Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capitulo 19: Eres mi magia.
Me quitó la ropa despacio, con movimientos lentos y deliberados, disfrutando de cada momento, de cada centímetro de piel que iba descubriendo, besando, tocando. Y yo hice lo mismo con él, desabrochando sus prendas, deslizando las telas hacia abajo, admirando su cuerpo perfecto, tallado, fuerte, que ya conocía tan bien y que siempre me parecía nuevo, increíble, deseable.
En cuanto estuvimos desnudos, nos abrazamos, piel con piel, y sentí cómo la energía volvía a nosotros, más fuerte que antes, envolviéndonos, rodeándonos, creando una burbuja de luz y calor a nuestro alrededor. Nos besamos, un beso profundo, hambriento, cargado de todo lo que sentíamos, y mientras sus manos recorrían mi cuerpo, descubrí que esta vez era diferente. Cada roce, cada caricia, cada beso, venía acompañado de esa magia. Cuando tocaba mi piel, sentía una corriente eléctrica dulce y ardiente que me recorría entera. Cuando sus labios bajaban por mi cuello, sentía chispas de placer que estallaban dentro de mí.
—Esta vez no solo nos amaremos con el cuerpo —me susurró al oído, mientras me acostaba sobre las sedas y se colocaba entre mis piernas abiertas—. Esta vez usaremos todo. Todo lo que somos. Todo lo que tenemos. Te haré sentir cosas que ningún otro ser en la existencia ha sentido jamás. Porque esto es solo nuestro.
Empezó a tocarme, pero esta vez, sus dedos estaban rodeados de esa luz suave y brillante, nuestra luz, que entraba en mí, que me recorría por dentro, que me llenaba de un calor increíble, que me hacía sentir llena, llena de él, llena de magia, llena de placer. Rozó mis zonas más sensibles con esas caricias luminosas, y yo grité, arqueando la espalda, perdiendo la cabeza, porque era mil veces más intenso, mil veces más profundo, mil veces más perfecto. Era como si pudiera tocarme el alma con sus manos. Como si pudiera hacerme sentir placer en cada parte de mi ser, no solo en mi cuerpo.
—Dime dónde lo sientes —me pedía él, con voz ronca, moviendo esa luz dentro de mí, cambiando la temperatura, la intensidad, la forma—. Dime cuál es tu lugar favorito. Dime qué te hace delirar.
Y yo se lo decía, entre gemidos y suspiros, y él obedecía, llevándome más allá, explorando, descubriendo, jugando con mis sensaciones, usando la magia para ampliar cada roce, cada beso, cada movimiento, hasta que ya no sabía dónde terminaba mi cuerpo y dónde empezaba la magia, dónde terminaba yo y dónde empezaba él.
Me giró, me puso de rodillas, me sujetó por las caderas, y se colocó detrás de mí. Sentí su dureza presionando la entrada de mi cuerpo, y al mismo tiempo, sentí esa luz brillante que nos rodeaba, que abría mi cuerpo, que me preparaba, que me hacía más suave, más cálida, más perfecta para él. Entró despacio, pero esta vez, al entrar, sentí que no solo entraba él, sino que entraba toda su esencia, toda su magia, toda su alma. Fue una sensación indescriptible: una mezcla de plenitud absoluta, de amor infinito, de placer que me hacía ver estrellas.
Empezó a moverse, y cada embestida enviaba ondas de energía y de placer que recorrían todo mi cuerpo, que salían de mí en forma de luz, que se mezclaban con la suya, que creaban una danza brillante y hermosa a nuestro alrededor. Nos movíamos al mismo ritmo, unidos por dentro y por fuera, por carne y por magia, por amor y por deseo. Él me sujetaba con fuerza, una mano en mi cintura, otra en mi pelo, tirando suavemente hacia atrás para exponer mi cuello, donde mordía y besaba, enviando escalofríos eléctricos directos a mi centro.
—Eres mi magia, Lysandra —gemía él contra mi piel, con cada movimiento—. Eres mi luz, mi fuerza, mi vida. Sin ti, yo no soy nada. Contigo… lo soy todo.
Aumentó la velocidad, la fuerza, la intensidad, y la luz a nuestro alrededor brilló más fuerte, tanto que cegaba, tanto que llenaba toda la sala, girando, creciendo, alimentada por nuestro placer, por nuestra unión, por nuestra alma. Me dio la vuelta, me levantó en sus brazos, me apretó contra su pecho, y me penetró de nuevo, mirándome a los ojos, viendo todo lo que sentía, haciéndome ver todo lo que él sentía. Y en esa mirada, en ese momento, sentí que nos fundíamos por completo. Que ya no éramos dos personas, sino una sola energía, una sola luz, un solo amor eterno.
Me vine con un grito largo y desgarrado, un placer que estalló dentro de mí como una supernova, sacudiéndome entera, haciéndome perder la conciencia, flotando en un mar de luz y sensaciones increíbles. Y él siguió moviéndose, llevándome más allá, haciéndome sentir más, haciéndome gozar más, hasta que finalmente, con un grito profundo de mi nombre, se vino también, derramando su esencia, su magia, su amor dentro de mí, llenándome hasta el borde, sellando nuestra unión con luz y con fuego.
Caímos juntos sobre las sedas, entrelazados, cansados, felices, brillando todavía con esa luz suave que nos envolvía como una manta. Azrael me abrazó con fuerza, besando mi frente, mis ojos, mis labios, con una ternura infinita.
—Ahora sí —susurró, con voz suave y llena de emoción—. Ahora sabes lo que somos capaces de hacer. Ahora sabes que nuestro poder no está solo en las armas o en los hechizos. Está en nosotros. En lo que sentimos. En lo que somos el uno para el otro.
Me acurruqué contra él, escuchando su corazón, sintiendo su piel, sintiendo todavía la magia corriendo suavemente por mis venas, calmada ahora, tranquila, feliz. Miré a mi alrededor, viendo las chispas de luz que todavía flotaban en el aire, como recuerdos de lo que habíamos vivido. Y supe que tenía razón. Valerius, sus enemigos, todos los que nos querían hacer daño… no entendían nada. Creían que la fuerza estaba en la antigüedad, en la oscuridad, en el poder por sí mismo. Pero no. La fuerza estaba aquí. En este amor. En esta unión. En esta magia que habíamos creado juntos.
—Estamos listos —dije en voz baja, segura de mí misma, mirándolo a los ojos—. Estamos listos para lo que venga. Porque mientras estemos juntos… nadie podrá vencernos.
Azrael sonrió, y esa sonrisa era la cosa más hermosa y poderosa que había visto jamás.
—Nadie —repitió él—. Nunca.
Nos quedamos allí un rato más, disfrutando de la paz, de la cercanía, de la fuerza que nos dábamos el uno al otro. Sabía que fuera de esas paredes, las sombras seguían moviéndose. Sabía que Valerius planeaba, que los peligros acechaban, que la guerra estaba cada vez más cerca. Pero ahora, tenía algo más que fuerza. Tenía conocimiento. Tenía magia. Y tenía a él. Y eso era suficiente para enfrentarme a cualquier cosa.
Nos vestimos de nuevo, despacio, tranquilos, y salimos de la sala de magia, cerrando la puerta antigua tras nosotros, guardando ese secreto, ese poder, esa intimidad solo para nosotros. Y mientras caminábamos de vuelta hacia el palacio, sentía que ya no era la misma mujer que había entrado allí. Era más fuerte. Más sabia. Más peligrosa. Y estaba lista para demostrárselo a todo el reino.