Quince años de matrimonio convirtieron la vida de Elena en una prisión sostenida por el desprecio de su propia familia y los abusos de Héctor, su esposo. Con treinta y tres años, soporta la violencia únicamente por Julián, su hijo de doce años, el único motivo que la mantiene en pie. Pero cuando la carga se vuelve insoportable y el deseo de huir es su única salida, el destino cruza en su camino a Gabriel, un hombre atento que descubre las sombras detrás de su sonrisa. Decidido a liberarla, Gabriel le ofrecerá una salida, mientras Elena aprende que salvarse a sí misma también es salvar a su hijo.
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capitulo 5
El olor a tinta fresca, papel cortado y solvente llenaba la pequeña imprenta Gráficas del Sur. Era un local estrecho, ruidoso por el zumbido constante de la guillotina y el rítmico golpe de la prensa offset, pero para Elena significaba el primer refugio real en quince años.
Llevaba cuatro días trabajando allí a escondidas, en el turno matutino, aprovechando las horas en que Héctor salía a la oficina y Julián estaba en la escuela.
El sueldo era modesto, pero el dinero en efectivo que guardaba en el dobladillo de su abrigo representaba su pasaporte hacia la libertad.
Esa mañana, Elena limpiaba el mostrador de madera desgastada mientras intentaba ignorar el dolor punzante en sus costillas, secuela del último ataque. Llevaba una blusa de manga larga a pesar del calor del local y un reloj de pulso ancho que le apretaba la muñeca izquierda.
La campanilla de la puerta de entrada sonó, dejando entrar una ráfaga de aire fresco de la calle.
—Buenos días, Don Tomás —dijo una voz masculina, grave y pausada.
Elena levantó la vista. Un hombre de unos treinta y cinco años, con saco oscuro impecable y camisa blanca sin corbata, cruzaba el umbral. Tenía una postura firme pero relajada, y en las manos llevaba una carpeta de cuero.
—¡Gabriel! Qué gusto verte —respondió el anciano dueño desde la trastienda, asomando la cabeza—. Elena, atiende a Gabriel, por favor. Viene por los folletos de la constructora.
Elena asintió de inmediato, sintiendo una punzada instintiva de nerviosismo ante la presencia de un desconocido. Buscó la orden de trabajo en el fichero con dedos torpes.
—Hola, buenos días —murmuró Elena sin sostenerle la mirada, manteniendo las manos apoyadas en la barra de madera.
—Buenos días —contestó Gabriel, acercándose al mostrador. Su voz no tenía la brusquedad ni la prepotencia a la que Elena estaba acostumbrada en los hombres—. Tengo un pedido a nombre de Constructora Valdés.
—Sí, permítame un momento... ya debe estar listo —dijo ella, apresurándose a buscar la caja bajo el mostrador.
Al agacharse, el movimiento repentino le causó un tirón agudo en el costado. Elena ahogó un pequeño gemido entre dientes y se sujetó la mesa para no perder el equilibrio. En la prisa por acomodarse la manga, la correa de su reloj se corrió unos centímetros hacia arriba.
Gabriel, que observaba con atención cada uno de sus movimientos, bajó la mirada hacia las manos de Elena. Justo debajo del borde del reloj, al descubierto por un segundo, quedó una marca alargada y violácea: una cicatriz reciente, con los bordes aún inflamados, rasgo evidente de un agarre violento con fuerza desmedida.
Elena notó la dirección de su mirada y, con un gesto brusco y sobresaltado, se jaló la manga hacia abajo, cubriéndose la muñeca por completo. Un leve temblor le recorrió los hombros mientras daba dos pasos hacia atrás, pegando la espalda al estante de papel.
—Aquí están sus impresiones —dijo con la voz acelerada y la mirada fija en el suelo, empujando la caja de cartón sobre el mostrador.
Gabriel no tomó la caja de inmediato. Se quedó inmóvil, observando la palidez en el rostro de la mujer, el sudor frío en su frente y la forma defensiva en que cruzaba los brazos sobre el pecho. No había en él una mirada de curiosidad morbosa, sino una profunda y silenciosa compasión mezclada con desconfianza hacia la situación.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Gabriel con suavidad, dando un paso casi imperceptible hacia adelante, cuidando de no parecer amenazante—. Se ve un poco pálida. ¿Quiere que le traiga un vaso de agua?
—No, no... estoy bien. Muchas gracias —se apresuró a responder Elena, manteniendo la distancia. La amabilidad de aquel hombre le resultaba extraña, casi peligrosa; en su mente, cualquier interacción con un desconocido podía ser descubierta por Héctor y desatar otra tragedia.
Gabriel la miró a los ojos por primera vez en toda la mañana. Vió las ojeras profundas que la base de maquillaje no lograba ocultar del todo y la tensión constante en su mandíbula. Conocía ese tipo de mirada: era la de alguien que vive en alerta permanente.
—Está bien —dijo él, entendiendo la barrera invisible que ella acababa de levantar—. Solo verifique que todo esté correcto en la factura.
Elena tomó el papel y la pluma. Intentó firmar, pero el temblor de su mano le impidió trazar su rúbrica con normalidad. La pluma se le resbaló de los dedos y cayó al suelo, rodando cerca de los zapatos de Gabriel.
Elena se inclinó al mismo tiempo que él para recogerla. Al estar a escasos centímetros, Gabriel notó el leve olor a antiséptico que emanaba de la ropa de ella y la rigidez de su cuerpo, como si esperara un golpe en cualquier momento.
—Tranquila —dijo Gabriel en un susurro cálido, recogiendo el lapicero y entregándoselo en la mano con extrema delicadeza, evitando todo contacto físico con su piel—. No hay prisa.
Elena tomó la pluma, sintiendo una calidez desconocida en el tono de ese hombre. Levantó la vista por un segundo y cruzó su mirada con la de Gabriel. Vió unos ojos oscuros, serenos y atentos, que no juzgaban ni exigían nada.
—Gracias —musitó ella, esta vez con una voz casi inaudible pero genuina.
Firmó el recibo y se lo entregó. Gabriel tomó la hoja, guardó la orden en su carpeta y tomó la caja de folletos. Se detuvo un momento antes de caminar hacia la salida, mirando a Elena con una mezcla de respeto y preocupación sincera.
—Nos vemos la próxima semana para el siguiente tiraje —dijo Gabriel, ofreciéndole una breve sonrisa tranquilizadora—. Que tenga un buen día, Elena.
El sonido de la campanilla anunció su salida. Elena se quedó sola en el mostrador, escuchando el zumbido de la imprenta.
Miró su muñeca cubierta por la blusa y luego la puerta por donde el hombre acababa de salir. Por primera vez en muchos años, el miedo no era lo único que aceleraba los latidos de su corazón.