En mi vida pasada, fui humillada, golpeada y obligada a soportarlo todo por el hombre que amaba: mi esposo, el Rey. Perdí a mis hijos por su culpa y, cuando dejó de necesitarme, me ejecutó para convertir a su concubina en Reina.
Pero regresé al pasado.
Ahora, él es solo mi prometido: el príncipe heredero. Y esta vez no seré la prometida ni la esposa obediente que todos esperan.
No seguiré las reglas de mi familia, de la sociedad… ni las suyas.
Si en mi primera vida fui la víctima, en esta seré la villana de sus pesadillas.
—¡Desaparezcan de mi vista, escorias!
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CAPÍTULO 8 — El Séptimo Príncipe
Lo que acababa de hacer era una falta de etiqueta monumental.
Había corrido por el despacho del rey.
Había rodeado su escritorio.
Había tomado su mano sin permiso.
Y ahora...
Le estaba entregando unos pancitos.
El Sumiller de Corps permaneció en silencio.
Pero la pequeña sonrisa que tenía en los labios se hizo ligeramente más evidente.
Varkhan, en cambio...
Seguía mirando los pancitos.
Después miró mi rostro.
Luego nuevamente los pancitos.
Parecía no saber cómo reaccionar ante aquella repentina muestra de ternura.
Y yo comprendía perfectamente por qué.
En mi vida anterior y antes de regresar, de niña, le tenía miedo.
Su aspecto intimidante bastaba para hacerme esconder detrás de mi madre.
Pero ahora era diferente.
Yo ya no era aquella niña.
Además, conocía a mi tío.
Sabía que no iba a regañarme.
Era la hija de su querida hermana pequeña.
La misma hermana que siempre había querido proteger.
Y también su amor frustrado.
Mi madre.
Varkhan jamás había podido tener una hija.
Tenía únicamente hijos varones.
Por eso, de una manera indirecta, siempre me había visto como una hija.
De hecho, esa había sido una de las razones por las que había decidido comprometerme con su hijo, el príncipe heredero.
Pero en esta vida...
Todo sería diferente.
En mi vida anterior, nuestra relación había sido distante.
Ahora pensaba cambiarla por completo.
Si conseguía que mi tío cayera rendido ante mi ternura...
Podría obtener su favor.
Y con el favor del rey...
Quizá incluso pudiera conseguir algo mucho más importante.
Un título.
Tal vez podría convertirme en princesa.
Pero primero...
Tenía que empezar poco a poco.
Miré los pancitos en su mano.
Después levanté la cabeza.
Mis ojos adquirieron una expresión triste.
—¿A mi tío no le gustan los pancitos?
Varkhan abrió ligeramente los ojos.
—...
Por primera vez, vi una grieta en aquella expresión imponente.
Parecía completamente desconcertado.
Finalmente bajó la mirada hacia los pequeños panes que descansaban en su palma.
—No.
Su voz era profunda.
—Me gustan.
Mis ojos se iluminaron inmediatamente.
—¿De verdad?
Varkhan me observó.
—Sí.
Hizo una breve pausa.
—Muchas gracias, Isolde.
Sonreí ampliamente.
—¡Me hace muy feliz que a mí tío le gusten!
Roderick seguía completamente inmóvil.
Parecía no comprender cómo la situación había cambiado tan rápidamente.
El Sumiller de Corps, en cambio, ocultó una pequeña sonrisa.
Entonces Varkhan levantó ligeramente la mirada.
Su expresión cambió.
La ternura desapareció de su rostro y volvió a aparecer la autoridad del rey.
—Que se sirvan de inmediato bocadillos y té en el despacho real.
Su voz resonó por toda la estancia.
—Y preparen también algo para la princesa Isolde y el joven Roderick.
Los sirvientes que se encontraban cerca se apresuraron a obedecer.
—¡Sí, Su Majestad!
Yo sonreí.
Funcionó.
Mi primera conquista de esta nueva vida...
Había sido mi propio tío.
......................
Poco después, cuando el reloj del palacio anunció que el mediodía se aproximaba, finalmente salí del despacho real de mi tío.
No pude evitar que una expresión felina y satisfecha se dibujara en mi rostro.
Había resultado mucho más sencillo de lo que esperaba.
Sinceramente, había imaginado que tendría que insistir, negociar e incluso utilizar un poco de mi encanto infantil para convencer al rey Varkhan. Sin embargo, para mi sorpresa, mi tío había cedido con una facilidad casi desconcertante.
Dentro de mi pequeña bolsita, ajustada cuidadosamente a mi vestido, descansaba ahora mi mayor recompensa.
El pase directo a la Torre Mágica.
Era un pequeño colgante de jade, de apariencia sencilla pero elegante, en cuya superficie estaba grabada una runa que reconocía la autorización de la familia real.
Lo sostuve un instante entre mis pequeños dedos, sintiendo una oleada de satisfacción.
—Je...
Una sonrisa traviesa apareció en mis labios.
Por fin.
La Torre Mágica estaba al alcance de mis manos.
Y lo que más me había sorprendido no era siquiera haber conseguido el permiso de mi tío, sino que la propia Torre Mágica no hubiese puesto ninguna traba después de recibir la autorización real.
En fin, lo importante era que ya tenía el pase.
Eso significaba que podía investigar mi magia sin tener que esperar demasiado.
—Ahora solo necesito averiguar qué demonios ocurrió con mi poder... —murmuré para mí misma.
Mi hermano, por su parte, se había quedado con el rey.
Al parecer, mi tío quería conversar con él sobre algún asunto en privado, así que no tuve más remedio que marcharme sola.
Una de las sirvientas del palacio recibió la orden de acompañarme y, bajo su guía, comenzamos a dirigirnos hacia los jardines.
Mis pequeños zapatos resonaban suavemente sobre el suelo mientras avanzábamos por uno de los largos pasillos del palacio.
Las enormes ventanas dejaban entrar la luz del mediodía, que se derramaba sobre las paredes adornadas con relieves dorados y antiguos estandartes de la familia real.
Todo parecía tranquilo.
Hasta que, justo cuando estábamos a punto de doblar una esquina...
—¡Séptimo príncipe! ¿Cuántas veces le he dicho que no basta con que se cubra los ojos? —se escuchó decir a una mujer adulta.
Su tono era áspero.
Despectivo.
—Debería usar una máscara para no espantar y asquear a los demás.
Mis pasos se detuvieron.
¿Séptimo príncipe?
Fruncí ligeramente el ceño.
Una extraña sensación recorrió mi espalda.
En mi vida anterior, Kaelzarian Draven...
El séptimo príncipe.
Había sido el único príncipe que consiguió sobrevivir a la matanza de Leorian Draven.
La razón era sencilla.
Kaelzarian no se encontraba en la capital cuando ocurrió aquella tragedia.
Era un formidable general del más alto rango, un hombre con una influencia militar tan grande que incluso Leorian había tenido dificultades para tocarlo directamente.
Se encontraba destinado en la frontera.
Por eso sobrevivió.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Sin pensarlo demasiado, aceleré el paso y doblé la esquina.
Entonces lo vi.
Y me quedé completamente inmóvil.
Su cabello era de un azul oscuro, casi negro bajo la sombra del pasillo, pero la luz que entraba por las ventanas arrancaba reflejos azulados de sus mechones despeinados.
Sin embargo, aquello no fue lo que más llamó mi atención.
Su rostro...
Tenía una vieja cicatriz de quemadura que se extendía por parte de su piel, dejando marcas irregulares sobre su rostro y descendiendo hacia el cuello.
Sus ojos estaban cubiertos por una venda oscura.
Y, a pesar de todo aquello...
Parecía pequeño.
Demasiado pequeño.
No se parecía en absoluto al hombre inquebrantable que recordaba.
Entonces ocurrió.
La mujer levantó una pequeña tabla de madera que llevaba en la mano.
—¡¿Cuántas veces tendré que repetírselo?!
¡PAF!
La tabla golpeó el rostro del príncipe.
Mis ojos se abrieron de par en par.
La rabia me invadió.
¿Cómo te atreves?
¿Cómo se atreves una simple sirvienta a golpear a un niño?
¡Y no a cualquier niño!
¡El es un príncipe!
gracias 😍😍❤️❤️❤️