda, el problema no debe atribuirse de inmediato al ingenio.

Ese punto era ofensivo.

No porque estuviera mal.

Porque estaba bien.

Demasiado bien.

Tercero: no colocarme delante de ella cuando pueda colocarme a su lado. La defensa no debe convertirse en apropiación.

Beatrice tragó despacio.

El papel siguió allí, insensible al hecho de que empezaba a ser peligroso.

Cuarto: si la sociedad interpreta un gesto como anuncio, corregir a la sociedad, no a ella.

Beatrice pensó en el vals. En la cintura. En el sombrero. En la apuesta.

El documento ya no parecía ridículo.

Eso era un problema gravísimo.

Continuó.

Quinto: recordar que elegirla no significa atraparla. Si algún día ella desea detenerse, retroceder o cambiar de opinión, deberá poder hacerlo sin que yo convierta mi decepción en deuda.

La garganta de Beatrice se cerró de una forma muy poco conveniente.

Ella había esperado cláusulas absurdas.

Horarios de visita.

Número de paseos.

Reglas sobre flores sospechosas.

Quizá una tabla de gestión de Sebastián.

No aquello.

No esa forma tranquila de poner por escrito lo que otros caballeros ni siquiera habrían pensado en preguntarse.

—Lord Ashford —dijo, sin levantar la vista.

—Sí.

—Esto es profundamente injusto.

Hubo una pausa.

—¿Por qué?

—Porque yo había preparado varias burlas.

—Puede usarlas de todos modos.

—No sea noble. Lo empeora.

—Lo siento.

—Tampoco se disculpe.

—Entonces no sé qué hacer.

Beatrice levantó la vista.

Nathaniel estaba serio. No ansioso, exactamente. Pero había algo en él que no solía mostrar: incertidumbre. Como si el documento, que parecía tan ordenado, en realidad lo hubiera dejado expuesto.

Eso fue lo que terminó de desarmarla.

—¿Es verdad? —preguntó ella.

—Sí.

—Todo.

—Sí.

—Incluso lo de no convertir su decepción en deuda.

Su mirada no se apartó.

—Especialmente eso.

Beatrice bajó la vista otra vez porque mirarlo directamente se había vuelto imprudente.

En la segunda página, había una sección titulada:

Riesgos previsibles

Beatrice respiró.

Bien.

Aquello podía salvarla.

—¿Riesgos previsibles? —preguntó.

Nathaniel pareció un poco incómodo.

—Me pareció necesario.

—Por fin algo de lo que puedo burlarme.

—Lo esperaba.

Beatrice leyó en voz alta:

—“Riesgo primero: intervención excesiva de Sebastián Ashford.”

—Moderado a alto —dijo Nathaniel.

Beatrice soltó una risa, agradecida de que su voz volviera a funcionar.

—¿Moderado a alto? Lord Ashford, su hermano es una tormenta con chaleco. Esto debería decir “inevitable”.

—Acepto la corrección.

—No he terminado. “Medidas: no permitirle acceso temprano a información sensible. No responder a provocaciones en presencia de Lady Harcourt. Retirarlo físicamente si resulta indispensable.”

Nathaniel se aclaró la garganta.

—Eso último ha sido necesario antes.

—Lo he visto.

—Varias veces.

—Debería agregar “con considerable decisión”.

Él la miró.

—¿Eso es una sugerencia formal?

—Absolutamente.

Nathaniel sacó una pequeña pluma del bolsillo interno de su chaqueta.

Beatrice lo miró horrorizada.

—¿Trajo una pluma?

—Para correcciones.

—Lord Ashford.

—Supuse que habría algunas.

Beatrice lo observó un instante.

Y entonces rio.

No pudo evitarlo.

Rio de verdad, con el documento entre las manos, las flores a un lado y Nathaniel Ashford mirándola como si aquella risa fuera algo que él no se atrevía a tocar, pero sí a guardar.

—Usted es imposible —dijo ella.

—He intentado ser práctico.

—Eso es lo que lo vuelve imposible.

Nathaniel le entregó la pluma.

Sus dedos se rozaron.

Apenas.

Como siempre, apenas.

Pero Beatrice ya sabía que los “apenas” con Nathaniel eran asuntos peligrosos.

Tomó la pluma y corrigió la línea.

Riesgo primero: intervención inevitable de Sebastián Ashford.

Debajo añadió:

Medida adicional: ignorarlo solo cuando sea humanamente posible.

Nathaniel leyó la corrección.

—Eso reduce mucho las oportunidades.

—Bienvenido a la realidad.

Siguieron revisando.

El segundo riesgo decía:

Riesgo segundo: malinterpretación social de gestos ordinarios.

Beatrice añadió:

Ejemplos: sombreros, urnas, pastelillos, miradas de menos de tres segundos y cualquier cercanía con música de fondo.

Nathaniel leyó la lista con una lentitud que intentaba ocultar diversión.

—¿Pastelillos?

—Nunca subestime la capacidad social de un pastelillo.

—Lo tendré presente.

—No lo anote. Ya está escrito.

El tercer riesgo decía:

Riesgo tercero: incomodidad de la señorita Montclair ante demostraciones sinceras.

Beatrice se quedó quieta.

—Ese punto no es objetivo.

—Lo considero observable.

—Su observación es impertinente.

—Acepto la posibilidad.

—¿“Incomodidad ante demostraciones sinceras”? Qué frase tan ofensiva.

—Puedo cambiarla.

—No.

Nathaniel la miró.

—¿No?

Beatrice mantuvo la vista en el papel.

—Digo, es ofensiva, pero no necesariamente incorrecta.

El silencio que siguió fue suave.

No burlón.

No incómodo.

Suave.

Beatrice odió que le gustara.

—Entonces la dejamos —dijo Nathaniel.

—Con una modificación.

Tomó la pluma y añadió:

Medida: no dejar de hacerlas, pero otorgar tiempo suficiente para que la señorita Montclair pueda fingir molestia antes de sentirse agradecida.

Nathaniel leyó la frase.

Durante un segundo no dijo nada.

Luego levantó la vista.

—Es una corrección importante.

—Naturalmente.

—La seguiré con atención.

—No demasiado. Me pondría nerviosa.

—Con atención moderada.

—Mejor.

Llegaron al final.

Allí no había riesgos.

Solo una última nota.

Conclusión: este cortejo no tiene por objeto convencerla de ser menos, sino demostrarle que no necesito que lo sea para elegirla.

Beatrice dejó la pluma sobre la mesa.

No tenía broma para eso.

Ninguna.

Ni una sola.

La biblioteca, traicionera, permaneció en silencio.

Nathaniel no habló.

Quizá porque era sabio.

Quizá porque también estaba esperando.

Beatrice tocó el borde del papel.

—Usted escribió esto.

—Sí.

—Pensó en todo esto.

—Intenté hacerlo.

—¿Por qué?

Nathaniel respiró despacio.

—Porque no quiero ganar un cortejo. Quiero merecer la oportunidad de caminar con usted mientras decida permitírmelo.

Beatrice cerró los ojos un instante.

—Eso fue demasiado.

—Lo siento.

—No. No lo sienta. Solo… deme un momento para estar irritada.

—Por supuesto.

Beatrice abrió los ojos.

—No sonríe.

—No quería arruinar su irritación.

—Muy considerado.

—Lo intento.

Ella miró el documento.

Luego las flores.

Luego a Nathaniel.

Las flores eran bonitas. El documento era peligroso. Nathaniel era ambas cosas de una forma que empezaba a causarle serios problemas.

—Voy a quedármelo —dijo.

Algo cambió en su expresión.

—¿El documento?

—No las flores. Las flores ya fueron capturadas por la biblioteca.

—Puede quedárselo.

—Lo sé. Acabo de decirlo.

—Solo quería confirmar.

—No haga eso. Sonó satisfecho.

—Lo estoy.

—Se nota.

Nathaniel bajó la mirada, pero no logró esconder la sonrisa.

Beatrice dobló cuidadosamente las hojas, se levantó y fue hasta una de las estanterías. Sacó su libro favorito: una novela gastada, con el lomo algo vencido y varias páginas marcadas por antiguas discusiones consigo misma.

Abrió el libro hacia la mitad y guardó allí el documento.

Nathaniel la observó en silencio.

—Ahí no guardo cualquier cosa —dijo Beatrice, sin mirarlo.

—Lo entiendo.

—No, no lo entiende.

—Entonces intentaré hacerlo.

Ella volvió a sentarse.

—Está en mi libro favorito.

—Eso parece importante.

—Lo es.

Nathaniel no dijo nada.

Beatrice lo miró entonces.

Y vio, con una incomodidad casi dulce, que él sí entendía. Quizá no del todo, pero lo suficiente. Lo suficiente para no hacer una broma. Lo suficiente para no reclamar el gesto como victoria. Lo suficiente para quedarse quieto y dejar que ella decidiera qué significaba.

—Lord Ashford —dijo.

—Señorita Montclair.

—Su documento es ridículo.

—Esperaba eso.

—Excesivamente estructurado.

—También.

—Ligeramente ofensivo en su precisión.

—Acepto la crítica.

—Y… útil.

La palabra salió baja.

Nathaniel la recibió como si fuera mucho más que una palabra.

—Me alegra.

—No se ponga satisfecho.

—Demasiado tarde.

—Al menos intente parecer humilde.

—No estoy seguro de poder.

—Qué tragedia.

La puerta se abrió después de un golpe discreto.

Clara asomó la cabeza.

—Milady pregunta si desean más té.

Beatrice miró a Nathaniel.

Nathaniel miró el libro donde ahora descansaba el documento.

Clara miró las flores.

Y, con una audacia cuidadosamente doméstica, sonrió apenas.

—¿Debo traer pastelillos también?

—Sí —dijo Beatrice.

Nathaniel pareció a punto de responder, pero se detuvo.

—¿No va a oponerse? —preguntó ella.

—Estaba considerando si los pastelillos podrían interpretarse como soborno después del documento.

—Lord Ashford, si cree que un documento de dos páginas, flores pensadas y pastelillos no constituyen una estrategia completa, subestima la corrupción emocional.

Clara bajó la mirada para no reír.

Nathaniel pareció considerar aquello.

—Entonces sí a los pastelillos.

—Sabia corrección.

Clara se retiró.

Lady Agatha apareció poco después con una expresión que pretendía ser casual y fracasaba con nobleza.

—¿Todo en orden? —preguntó.

Beatrice tocó el libro donde había guardado el documento.

—Hubo correcciones.

—Naturalmente.

—Y flores.

—Las vi.

—Y una sección sobre Sebastián.

Lady Agatha se detuvo.

—¿En el documento?

—Dos secciones —dijo Beatrice.

Nathaniel bajó la mirada hacia su taza.

—Me pareció necesario.

Lady Agatha tomó asiento con absoluta seriedad.

—Lord Ashford, por primera vez esta tarde, considero que su documento demuestra una prudencia incuestionable.

—No lo anime, tía —dijo Beatrice—. Ya trajo una pluma para aceptar correcciones.

Clara volvió con los pastelillos y dejó la bandeja sobre la mesa.

—¿La sección sobre el señor Sebastián tiene medidas de seguridad, señorita?

Beatrice abrió el documento de nuevo con solemnidad.

—“No permitirle acceso temprano a información sensible. No responder a provocaciones en presencia de Lady Harcourt. Retirarlo físicamente si resulta indispensable.”

Clara asintió.

—Falta algo.

Nathaniel levantó la vista.

—¿Algo?

—Sí, milord. Debería decir: “No dejarlo cerca de pastelillos si hay tensión romántica.”

Beatrice se volvió lentamente hacia Clara.

—Clara.

—Sí, señorita.

—Eso fue demasiado específico.

—La experiencia doméstica enseña mucho.

Lady Agatha tomó un pastelillo.

—Añádalo.

Nathaniel miró a Beatrice.

—¿Es una corrección formal?

Beatrice sostuvo la pluma.

—Absolutamente.

Y escribió debajo:

Medida adicional: mantener a Sebastián Ashford lejos de pastelillos, puertas abiertas y cualquier situación emocional que aún no haya sido adecuadamente negada por la señorita Montclair.

Nathaniel leyó la frase.

—¿Adecuadamente negada?

—Es un proceso importante.

—¿Y suele funcionar?

Beatrice levantó la barbilla.

—No estamos evaluando resultados. Estamos preservando método.

Lady Agatha tosió dentro de su taza.

Clara miró hacia las flores con una neutralidad demasiado profesional.

Nathaniel, por desgracia, sonrió.

Beatrice suspiró.

—Esto confirma que su documento era peligroso.

—¿Por qué?

—Porque ahora todos están contribuyendo a él.

—Quizá eso lo vuelva más completo.

—No. Lo vuelve una amenaza comunitaria.

Lady Agatha dejó la taza.

—¿El documento sobrevivió?

Beatrice abrió la boca para burlarse.

Pero no pudo.

No del todo.

—Sí —dijo—. Sobrevivió.

Lady Agatha la observó con demasiada atención.

—¿Y tú?

Beatrice bajó la vista al té.

El documento seguía en su libro favorito. Las flores seguían en la biblioteca. Nathaniel seguía sentado frente a ella, serio, correcto y demasiado capaz de escribir verdades que una no podía destruir con ingenio.

—También —dijo.

Nathaniel la miró.

Y esta vez Beatrice no sonrió por defensa ni por nervios.

Sonrió porque quería.

Lo cual, por supuesto, era muchísimo más peligroso.

Lady Agatha tomó un pastelillo con calma.

—Bien.

—No diga “bien” como si estuviera cerrando un trato —dijo Beatrice.

—No lo cierro.

—Lo piensa.

—Pienso muchas cosas.

Clara, desde la puerta, miró el documento.

—Riesgo inevitable, sin duda.

Beatrice miró el libro una vez más.

Un documento de cortejo ridículo descansaba entre sus páginas favoritas.

Ridículo.

Peligroso.

Suyo, de algún modo.

No porque la atrapara.

No porque la comprometiera.

Sino porque, línea tras línea, Nathaniel Ashford había demostrado que estaba intentando entender la diferencia entre acercarse y tomar.

Entre elegir y encerrar.

Entre cortejarla y corregirla.

Beatrice tomó un pastelillo y decidió que aún podía burlarse de él.

Mañana.

Hoy, pensó mientras Nathaniel la miraba con esa suavidad contenida que ya le resultaba demasiado familiar, quizá podía permitir que Lord Ashford ganara una pequeña batalla.

Solo una.

Y solo porque había tenido la indecencia de escribirla tan bien.

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