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Mi Exmarido Millonario Ahora Es Mi Jefe

Mi Exmarido Millonario Ahora Es Mi Jefe

Status: Terminada
Genre:CEO / Oficina / Reencuentro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:98
Nilai: 5
nombre de autor: Rafaella Sol

Heloísa aprendió a levantarse antes del amanecer, a tomar dos trenes con la vianda en el bolso y una hija dormida en la memoria, a sonreír con la dignidad de quien no le debe nada a nadie. Seis años atrás, un matrimonio se le deshizo entre las manos y una familia poderosa la borró del mapa como quien limpia una mancha. Ella sobrevivió. Se reconstruyó. Enterró aquel nombre para siempre.

Hasta la mañana en que ese nombre volvió a aparecer en la pantalla de su computadora: Vicente Vasconcelos, el nuevo presidente de la empresa. Su exmarido. Su jefe. Y a su lado, una prometida embarazada del brazo y una sonrisa afilada.

Pero hay algo que no encaja. Un osito de peluche gastado que Heloísa juraría reconocer. Una niña de ojos oscuros que la huele y susurra que "huele a mamá". Un hombre de hielo que, de repente, guarda el aroma de un jabón descontinuado y pide "por favor" por primera vez en su vida. Cuanto más intenta Heloísa mantener las distancias, más se derrumban los muros que tardó seis años en levantar… y más cerca queda de una verdad que alguien enterró junto con todo lo demás.

NovelToon tiene autorización de Rafaella Sol para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

POV: Heloísa

Me levanté. No sé bien por qué. El cuerpo se levantó solo, como uno se pone de pie cuando tiembla el suelo. La silla rascó el suelo a mis espaldas, demasiado fuerte en el silencio que se había apoderado de la planta.

—Buenos días —dije, y la voz me salió firme, profesional, sin un temblor—. Bienvenidos a Aurora Tech. Soy de Recursos Humanos, yo me encargo del alta de ustedes.

El alta de ustedes. Como si él fuera un desconocido. Como si nunca le hubiera lavado una camisa a ese hombre, nunca hubiera dormido con la cabeza en su pecho oyéndolo respirar.

Vicente me miró un instante demasiado largo. Sus ojos eran los mismos de seis años atrás, oscuros y quietos, de esos que no dejan que nadie vea lo que hay dentro. Solo que ahora tenía una línea dura en la boca que yo no recordaba, y una hebra de blanco en la sien que los seis años le habían puesto ahí sin pedirme permiso.

—Buenos días —respondió. Nada más. Frío, cortante, sin una gota de reconocimiento, como si leyera mi credencial por primera vez.

Así que él también iba a fingir. Perfecto. Mejor así.

—Amor, siéntate aquí, no puedes estar mucho tiempo de pie. —La mujer se soltó de su brazo y se acomodó en la silla frente a mi escritorio, una mano extendida sobre el vientre, el mentón en alto. Me miró de arriba abajo con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Hola. Soy Letícia. La prometida de Vicente. Vamos a necesitar adelantar mis documentos también, porque con el embarazo me canso rápido, tú me entiendes, ¿no?

Letícia. Yo conocía ese nombre. Había conocido esa cara en un portarretratos, en una fiesta de cumpleaños, en una llamada contestada a las tres de la madrugada que se volvió el punto cero del fin de mi vida. La mujer a la que él amaba. La mujer por la que se había casado conmigo solo por gratitud, mientras el corazón ya era de otra.

Y ahora estaba ahí, embarazada de él, llamándolo amor delante de mí, pidiéndome que adelantara sus documentos.

—Claro —respondí—. Solo voy a necesitar una identificación con foto y un comprobante de domicilio.

Fue automático. Sonrisa, formulario, mano extendida. Por dentro algo se apretaba despacio, como un torniquete, pero por fuera yo era la empleada más eficiente del quinto piso. Ella abrió el bolso de marca con una lentitud estudiada, buscó los documentos como quien no tiene ninguna prisa en el mundo, y me los fue pasando uno por uno, cada papel un centímetro más allá de mi alcance, para obligarme a estirar el brazo.

—Toma, querida. Y mi domicilio cambió hace poco, ¿sí? Anota el nuevo. Ahora vivimos juntos. —Rió por lo bajo, una mano descansando en el vientre—. Pero eso ya te lo imaginabas.

Larissa, del otro lado de la mampara, se había olvidado de fingir que trabajaba. Tenía los ojos clavados en la escena, la boca entreabierta, grabando cada palabra para soltarla después en el grupo de WhatsApp. Cuando Letícia se volteó a decirle algo a Vicente, Larissa se inclinó hacia mí y susurró:

—¿Lo conoces de algún lado? Juraría que te miró raro.

—En mi vida lo he visto —respondí bajito, los ojos en la pantalla.

Era solo un muro que no le hacía daño a nadie, uno de los muchos que había aprendido a levantar deprisa.

Terminé primero la ficha de Letícia, porque ella insistió. Imprimí el comprobante, expliqué los pasos siguientes, le indiqué dónde podía esperar sentada. Agradeció con esa dulzura pegajosa en la voz y se fue caminando despacio, una mano en la espalda baja, asegurándose de que todos en la planta le vieran el vientre.

Vicente se quedó.

Se quedó de pie junto a mi escritorio mientras yo tecleaba sus datos, y yo sentía el peso de su mirada en lo alto de mi cabeza, en mi mano, en mi perfil. No levanté los ojos ni una vez. Tecleé nombre, cargo, documentos, cada campo con una calma de cirujano. En el campo del estado civil, mis dedos dudaron medio segundo sobre la tecla antes de escribir lo que el formulario pedía. Cuando terminé, giré la pantalla para que él revisara.

—Revise si está todo correcto, por favor.

Miró la pantalla. Después me miró a mí.

—Está —dijo.

Le extendí la credencial por encima del escritorio. Por un instante sus dedos casi rozaron los míos. Él no se retiró, y yo me retiré primero. Tomé de nuevo el bolígrafo solo para tener algo que sostener, y lo apreté con fuerza suficiente para sentir la costura del plástico en la palma.

Fue entonces cuando lo vi.

En la mano que sostenía la carpeta, llevaba una bolsa. Y de dentro de la bolsa, medio ladeada, asomaba la cabeza de un osito de peluche pardo, con una oreja más gastada que la otra. Era igualito al que estaba en la esquina de mi escritorio, e idéntico al que yo había comprado en una feria muchos años atrás, cuando todavía creía que mi vida iba a ser otra.

El aire desapareció de la sala por un segundo.

Vio que yo lo había visto. Escondió la bolsa detrás de la pierna, en un gesto rápido, casi avergonzado, algo que jamás le había visto hacer a ese hombre.

—Gracias por el alta, licenciada Ribeiro —dijo, formal, la voz sin color.

Y se fue caminando hacia el despacho de vidrio del fondo del pasillo, donde ahora estaba su nombre en la puerta. Sus pasos eran los mismos de siempre, firmes, sin prisa, el paso de quien no corre porque es el mundo el que lo espera a él.

Volví a sentarme. Creí que se había terminado. Creí que iba a poder respirar.

Se detuvo. Medio de espaldas, sin voltearse del todo, la mano en el quicio del pasillo.

—Helô. —La voz le salió baja esta vez, y mi nombre en su boca dolió en un lugar que yo juraba haber cerrado ya—. La criatura. ¿Está bien?

Me quedé sin aire. ¿Qué criatura? ¿Cómo sabía que yo tenía una hija? Él no podía saber nada de mi vida, de mis seis años, de mi hija.

Cuando levanté los ojos para preguntar, él ya había entrado al despacho y cerrado la puerta de vidrio.

Vicente

Letícia

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