Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.
NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Santiago no dijo nada durante tres segundos.
Fueron suficientes para que Karla dejara de sonreír, Patricia soltara el aire por la nariz y Valentina entendiera que las rosas de Fabián acababan de convertirse en una granada sobre el piso de servicio.
Marco dio un paso hacia adelante.
—Señor Reyes, si desea podemos...
—No.
Una sola palabra. Fría. Limpia.
Santiago siguió mirando la pulsera de plata en la mano de Valentina. No preguntó quién la había enviado. No hacía falta. La tarjeta abierta sobre la caja decía el nombre de Fabián con una letra demasiado correcta.
Valentina cerró la tapa.
—¿Vino a revisar el inventario floral del hotel?
Karla tragó saliva. Patricia le dio un codazo casi invisible, como diciendo "cállate, por tu propio bien".
Santiago levantó por fin los ojos.
—Señorita Estrada, suba a la suite cuando termine su turno.
—Mi turno termina a las seis.
—Entonces a las seis.
—¿Para qué?
—Para trabajar.
Valentina sonrió con toda la insolencia que le quedaba.
—Qué raro. Pensé que durante una semana el trabajo de la suite se había resuelto solito.
La mirada de Santiago se endureció. No respondió. Entró al pasillo privado con Marco detrás, y las puertas del elevador se cerraron como si se llevaran el aire.
Patricia esperó hasta que el número luminoso subió al piso dieciocho.
—No sé si te felicitó o te declaró la guerra.
—A mí no me declara nada —dijo Valentina, guardando la tarjeta en el bolsillo del uniforme.
Karla soltó una risita.
—Pues póntela. Ya que el pretendiente se tomó la molestia.
Valentina iba a dejar la caja en el mostrador, pero la voz de Karla le pinchó justo en la espalda. Sacó la pulsera, se la abrochó en la muñeca y levantó la mano.
—¿Así o necesitas foto para el chisme?
Patricia se cubrió la boca para no reír.
El resto del día fue una cuerda estirada. Suite 1801 pidió café negro, luego nada. Pidió que no subiera Karla, luego tampoco pidió a Valentina. A las seis, ella entregó reportes, revisó el carrito de amenidades y subió con la lista de control en la mano.
Santiago no estaba.
La sala de la suite tenía las cortinas cerradas, una taza intacta sobre la mesa y olor a tabaco frío, aunque allí estaba prohibido fumar. Valentina se quedó en la entrada, con la pulsera golpeándole la muñeca cada vez que movía la pluma.
No había cama deshecha. No había ropa tirada. No había rastros de él, salvo una chaqueta sobre el respaldo del sofá y una botella de agua abierta.
Trabajar, había dicho.
Claro.
Revisó el baño, cambió toallas, repuso jabón, firmó la hoja y salió antes de que pudiera sentirse estúpida por esperar una pelea.
A las dos de la madrugada, su celular vibró sobre la mesa pequeña del cuarto de servicio.
Era Patricia.
—No me mates —dijo en cuanto Valentina contestó—, pero recepción acaba de pedir apoyo para la 1801.
Valentina abrió un ojo. Estaba acostada sobre el catre del área de descanso porque le habían cambiado el turno de madrugada para compensar días perdidos.
—¿Karla no quería tanto esa suite?
—Karla se fue a casa a medianoche porque "le dolía la cabeza". El huésped pidió medicamento para el estómago. Y antes de que digas que no, el gerente nocturno preguntó por ti.
—¿Por mí o por la persona con menos amor propio disponible?
—Por ti. Textual.
Valentina se sentó. La rodilla protestó.
—Dile que llame a un médico.
—Ya ofrecieron. Dijo que no. Solo pidió antiácido, suero oral y agua caliente.
Valentina miró el reloj: 2:04 a. m.
—Lo voy a dejar en la mesa y me voy.
—Eso dijiste la última vez que subiste y bajaste con la camisa mal abotonada.
—Patricia.
—Ya, ya. Voy a rezar por ti. Y por tu dignidad.
Valentina colgó, se puso el saco del uniforme y tomó la charola con el antiácido, un sobre de suero oral, omeprazol y una taza de agua caliente. Caminó por el pasillo silencioso del piso dieciocho, con la pulsera de plata escondida bajo la manga.
Tocó dos veces.
Nadie respondió.
Usó la tarjeta maestra.
La suite estaba casi a oscuras. Solo una lámpara encendida junto al sofá dibujaba el perfil de Santiago, recostado con la camisa abierta en el cuello, la corbata tirada en el suelo y un vaso de whisky sobre la mesa.
Valentina se quedó quieta.
—¿Tomaste alcohol con dolor de estómago?
Santiago abrió los ojos. Tenía la mirada brillante, no perdida. Borracho, sí. Ausente, no.
—Llegaste.
—Traje medicina. No vine a conversar con un adulto irresponsable.
Dejó la charola sobre la mesa. Cuando se inclinó, la manga se le subió. La pulsera de Fabián atrapó la luz de la lámpara.
La mano de Santiago se cerró sobre su muñeca.
No la lastimó. Pero la detuvo.
—Quítatela.
Valentina bajó la mirada a sus dedos.
—Suéltame.
Él la soltó de inmediato, pero sus ojos siguieron clavados en la plata.
—Quítatela.
—¿Y si no quiero?
—Valentina.
—Me la regalaron. Bonito detalle. ¿Te suena el concepto? Regalo. Sin órdenes, sin amenazas, sin hacer que un asistente saque a nadie por la puerta trasera.
Santiago se levantó del sofá demasiado rápido. El dolor le cruzó la cara; aun así, dio un paso hacia ella.
—No sabes nada de él.
—Sé que no desapareció una semana para castigarme.
—No te castigué.
—No. Solo compraste un collar de cincuenta y siete mil pesos, me miraste como si debiera agradecerte y luego volviste aquí justo cuando otro hombre me mandó flores.
La respiración de Santiago se volvió más pesada.
—No uses eso delante de mí.
Valentina levantó la muñeca entre los dos.
—¿Esto? ¿La pulsera? ¿Te molesta tanto?
—Sí.
La honestidad la desarmó por medio segundo.
Santiago aprovechó ese segundo. Tomó la pulsera, abrió el broche de un tirón seco y la arrojó al bote de basura junto a la mesa.
Valentina sintió el golpe como si hubiera caído algo dentro de ella.
—¡Estás loco!
Se agachó para recuperarla. Santiago la sujetó de la cintura y la apartó del bote.
—No.
—¡No tienes derecho!
—No.
—¡Santiago, suéltame!
La soltó.
De golpe.
Valentina quedó a un paso de él, respirando rápido. Podía irse. La puerta estaba detrás, la tarjeta maestra en su bolsillo, las medicinas sobre la mesa. Él no la tocaba. Solo la miraba con esa furia contenida que no gritaba, pero quemaba.
—Vete —dijo él, con la voz rota por el alcohol y por algo peor—. Si vas a volver por lo que te dio, vete.
Valentina apretó los puños.
—No me das órdenes.
—Entonces deja de usar cosas de otros hombres frente a mí.
—¿Quién eres tú para pedirme eso?
Santiago se acercó un paso.
—El idiota que cuenta los días que no te ve.
El silencio se les fue encima.
Valentina sintió la frase en la garganta, en las costillas, en la cicatriz vieja que nunca admitía tener. Quiso reírse. Quiso insultarlo. Quiso decirle que ya era tarde para ponerse trágico.
Lo único que salió fue una respiración temblorosa.
—No digas eso.
—Es verdad.
—No me importa.
—Mentirosa.
La palabra encendió algo.
Valentina levantó la mano para empujarlo, pero Santiago atrapó su muñeca a medio camino. Esta vez no la apretó. Solo la sostuvo contra su pecho, justo donde el corazón le golpeaba con una fuerza desigual.
—Dime que me vaya —murmuró él.
—Vete.
Santiago bajó los ojos a su boca.
—Otra vez.
Valentina tragó saliva. Su mano seguía sobre el pecho de él. Podía apartarse. Debía apartarse. En cambio, sintió bajo los dedos el latido de ese muchacho que alguna vez recogía botellas de plástico para venderlas y que aun así le compraba yogurt de mango aunque le cerrara la garganta.
—Te odio —susurró.
—Lo sé.
Y entonces la besó.
No fue un beso bonito.
Fue brusco, lleno de rabia atrasada, de celos, de siete años de palabras mordidas. Valentina lo golpeó en el hombro con la mano libre, un golpe torpe que no lo hizo retroceder, pero Santiago se apartó un centímetro en cuanto sintió la resistencia.
—Dime que pare.
Ella tenía la puerta detrás. El aire suficiente para decirlo. El orgullo suficiente para romperle la cara.
No lo dijo.
En vez de eso, lo empujó contra el sofá.
Santiago perdió el equilibrio y cayó sentado. Valentina se quedó de pie frente a él, con el pecho subiendo y bajando, la boca ardiendo. Él no volvió a tocarla. Levantó las manos despacio, abiertas, como si se rindiera.
Ese gesto la enfureció más.
—No te hagas el decente ahora.
Le tomó la cara con ambas manos y lo besó ella.
La reacción de Santiago fue inmediata. Una mano subió a su espalda, la otra se cerró en el borde del sofá, como si tuviera que sujetarse de algo para no perder el control completo. Valentina se sentó a horcajadas sobre una de sus piernas sin pensar, solo para quedar a su altura, y el dolor de la rodilla desapareció bajo una descarga caliente que le subió por la columna.
Él sabía a whisky y menta amarga.
Ella sabía a rabia.
La primera vez que se separaron fue para respirar. La segunda, porque Valentina le mordió el labio y Santiago soltó un sonido bajo que le erizó la piel. La tercera, porque él intentó decir su nombre y ella no quiso oírlo.
—Cállate.
Santiago obedeció.
Eso la terminó de desarmar.
Lo besó más lento. Ya no como pelea, sino como recuerdo. Como si su cuerpo hubiera guardado la ruta exacta: la mandíbula tensa, la comisura que cedía apenas, la forma en que él contenía la respiración cuando ella le tocaba la nuca.
El celular de Valentina vibró una vez en su bolsillo.
Ninguno se movió.
El vaso de whisky cayó de la mesa cuando el brazo de Santiago lo empujó sin querer. El líquido manchó la alfombra. Valentina apenas lo oyó. La suite entera parecía reducida a la lámpara amarilla, al sofá, al calor de la mano de Santiago en su espalda y a esa boca que había jurado olvidar.
Cuando él por fin la soltó, no la empujó.
Solo retiró las manos.
El cambio fue tan brusco que Valentina abrió los ojos como si le hubieran echado agua fría. Santiago estaba pálido, la respiración irregular, el cabello revuelto por los dedos de ella. Pero su expresión volvía a cerrarse, pieza por pieza, hasta convertirse otra vez en el hombre que daba órdenes desde un elevador privado.
Valentina se levantó de golpe y casi perdió el equilibrio. Él no intentó ayudarla.
Eso dolió más de lo que debía.
Se tocó la boca con el dorso de la mano.
—No creas que esto significa algo.
Santiago miró el reloj de pared.
—No dije nada.
—Fue un error.
—Ajá.
—Duró... no sé, cinco minutos. Una estupidez de cinco minutos.
Él tomó el sobre de antiácido de la mesa, lo miró y lo dejó de nuevo sin abrir.
Cuando volvió a verla, sus ojos estaban fríos.
—Fueron 29 minutos. Contaste mal.