Durante tres años, Adrián Montenegro entregó su corazón a una esposa que jamás dejó de amar a otro hombre. Mientras Valeria sacrificaba todo por su primer amor, él soportaba cada desprecio en silencio.
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Bajo la lluvia...
Había pasado exactamente una semana desde aquella tarde en la cafetería.
Una semana desde que Adrián había visto por primera vez a aquella desconocida que, por accidente, había terminado sentándose en su mesa.
No sabía su nombre.
No sabía dónde trabajaba.
No sabía de dónde venía.
Ni siquiera sabía si volvería a verla.
Y, aunque aquel encuentro había sido completamente insignificante, había algo en aquella mujer que permanecía vagamente en su memoria.
Quizás había sido su sonrisa.
O la manera en que había pedido disculpas.
O simplemente el hecho de que, después de tantos meses rodeado de personas que solo querían algo de él, aquella desconocida no parecía saber quién era.
Adrián había agradecido eso.
No necesitaba que nadie lo mirara como al presidente del Grupo MTG.
Solo quería ser Adrián.
Un hombre común.
Un hombre que estaba intentando comenzar de nuevo.
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Aquella tarde, el cielo había amanecido gris.
Las nubes cubrían completamente la ciudad y una lluvia ligera había comenzado a caer desde el mediodía.
Adrián había salido de una reunión con unos inversionistas.
Caminaba por una de las avenidas principales mientras revisaba algunos documentos en su teléfono.
Llevaba un traje oscuro y un abrigo largo.
La lluvia golpeaba suavemente el pavimento.
Los automóviles avanzaban lentamente.
Las personas caminaban apresuradas buscando refugio.
Adrián levantó la mirada hacia el cielo.
—Perfecto...
Murmuró con una pequeña sonrisa.
Había olvidado llevar paraguas.
Aceleró el paso.
Un trueno lejano hizo que algunas personas miraran hacia arriba.
Y entonces...
La lluvia aumentó.
En cuestión de segundos, las gotas comenzaron a caer con fuerza.
Adrián cruzó la calle y entró en un pequeño establecimiento que se encontraba a pocos metros.
Era una cafetería.
La misma cafetería donde había estado una semana atrás.
Se quedó quieto durante unos segundos.
Observó el interior.
Las mismas mesas.
Las mismas ventanas.
El mismo olor a café recién preparado.
Una extraña sensación de nostalgia apareció en su pecho.
Se acercó a una mesa junto a la ventana.
Pidió un café.
Y se sentó.
Afuera, la lluvia golpeaba los cristales con fuerza.
Adrián dejó el teléfono sobre la mesa.
Por primera vez en todo el día...
No tenía prisa.
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Entonces...
La puerta de la cafetería se abrió de golpe.
Una joven entró corriendo.
—¡Dios mío!
Estaba completamente empapada.
Su cabello mojado se pegaba a sus mejillas.
Su abrigo estaba cubierto de pequeñas gotas de agua.
Tenía las manos heladas.
Respiraba rápidamente después de haber corrido bajo la lluvia.
El camarero se acercó.
—Señorita, ¿se encuentra bien?
Ella asintió mientras intentaba recuperar el aliento.
—Sí...
Solo necesito... entrar en calor.
Adrián levantó la mirada.
Y se quedó inmóvil.
La reconoció.
Era ella.
La mujer de la cafetería.
La desconocida de la semana anterior.
Adrián no pudo evitar sonreír.
La joven todavía no lo había visto.
Se quitó el abrigo mojado y lo dejó sobre una silla.
Sus hombros temblaban ligeramente debido al frío.
Adrián observó la escena durante unos segundos.
Después se levantó.
—Disculpa.
Ella giró la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
Por un instante, ambos quedaron sorprendidos.
Ella fue la primera en reconocerlo.
—Tú...
Adrián sonrió.
—La mesa equivocada.
La joven abrió ligeramente los ojos.
Después soltó una pequeña risa.
—El hombre de la cafetería.
—Exactamente.
Ella sonrió.
—No puedo creer que nos encontremos otra vez.
—Yo tampoco.
La joven miró hacia la ventana.
La lluvia seguía cayendo con fuerza.
Después bajó la mirada hacia sus manos.
—Tengo muchísimo frío.
Adrián observó cómo temblaban ligeramente sus dedos.
Sin decir nada, se quitó el abrigo.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Qué haces?
Adrián extendió la prenda hacia ella.
—Póntelo.
—No, no puedo.
—Estás congelándote.
—Pero tú también tendrás frío.
—Estoy acostumbrado.
Ella negó con la cabeza.
—De verdad, no es necesario.
Adrián sonrió.
—No te estoy preguntando.
La joven soltó una pequeña risa.
Finalmente tomó el abrigo.
—Gracias.
Se lo colocó lentamente sobre los hombros.
El abrigo todavía conservaba el calor de Adrián.
Ella cerró los ojos durante un instante.
—Está caliente...
Adrián volvió a sentarse.
—Entonces funcionó.
Ella se sentó frente a él.
Por unos segundos ninguno habló.
El sonido de la lluvia llenaba el espacio entre ambos.
Finalmente ella extendió una mano.
—Soy Amelia.
Adrián la miró.
Amelia.
El nombre encajaba perfectamente con ella.
—Adrián.
Ella sonrió.
—Mucho gusto, Adrián.
—Mucho gusto, Amelia.
Aquella vez...
Ninguno tuvo prisa por marcharse.
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Una camarera dejó una taza de chocolate caliente frente a Amelia.
—Invitación de la casa.
Amelia miró sorprendida.
—¿En serio?
La camarera sonrió.
—Parecías a punto de convertirte en hielo.
Amelia soltó una carcajada.
Adrián sonrió al verla.
Hacía mucho tiempo que no se sentaba frente a alguien sin sentir la necesidad de hablar de negocios.
Amelia sostuvo la taza entre sus manos.
El vapor calentó lentamente su rostro.
—¿Vienes mucho aquí?
—No.
Solo algunas veces.
—Qué curioso.
Ella miró alrededor.
—Yo tampoco suelo venir.
Adrián arqueó una ceja.
—Entonces supongo que la lluvia tuvo algo que ver.
Amelia sonrió.
—Supongo.
Se produjo otro silencio.
Pero esta vez ninguno se sintió incómodo.
Afuera, la ciudad desaparecía detrás de una cortina de lluvia.
Los automóviles dejaban largos reflejos sobre el pavimento mojado.
Las luces de los edificios comenzaban a encenderse.
Y dentro de aquella pequeña cafetería...
Dos personas que no se conocían estaban comenzando a descubrirse.
Amelia levantó la mirada.
—¿Trabajas cerca?
—Sí.
—¿Qué haces?
Adrián dudó.
No porque quisiera mentir.
Simplemente porque no quería que su apellido cambiara la forma en que ella lo veía.
—Trabajo en una empresa.
Amelia sonrió.
—Eso suena bastante misterioso.
—No lo es.
—Entonces algún día tendrás que explicarme.
Adrián sonrió.
—Quizás.
Amelia bajó la mirada hacia el abrigo que llevaba puesto.
—Y yo todavía tengo que devolverte esto.
—Puedes quedártelo por ahora.
Ella lo miró.
—¿Por ahora?
—Hasta que nos volvamos a encontrar.
Amelia sonrió lentamente.
—¿Estás diciendo que esperas volver a verme?
Adrián la observó durante unos segundos.
Y, por primera vez en mucho tiempo...
No sintió miedo ante la posibilidad de conocer a alguien.
—Creo que sí.
Amelia sonrió.
Afuera seguía lloviendo.
Pero ninguno de los dos tenía prisa por salir.