Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 10 Riven, el rayo
El sol no terminaba de salir del todo cuando Ali se detuvo frente a las vallas oxidadas de una fábrica abandonada a las afueras de Belleville.
Llevaba caminando casi dos horas sin rumbo fijo, desde que había salido de la casa de Damián sin despedirse. Tenía los pies congelados dentro de las zapatillas rotas, las costillas rotas le pinchaban con cada paso, la lluvia fina lo había empapado por completo hasta los huesos, y la marca del cuello le ardía como un carbón encendido debajo de la sudadera mojada. Pero no se quejaba. Estaba acostumbrado. El frío, el hambre, el dolor… eran sus compañeros de siempre. Los únicos que nunca le habían dado la espalda.
Miró a su alrededor. La zona estaba desierta a esa hora. Locales cerrados con persianas metálicas, contenedores de basura desbordados, grafitis que cubrían las paredes de ladrillo negro. Nadie pasaría por ahí en horas. Nadie le buscaría ahí. Era el sitio perfecto para esconderse… al menos unas horas.
Saltó la valla con dificultad, agarrándose a los barrotes oxidados con las manos entumecidas, ignorando el dolor blanco que le recorrió las piernas al aterrizar en el suelo de tierra mojada del patio interior. La fábrica era enorme, vacía, con ventanas rotas por las que entraba la luz grisácea de la mañana y el viento frío que hacía bailar papeles y latas vacías por el suelo de cemento. Olía a óxido, a orines viejos y a algo quemado que no pudo identificar.
Se metió por una puerta entreabierta hasta una sala grande donde quedaban todavía las estructuras metálicas de lo que habían sido máquinas, ahora oxidadas y cubiertas de telarañas. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra una columna fría, y se envolvió en sus propios brazos para intentar calentarse un poco. Cerró los ojos. Por un segundo intentó no pensar en nada. Nada de Marcos. Nada de su madre. Nada de Némesis. Nada de Damián. Nada de las dos llamas que llevaba dentro queriendo salir.
Solo quería descansar.
—No te duermas por aquí, mocoso. Te morirías congelado antes de que saliera el sol del todo.
La voz salió de las sombras del otro extremo de la sala, masculina, joven, con un tono arrogante y divertido que Ali reconoció al instante.
Abrió los ojos de golpe. Se puso de pie de un salto, a pesar del dolor que le recorrió todo el cuerpo, las manos cerradas en puños listos para reaccionar. La marca del cuello ardió más fuerte, como advirtiéndole de que había otro Despertado cerca.
Y ahí estaba.
Apoyado contra el marco de una puerta oscura, con una pierna cruzada sobre la otra, comiéndose una barrita de chocolate que seguramente había robado de algún sitio, estaba el chico del metro.
Riven.
El mismo pelo castaño corto con el mechón rubio teñido cayéndole sobre un ojo verde brillante. La misma chaqueta de cuero negra desgastada. Los mismos tatuajes de rayos en los nudillos. El mismo piercing de aro en el labio inferior que le daba ese aire de no importarle nada del mundo. Estaba sonriendo, medio burlón, como si le hiciera gracia encontrarse con Ali ahí, escondido como un animal acorralado.
—¿Tú? —susurró Ali, sin poder creerlo. Dio un paso atrás, pegándose más a la columna—. ¿Qué haces aquí? ¿Me sigues?
Riven soltó una risa corta, seca. Dio unos pasos hacia adentro, entrando en la penumbra de la sala. Se detuvo a unos cinco metros de él, sin acercarse demasiado, como si supiera que no debía presionar a un animal herido.
—Seguirte? Por favor, chico. Tengo cosas mejores que hacer con mi vida —dijo, dándose otro bocado al chocolate. Señaló la marca que se le asomaba un poco por el cuello de la sudadera, que brillaba tenue en la oscuridad—. He sentido tu poder desde tres calles de distancia. Es… raro. Fuerte. Distinto a todo lo que he sentido nunca. Me ha llamado la atención. Así que he venido a ver quién era el nuevo que andaba por París rompiendo baños y calles enteras sin querer.
Ali se quedó helado.
—¿Cómo sabes lo del baño? —preguntó, con la voz tensa.
Riven levantó una ceja. Sonrió más fuerte.
—La noticia corre rápido entre nosotros, mocoso. Los Despertados tenemos nuestras formas. Sabemos cuándo aparece alguien nuevo. Sabemos cuándo alguien hace algo que no debería. Y sobre todo… sabemos cuándo Némesis empieza a moverse por alguien en concreto.
Ali dio un respingo al oír ese nombre.
—Némesis —repitió, bajo su aliento.
—Ah, así que ya has oído hablar de ellos —Riven asintió, serio por primera vez. Se acabó el chocolate, tiró el envoltorio a un lado y metió las manos en los bolsillos de la chaqueta—. Bien. Así no tengo que empezar desde cero. Bienvenido al club, Ali Varela.
—¿Cómo sabes mi nombre? —La voz de Ali subió un poco, cargada de miedo y rabia contenida. No le gustaba que un extraño supiera quién era, dónde estaba, qué había hecho.
Riven se encogió de hombros.
—He preguntado. No es difícil. Tú vives en Belleville. Tienes un tío cabrón que te ha vendido a los de Némesis. Tu madre… —hizo una pausa, bajó un poco la mirada, como si no quisiera decirlo en voz alta—. Bueno, ya sabes. Todo el mundo lo sabe ahora. Los de Némesis estuvieron en tu casa ayer a las seis en punto. No te encontraron. Están furiosos. Están buscándote por toda la ciudad. Tienen tu foto. Tienen tu nombre. Tienen orden de traerte vivo… o lo que quede de ti.
Ali sintió cómo las piernas le flaqueaban. Se apoyó fuerte en la columna para no caerse. Lo sabían. Todo el mundo lo sabía. Él pensaba que podía esconderse, que podía desaparecer… pero ya era demasiado tarde. Némesis le tenía en la mira. No había vuelta atrás.
—¿Quiénes son realmente? —preguntó, con un hilo de voz. Necesitaba saber. Necesitaba entender contra quién se enfrentaba—. En el foro decían que eran el servicio secreto. Que experimentaban con nosotros.
—Es peor —Riven negó con la cabeza. Dio unos pasos hacia un lado, pateando una lata vacía que salió rodando por el suelo hasta chocar contra una pared—. Némesis no es solo de un país. Es de todos. Gobiernos, ejércitos, empresas ricas que quieren armas nuevas. Cazan Despertados de todo el mundo desde hace décadas. Los fuertes… los usan. Los entrenan para matar. Los débiles… los abren vivos para ver cómo funcionamos. Para intentar copiar lo que tenemos. Nadie vuelve de ahí. Nadie.
Hizo una pausa. Miró a Ali directamente a los ojos.
—Y tú… tú eres el premio gordo, chico. Por lo que he oído, no eres normal. No eres un simple mutante de nivel 1 o 2. Haces cosas que nadie debería poder hacer. Cosas que rompen todas las reglas. Por eso Némesis te quiere tanto. Por eso pagaron a tu tío una fortuna por ti. Si te atrapan… te van a desarmar célula por célula hasta que no quede nada. Y luego usarán lo que aprendan de ti para hacer ejércitos. Para empezar guerras. Para matar a millones.
Ali cerró los ojos. Una náusea terrible le subió por la garganta. No quería eso. No quería ser el motivo de que nadie muriera. Solo quería ser un chico normal. Solo quería que le dejaran en paz.
—¿Y LUMEN? —preguntó, abriendo los ojos otra vez—. En el foro decían que ellos nos protegen. Que son como… como los buenos.
Riven soltó otra risa, esta vez más amarga, más oscura.
—Los buenos. Sí. Eso dicen ellos —escupió al suelo, con asco—. LUMEN es una organización de Despertados. Se llaman a sí mismos los protectores. Tienen bases secretas en todo el mundo. Entrenan a los nuevos. Les dan casa, comida, ropa. Les dicen que son una familia. Que juntos lucharemos por un mundo donde seamos aceptados. Bonito, ¿verdad?
—¿Y no es verdad?
Riven miró hacia otro lado. Por un segundo Ali vio algo en sus ojos que no era arrogancia. Era cansancio. Dolor. Algo que le había pasado y no quería recordar.
—La verdad es que LUMEN tampoco son santos, mocoso —dijo, bajo su voz—. Quieren a los fuertes también. Solo que en vez de venderlos o matarlos, los convierten en sus soldados. En sus armas. Tienen sus propias guerras. Sus propios planes. Si te unes a ellos… te dirán que eres familia. Te querrán. Te cuidarán. Hasta el día en que te salgas de la línea. Hasta el día en que seas demasiado peligroso para ellos. Y entonces… —hizo un gesto con la mano, como si disparara un arma contra su propia cabeza—. Te eliminarán sin dudar ni un segundo. Lo he visto. Lo he vivido.
Se quedó callado un rato. El viento sopló por las ventanas rotas, haciendo un ruido de lamento que llenó toda la fábrica vacía.
—Así que ya lo sabes —dijo Riven al fin, volviendo a mirarlo, recuperando ese aire de indiferencia—. No hay bandos buenos, Ali. No hay nadie que venga a salvarte. Némesis te quiere desarmar. LUMEN te quiere usar. Cualquier otro Despertado con dos dedos de frente querrá robarte tu poder o matarte antes de que tú se lo quites a él. Todos tenemos un precio en la cabeza. Todos estamos cazados. Y tú… tú eres el objetivo más caro de todos.
Ali se quedó sin palabras.
Todo lo que había imaginado, todo lo que había esperado… se desmoronaba delante de él. No había salida. No había lugar seguro. No había nadie en quien confiar. Estaba solo. Más solo que nunca.
—¿Y tú? —preguntó, muy bajito—. ¿Qué quieres de mí? ¿También vienes a por mi poder?
Riven se rió. De verdad esta vez. Una risa sincera, divertida, que le hizo cerrar los ojos un momento.
—¿Yo? No, chico. Yo solo quiero sobrevivir —dijo, dando un paso hacia atrás, camino de la puerta por la que había entrado—. No me gustan los problemas. Y tú… eres el problema más grande que ha aparecido en París en los últimos diez años. No quiero tener nada que ver contigo. No quiero que Némesis me confunda con tu amigo y me vengan a buscar también.
Se detuvo en el marco de la puerta. Se giró una última vez para mirarlo.
—Solo te doy un consejo, de Despertado a Despertado —dijo, serio otra vez—. No confíes en nadie. Nadie. Ni en los que dicen quererte. Ni en los que dicen salvarte. Ni en la policía que te sacó de un callejón anoche. Todos tienen un precio. Todos te venderán en cuanto les convenga. Mantente alejado de todo el mundo. Mantén tu poder oculto. Y si alguna vez te encuentras encerrado… usa lo que tienes. No te detengas. No te preocupes por hacer daño. Porque si no lo haces… ellos te harán mucho peor a ti.
Y antes de que Ali pudiera responderle nada…
…Riven desapareció.
No se fue andando. No saltó por ninguna ventana. Simplemente hubo un chispazo azul brillante, como un relámpago corto, y el sitio donde estaba quedó vacío. Ali sintió el olor a ozono quemado que se quedó en el aire durante unos segundos. Se quedó solo otra vez en la fábrica abandonada, en silencio, con las palabras de Riven dándole vueltas en la cabeza una y otra vez.
No confíes en nadie.
Ni siquiera en el policía que te salvó.
Ali se tocó el bolsillo donde tenía el papel doblado con el número de teléfono que Damián le había dado días atrás, antes de que todo estallara. Lo había guardado ahí, olvidado, sin saber por qué. Ahora lo sacó. Lo miró a la luz grisácea que entraba por las ventanas rotas. Los números escritos con bolígrafo azul en un trozo de papel de recibo.
Damián.
El hombre que no le había tenido miedo. El hombre que le había dado café caliente y una manta limpia. El hombre que le había salvado la vida en el callejón.
¿También le vendería cuando le conveniera?
¿También tenía un precio?
No lo sabía. No podía saberlo. Riven decía que sí. Que todos lo hacían. Pero Ali recordaba la mirada de Damián. El cansancio en sus ojos. La cicatriz en la mandíbula. La forma en que le había cogido sin hacerle daño cuando se iba a desmayar. No podía creer que fuera mentira. No podía creer que todo hubiera sido una trampa.
Pero tampoco podía arriesgarse.
Lo miró un segundo más. Luego apretó el papel con fuerza en el puño, hasta que se arrugó todo. Lo guardó de nuevo en el bolsillo. No lo tiró. No podía. Todavía.
Se apartó de la columna. Empezó a caminar hacia la salida de la fábrica. Tenía que seguir moviéndose. No podía quedarse quieto en ningún sitio más de unas horas. Némesis le buscaba. Todos le buscaban.
Al salir al patio, se detuvo un segundo. Miró hacia el cielo gris. La lluvia había parado por fin. Un poco de sol intentaba abrirse paso entre las nubes, sin mucho éxito.
En lo alto de un poste de luz a lo lejos, un cuervo negro lo observaba fijamente. Cuando Ali lo miró, el pájaro alzó el vuelo y se alejó volando hacia el centro de la ciudad.
Ali no lo supo entonces, pero ese cuello no era un cuervo de verdad.
Era una forma que usaba Vespera para vigilarle desde las sombras.
Ella también le había escuchado toda la conversación con Riven.
Ella también sabía que Némesis se acercaba.
Y ella también tenía sus propios planes para el chico que llevaba dos fuerzas primordiales dentro del cuerpo.
Ali suspiró. Se acomodó la capucha en la cabeza. Empezó a caminar de nuevo, sin rumbo, sin futuro, solo con el dolor en los huesos y la marca del cuello ardiéndole sin parar.
Riven tenía razón en una cosa:
A partir de ese momento…
…todo el mundo era un enemigo.
Y él solo tenía que hacer una cosa:
Sobrevivir.