Camila Naranjo estaba a tres meses de casarse con Diego Cárdenas, el hombre al que amó toda su vida. Pero Diego se enamoró de su secretaria y creyó que Camila aceptaría una boda sin amor con tal de conservar su lugar en la familia Cárdenas.
Se equivocó.
Después de una humillación pública y de descubrir que su propia familia siempre elegirá a otra mujer antes que a ella, Camila cancela la boda y toma una decisión que nadie vio venir: se casa con Sebastián Cárdenas, el tío de Diego y el hombre más poderoso de la familia.
Ahora Diego tendrá que verla en cada cena familiar como la esposa de su tío.
Lo que empezó como una venganza elegante se convierte en un matrimonio lleno de secretos, deseo y una protección que Camila nunca había conocido.
Esta vez, ella no va a rogar por amor.
Esta vez, todos tendrán que verla ganar.
NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1
Capítulo 1
El primer frente frio del invierno cayó sobre Ciudad de México con una lluvia terca y helada.
Camila Naranjo despertó en la sala de infusiones de un hospital privado de Santa Fe con la mano entumida y la cabeza pesada. La niña de la cama de al lado le avisó que el suero se le había terminado y que su mamá había llamado a la enfermera antes de que la sangre regresara por la vía.
—No deberías venir sola, hermana. Llámale a tu familia.
Camila tardó unos segundos en enfocar la mirada. Luego sonrió, seca.
—Soy huérfana.
La niña se quedó helada y pidió perdón varias veces. Camila le dijo que no pasaba nada, aunque el chiste le dejara la garganta raspada. Eran las dos de la madrugada. Había pasado todo el día en el estudio, había comido cualquier cosa, había encerrado cuatro horas de frustración en el cuarto oscuro y luego el dolor de estómago la había doblado hasta obligarla a pedir un taxi. Diagnóstico: gastroenteritis aguda.
Tres días después, al salir del hospital, Mariana Luna le llamó.
—Mañana es el cumpleaños de tu hermana. No se te vaya a olvidar.
—No voy. Estoy enferma.
Mariana no le creyó.
—¿Enferma? Siempre haces lo mismo. Justo cuando es el cumpleaños de Valeria.
Camila miró la banqueta húmeda. Le ardieron los ojos, pero solo un instante.
—Entonces no me esperes. Los cumpleaños aburren. Avísame cuando sea funeral.
—¡Camila! ¿Cómo puedes ser tan mala?
—Salí a ti.
La llamada se volvió lo de siempre: Mariana comparándola con Valeria, recordándole que Diego Cárdenas también iría a la cena, ordenándole que se disculpara con él. Según Mariana, ella debía cuidar el compromiso, dejar de encerrarse en su estudio y aprender a ser una buena prometida. Al final, cuando Camila estaba a punto de colgar, su madre ofreció dinero.
Camila aceptó cuando la transferencia llegó a siete cifras.
—Gracias, hada madrina del efectivo —le mandó por WhatsApp.
Mariana casi se ahogó de rabia.
Esa noche, Dulce Mendoza la llamó desde el aeropuerto. Había pedido medio día libre para volver a acompañarla, como cada año, porque el cumpleaños de Valeria siempre dejaba a Camila rota.
—No vengas —dijo Camila, sentada en la cama, con una taza de té frio entre las manos—. Voy a la residencia.
Dulce soltó una risa amarga al escuchar lo de la transferencia.
—Tu mamá compra paz para Valeria, pero a ti te cobra hasta respirar.
Después vino la pregunta que ambas estaban evitando.
—¿Y Diego? ¿Siguen en guerra fria?
Camila cerró los ojos. Dos meses. Llevaban dos meses sin reconciliarse de verdad.
—Va a ir. Mariana le pidió que pasara por mí.
Dulce guardó silencio y luego habló con una honestidad que dolía.
—Camila, Diego cambió. Está enamorado de Daniela Vargas. Ya no es el niño que te cuidaba. Tú sigues abrazada a un hombre que ya soltó la cuerda.
Camila sintió que le metían una aguja en la sien. Claro que Diego la había amado. Claro que ella lo había esperado años. Faltaban tres meses para la boda, las invitaciones estaban enviadas y todo el mundo la miraba como la futura señora Cárdenas.
Pero Daniela existía.
Diego la llamó al anochecer.
—Mariana dijo que vayamos juntos. ¿Dónde estás?
—En mi departamento. ¿Entonces ya me hablas? ¿Esto cuenta como reconciliación?
Diego hizo una pausa.
—¿Tú quieres reconciliarte?
Camila supo por ese tono que volverían a pelear, así que no discutió por teléfono.
Cuando él llegó, llevaba casi una hora esperando junto al auto. Antes, Diego la habría esperado un día entero. Ahora le quedaban cenizas de paciencia y varios cigarros apagados en el suelo.
En el camino a la residencia Naranjo, ella puso una condición.
—Despide a Daniela. Si la despides, dejo de pelear.
Diego apretó el volante.
—Daniela es buena en su trabajo. No voy a correrla por tus celos.
Dos meses antes, Camila los había visto besarse frente al edificio de Diego. Él no lo negó. Le dijo que amaba a Daniela, pero que se casaría con Camila porque la familia Cárdenas jamás aceptaría a una secretaria sin apellido.
Esa frase había sido un cuchillo.
—En nuestro circulo —dijo Diego esa noche, con una crueldad cómoda— hay matrimonios donde cada quien vive lo suyo. No hagas drama.
Camila no respondió. Sacó su celular y le envió un mensaje.
`99`
Diego lo vio y guardó el teléfono sin darle importancia.
La primera vez que ella le mandó un número fue después de su primera pelea de comprometidos. Una vez, borracha, le había explicado:
—Cada vez que me claves un cuchillo, te lo voy a contar. Cuando llegues a cien, la Camila que te ama se muere.
Diego siempre creyó que era teatro.
Al llegar, la fiesta de Valeria ya era un desfile de dinero viejo, empresarios, herederos y mujeres cubiertas de marcas caras. En los rincones se hablaba de todo: de la adopción de Valeria, de lo mimada que estaba, de lo poco que la familia Naranjo mencionaba a su hija biológica, de la boda de Camila con Diego.
Camila no tenía ganas de pelear. Había cobrado por asistir, así que pensaba beber, comer y fingir una noche soportable.
Hasta que en el baño chocó con Daniela Vargas.
El bolso blanco de Daniela cayó abierto. Entre maquillaje y tarjetas rodó un arete de esmeralda. Camila lo reconoció tarde, pero lo reconoció: era de su abuela. La misma abuela que antes de morir le había dicho a Mariana que esos aretes eran para Camila el día de su boda.
Daniela lo levantó antes que ella.
—Valeria me invitó —dijo, nerviosa, guardándolo.
Luego huyó.
Más tarde, una empleada subió a buscar a Camila. Los aretes de Valeria habían desaparecido. Mariana preguntaba si ella los había visto.
Camila bajó con una calma peligrosa.
La cena de cumpleaños acababa de volverse interesante.