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El omega abandonado por su alfa

El omega abandonado por su alfa

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / CEO / ABO / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Majo R.

Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.

NovelToon tiene autorización de Majo R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21

Esteban y Verónica siempre habían considerado precipitada la decisión de Adrián. Él había elegido a un beta para controlar el rut y Gael había aceptado aun sabiendo que ese era el motivo. A Esteban le costaba ver algo positivo en aquella unión.

Los cuatro dejaron la mesa de arreglos florales. La sala principal, de madera oscura y techos de doble altura, imponía una solemnidad fría. Esteban ocupó el asiento central como el día en que Gael visitó por primera vez la residencia.

Adrián se sentó al otro lado. Verónica llevó a Gael con ella.

—Recuerdo que compraste algo más. ¿Es para tu padre?

De pronto, las dos macetas le parecieron ridículas. Esteban no tenía aspecto de disfrutar unas suculentas pequeñas y redondas.

Aun así, Gael se levantó con las bolsas.

—Las vi en la florería. Me parecieron bonitas y pensé que podría ponerlas sobre su escritorio.

Esteban vio dos plantas diminutas y carnosas. Una tenía hojas casi transparentes; las puntas de la otra eran rosadas.

Su expresión se volvió difícil de interpretar.

Gael intentó justificar su elección.

—La vendedora dijo que una variedad se llama Prosperidad y la otra Fortuna. Por eso compré las dos.

El señor Ramírez no lo había engañado. Esteban había cultivado muchas suculentas, aunque últimamente prefería dedicar el tiempo al té.

Adrián encontró torpe y entrañable la escena.

—Son buenos nombres —dijo sin convicción.

Esteban lo miró como si sospechara que había llevado al Grupo Ferrer a la quiebra y ahora necesitara atraer dinero con plantas.

Padre e hijo intercambiaron una mirada. Gael no supo si el regalo había gustado.

—Si no le agradan, puedo traer otra cosa.

Verónica se cubrió la boca y fingió aclararse la garganta.

—Claro que le gustan. Escuché que preparas postres. Quiero aprender un pastel sencillo; ¿me enseñas?

Esteban habló por fin.

—Déjalas aquí.

—Sí.

Verónica había vislumbrado la convivencia cotidiana de Adrián y Gael. Ahora le preocupaba todavía más cuánto podría durar el matrimonio.

En la cocina, Gael comprendió que ella intentaba evitarle incomodidad. Mientras mezclaba la crema, dijo en voz baja:

—Gracias por ayudarme. Vinimos con tan poco aviso que quizá la puse en una situación difícil.

Verónica lo miró con emociones mezcladas.

—No me incomoda. Pero ¿ustedes siempre se tratan así?

Todo lo que Adrián hacía parecía indiferencia.

—Tal vez ya lo sabes —continuó—, pero su padre y yo nunca estuvimos de acuerdo con este matrimonio.

Las pestañas de Gael temblaron. Esperó en silencio.

—No se trata de tu origen ni de ti. Desde el principio se encontraron en posiciones desiguales. Sin igualdad no puede existir respeto. No se conocían, no había sentimientos y su matrimonio nació sin nada que lo sostuviera. ¿Cómo podríamos estar tranquilos?

Gael dejó despacio el batidor.

—Lo sé. Entiendo todo lo que dice.

Verónica guardó silencio y terminó soltando un suspiro largo.

—Quiero financiers de naranja. Enséñame a prepararlos.

Mientras ellas estaban en la cocina, Esteban examinó las dos macetas.

—¿Qué estás intentando hacer?

Adrián no se había peinado con la formalidad habitual y tampoco llevaba traje. Parecía más despreocupado.

—¿A qué te refieres?

—Tómalo en serio. A tu edad, tus padres no deberían seguir preocupándose por tu vida sentimental. Tú tomaste la decisión; debes saber lo que estás haciendo.

—Lo sé.

La seguridad de su hijo irritó todavía más a Esteban.

—¿Te agotaría responder con una frase completa? Vete. Ya no quiero verte.

Esteban salió a pescar y Gael pasó una tarde cálida con Verónica.

A ella le gustaron los postres y también su compañía. Si Adrián intentara acompañarla en la cocina, conseguiría que perdiera para siempre el interés por hornear. Ese contraste aumentó su preocupación por Gael.

Él también disfrutaba estar a su lado. Verónica se parecía mucho más a la madre que había imaginado. En aquel rincón donde nadie lo observaba, fingió por un rato que en verdad era su hijo.

Cuando colocó los financiers sobre la mesa, Adrián bajó después de hacer ejercicio. Verónica acababa de probar un pedazo.

—Ven. Gael me enseñó a prepararlos.

Adrián se acercó.

—Sabes que no me gustan los postres.

Verónica lamentó no haberlo disciplinado más cuando era niño.

—Entonces no comas.

Después de ser reprendido por ambos padres, Adrián se frotó el entrecejo.

Gael intentó suavizar el ambiente.

—Si quieres probarlos por la noche, puedo hacer otros.

Adrián bajó la mirada. Gael sostuvo sus ojos apenas un instante antes de apartarlos.

Al verlo, la nuca volvió a palpitar con entusiasmo. Gael estaba seguro de que algo funcionaba mal allí.

Iba a presionarla con la mano cuando vibró su celular. Miró el nombre de Bruno y se levantó.

—Es mi hermano. Contestaré afuera.

No quería que dijera algo ofensivo frente a Verónica y Adrián.

—Claro —respondió Verónica.

Cuando Gael salió, Adrián mostró interés por la charola.

—¿Qué prepararon?

Verónica la apartó de inmediato.

—¿No dijiste que no querías?

Adrián se sentó frente a ella con resignación mientras su madre comía despacio.

Afuera, Bruno habló apenas Gael respondió.

—¿Dónde estás?

—¿Para qué quieres saberlo?

Bruno y Clara habían sospechado desde la visita al centro comercial. Gael había comprado una bufanda para Verónica y viajaba en el carro de Adrián.

—El señor Ferrer vuelve a casa de sus padres y tú te le pegas como si tuvieras derecho. Sé que ya saliste de la ciudad.

Gael no entendía cómo lo sabía con certeza. Su paciencia y el deseo de pertenecer a esa familia estaban casi agotados.

—Si quieres dinero, dilo de una vez.

—¿Quién habló de dinero? —replicó Bruno, ofendido—. Después de lo que hiciste, mamá enfermó. ¿Ni siquiera vendrás a verla?

La mente de Gael quedó en blanco.

—¿Qué tiene? ¿Es grave?

Bruno sonrió, satisfecho. Clara escuchaba la llamada a su lado y se recostó con calma. Gael seguía siendo fácil de controlar.

—Todavía te atreves a preguntar. Ven a casa. Si no vuelves ahora, no la llames mamá otra vez.

Cuando terminó la llamada, Clara habló con despreocupación.

—Espera a que llegue. Tengo una cita en el spa. Si hace falta, lo consolaré por la noche.

El tono de llamada terminada llenó los oídos de Gael. La nuca empezó a latir con más fuerza y el calor se extendió por su cuerpo.

Clara lo había tratado mal. Parecía incapaz de quererlo.

Sin embargo, Gael todavía recordaba al niño que observaba desde lejos cómo Bruno corría hacia los brazos de su madre. Recordaba la envidia y la torpeza con que intentaba complacerla para que también lo mirara.

Después de tantos años, seguía sin recibir aquella respuesta. Y aun así, no conseguía cortar el vínculo.

Sería la última vez.

Aunque apenas acababan de llegar a la residencia Ferrer y la coincidencia pareciera una mentira calculada, volvería a casa. Tal vez, enferma, Clara hubiera pensado de verdad en él.

Era una última oportunidad para el niño que todavía esperaba dentro de Gael.

Regresó con Adrián y Verónica. Tenía el rostro extrañamente encendido y los labios pálidos.

Intentó ignorar el malestar.

—Perdón. Creo que necesito volver a casa.

Verónica se alarmó.

—¿Qué te ocurre?

Adrián volvió a percibir el aroma dulce.

—¿Qué te dijo Bruno?

Verónica guardó el nombre en la memoria.

Gael intentó sonreír, pero no pudo.

—Dijo que mi madre… está enferma.

Vivir con tanta cautela era agotador. En ese instante, el único lugar que deseaba era la pequeña habitación del primer piso en su propia casa. Al menos allí podía descansar sin fingir.

—Entonces debes verla —decidió Verónica—. Adrián, lleva a Gael.

Él arqueó una ceja.

—¿Yo?

La voz de su madre siguió siendo amable, pero no admitía discusión.

—Vinieron a pasar unos días. Si la señora Luján está en casa y no en un hospital, probablemente no sea grave. Acompáñalo y, si todo está bien, tráelo de regreso.

Verónica ya se había encariñado con Gael. Adrián no objetó.

—Iré por el carro.

Gael no esperaba que ella organizara todo y sintió que volvía a causar problemas.

—Perdón, yo…

Adrián lo tomó con naturalidad de la muñeca y lo condujo hacia la salida. Al tocar su piel, frunció el ceño.

—¿Por qué tienes las manos tan frías?

El olor a abeto blanco se acercó. En la nuca de Gael, algo pareció activarse por completo. No podía explicar el caos de su cuerpo y respondió con un sonido confuso.

Al cerrar las puertas del carro, la fragancia dulce se hizo más clara. Adrián encendió la purificación.

La temperatura de Gael seguía subiendo y el dolor hinchado de la nuca era imposible de ignorar.

—Hay un centro cultural cerca de la residencia Luján —dijo Adrián—. Esperaré ahí.

—Está bien. Te escribiré. No tardaré… una o dos horas.

Sus frases empezaban a perder orden. Adrián no le dio importancia.

—Seguramente la fiebre anterior nunca desapareció. Cuando volvamos, tendrás que ir al hospital.

Gael tardó en decidir si la casa de Adrián también podía llamar hogar. Luego asintió.

—Iré.

Adrián estacionó frente a la residencia Luján. Antes de que Gael abriera la puerta, apoyó el dorso de la mano sobre su mejilla.

Aturdido por el calor, Gael lo miró.

—¿Por qué me tocas?

Parecía volver a tener fiebre. Adrián se dispuso a bajar.

—Entraré contigo.

—No. —El rechazo de Gael fue inmediato—. Saldré pronto. De verdad.

Cerró la puerta y corrió hacia la casa. Adrián lo siguió con el ceño profundamente fruncido.

Gael se detuvo ante la entrada para recuperar el aliento. Dentro solo encontró a Bruno recostado en una chaise longue, jugando con el celular.

Se mordió la lengua para mantenerse lúcido.

—¿Dónde está mamá?

Bruno bajó el aparato. El color anormal de Gael lo sobresaltó, pero su voz y sus ojos todavía parecían firmes.

—En la habitación de visitas.

—¿Por qué no descansa en su recámara? ¿Vino un médico?

Bruno se incorporó con fastidio.

—Siempre haces demasiadas preguntas. Está bien: mamá no está enferma. Fue una excusa para que volvieras.

Gael tardó en comprender.

—¿Me mentiste? ¿Por qué? ¿Ella lo sabe?

—Eso no te importa. Lo hicimos por tu bien. ¿Recuerdas a Julián Salgado? Él y su padre ya se reunieron con Adrián. El próximo mes saldrá el supresor y Adrián se divorciará de ti. Mamá y yo queremos evitar que te humilles. No interfieras entre ellos.

Bruno siguió quejándose.

—¿Por qué te empeñas en seguir al señor Ferrer a todas partes? Dime, ¿no hiciste una escena en casa de sus padres?

¿No interferir entre Julián y Adrián? Adrián había prometido esperarlo en el centro cultural.

La respiración de Gael se volvió rápida. Bajo la piel de la nuca, la carne parecía crecer con violencia. No sabía que el olor a caramelo se hacía más intenso. Solo sentía sed y veía el mundo cada vez más borroso.

—No se fue lejos —murmuró—. Tengo que encontrarlo.

Bruno no entendió de quién hablaba. Se puso de pie, aterrorizado por el cambio.

—¿Qué olor es ese? ¿Son feromonas? ¿Estás… diferenciando otra vez?

¿Cómo podía Gael convertirse en omega después de tantos años como beta?

Gael ya no lo escuchaba. Avanzó hacia la salida con pasos inestables. Clara no estaba enferma y Adrián lo esperaba afuera.

—¡No puedes salir!

Bruno reaccionó y lo sujetó del brazo. Solo entonces comprendió lo débil que estaba. Gael chocó contra la esquina de una mesa y casi cayó.

—Acordé con Julián mantenerte aquí —dijo Bruno con dureza—. No irás a ninguna parte durante tres días. Él ya consiguió que su familia visite hoy a los Ferrer. Tú solo estorbarías.

Gael intentó liberarse.

—Adrián me prometió que esperaría. Tú mentiste.

Bruno lo arrastró hasta la habitación de visitas, lo empujó adentro y cerró con llave.

Gael cayó de bruces sobre el piso. Aferró la alfombra mientras el dolor y la comezón le atravesaban la nuca.

La glándula que había permanecido latente empezó a desarrollarse con rapidez. Incapaz de soportar aquel crecimiento repentino, Gael dejó escapar un gemido.

El olor a caramelo inundó la habitación. Su ropa comenzó a empaparse de sudor.

Bruno, todavía alterado, llamó a Clara. Ella estaba en pleno tratamiento facial y había dejado el celular en silencio.

Mientras tanto, Adrián caminaba sin interés por el centro cultural. Las instalaciones eran mediocres y no había nada que valiera la pena observar.

Consultó la hora. Había pasado media hora y Gael no había enviado ningún mensaje.

Sin paciencia para seguir esperando, lo llamó.

Por primera vez, Gael no respondió.

Adrián contempló la pantalla con incredulidad. ¿Lo estaba ignorando?

Salió del centro cultural. Al subir al carro, recibió una llamada y contestó sin mirar el nombre.

—¿Ya terminaste? ¿Por qué no respondiste?

La voz al otro lado era de Verónica.

—¿Gael está contigo?

Adrián se quedó inmóvil.

—¿Mamá?

Verónica observaba a Julián, que saludaba a Esteban con una sonrisa impecable.

—No importa si la madre de Gael está enferma ni qué tan grave sea. Tráelo de regreso de inmediato. El hijo menor de los Salgado vino a visitar a tu padre.

Adrián seguía sin recibir noticias de Gael. Su expresión se oscureció por completo.

—Entendido.

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