Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 16: Intrigas.
—Durante mil años, él ha esperado. Ha esperado a que yo me debilite, a que cometa un error, a que la soledad me consuma. Y yo… yo le di motivos para creer que lo lograría. Porque yo estaba solo. Porque yo no tenía a nadie. Porque él pensaba que, sin nadie a mi lado, sin nadie que me diera fuerza, sin nadie que compartiera mi poder, con el tiempo, yo desaparecería, o me volvería débil, o simplemente dejaría de importar. Y entonces… entonces llegaste tú.
Me miró fijamente, y vi la intensidad de sus palabras en su mirada.
—Llegaste tú, y de repente, yo ya no estoy solo. Llegaste tú, y me diste fuerza, me diste un motivo para seguir, me diste algo que proteger, algo por lo que luchar. Y peor aún… llegaste tú, y ahora hay una nueva magia en el reino. Una magia que él no conoce, que no puede controlar, que no puede entender. Una magia que viene de mí, sí, pero que también viene de ti, de tu alma humana, de tu capacidad de amar, de sentir, de crecer, cosas que él nunca tuvo y nunca podrá tener. Valerius cree que tú eres mi debilidad. Cree que usándote a ti, podrá llegar a mí. Cree que si te destruye, si te aparta, si te convence de que te vayas… entonces yo caeré. Y entonces él podrá tomar el trono.
Escuché todo esto con atención, sintiendo cómo la responsabilidad crecía sobre mis hombros, pero también sintiendo cómo la determinación ardía más fuerte dentro de mí. Apagué la pequeña esfera de luz con un simple movimiento de mi mano, haciéndola desaparecer entre mis dedos como si fuera humo, y me puse de pie, desnuda, erguida, con la cabeza alta, mirando hacia la oscuridad de los jardines, hacia el palacio, hacia donde sabía que estaban nuestros enemigos.
—Pues está equivocado —dije con voz firme, clara, llena de esa fuerza que ahora sabía que tenía—. Está equivocado si cree que soy una debilidad. Está equivocado si cree que me dejaré destruir. Y está muy equivocado si cree que me iré a ningún lado. Yo crucé la muerte para estar aquí, Azrael. Yo pedí esta vida, este destino, este precio. Y ahora que lo tengo… ahora que te tengo a ti… nadie, ni Valerius, ni nadie en todo este universo, va a poder apartarme de tu lado.
Azrael se levantó detrás de mí, me rodeó con sus brazos, pegando su cuerpo al mío, y apoyó su barbilla en mi hombro, mirando hacia el mismo lugar que yo.
—Lo sé —susurró, y sentí una sonrisa de satisfacción en su voz—. Lo sé mejor que nadie. Y por eso te amo. Por eso te elegí. Porque en tu vida humana parecías frágil, pequeña, llena de vacío… pero en realidad, eras la cosa más fuerte que jamás he conocido.
Se giró suavemente hacia mí, y me tomó la cara entre sus manos, mirándome con una intensidad que me hacía temblar.
—Pero debes tener cuidado, Lysandra. Valerius no atacará de frente. Él es astuto, viejo, conoce todos los trucos, todos los secretos, todas las debilidades. Usará dudas, mentiras, miedos. Intentará hacerte creer que yo no te amo, que te usé, que tu lugar no está aquí. Intentará mostrarte cosas que te harán daño, cosas que te harán querer huir. Y cuando vea que eso no funciona… atacará con fuerza. Usará la magia oscura, la magia antigua, cosas que ni siquiera yo puedo controlar del todo.
—Entonces enséñame —le pedí, mirándolo directamente a los ojos, desafiante y decidida—. Enséñame todo lo que sabes. Enséñame a usar esta magia que llevo dentro. Enséñame a luchar, a defenderme, a atacar si es necesario. Enséñame a ser la Reina que necesitas. Porque no quiero que tú siempre tengas que protegerme. Quiero ser tu igual. Quiero luchar a tu lado. Quiero ser yo quien te proteja a ti también.
Azrael se quedó en silencio un momento, y vi cómo sus ojos brillaban con una mezcla de orgullo, de deseo y de algo más, algo profundo y antiguo que no entendía del todo.
—Te enseñaré todo —prometió, con voz profunda y solemne—. Te enseñaré a usar tu poder hasta que seas capaz de destruir montañas o detener el tiempo con un solo pensamiento. Te enseñaré todo lo que sé, todo lo que soy. Pero ten cuidado, amor mío… porque cuanto más poder tengas, más peligrosa serás para ellos… y más peligroso será amarte. Porque ahora que tienes este poder… ahora que eres tan fuerte como yo… ya no solo eres mi esposa. Ya no solo eres mi reina. Ahora eres la única persona en todo el universo capaz de destruirme… o de salvarme.
Se inclinó y me besó, un beso profundo, lleno de promesas, de futuro, de amor eterno.
—Y yo confío en ti con mi vida, Lysandra. Confío en ti más que en mí mismo.
Nos vestimos de nuevo, con ropas ligeras y cómodas, diferentes a las ceremoniales de la corte, y empezamos a caminar de vuelta hacia el interior del palacio. Pero ahora, todo era diferente. Ya no caminaba como una novata, como alguien que solo está allí por gracia del Rey. Ahora caminaba con la seguridad de quien sabe que tiene poder, de quien sabe que tiene un arma dentro de sí misma, de quien sabe que tiene un papel importante en este destino.
Mientras caminábamos por los pasillos silenciosos, llenos de sombras y luces plateadas, Azrael me iba explicando cosas, enseñándome nombres, lugares, leyes, seres que habitaban el reino. Yo escuchaba todo con atención, memorizando cada detalle, cada advertencia, cada nombre. Sabía que mi tiempo de aprendizaje se había terminado. Sabía que la guerra, la lucha por mi lugar, por nuestro lugar, apenas estaba empezando.
Y entonces, al doblar un pasillo, lo vi.
Allí estaba Valerius, de pie frente a una ventana alta, mirando hacia el paisaje de niebla eterna. No se giró al oírnos llegar, pero supe desde el primer momento que sabía que estábamos allí. Su figura alta, elegante, vestida de oscuro y oro, se recortaba contra la luz grisácea, y cuando finalmente se giró hacia nosotros, esa sonrisa suya, cortés y venenosa, estaba de nuevo en sus labios.
—Mi Rey —dijo, inclinando la cabeza apenas, con esa falsa reverencia que ya conocía—. Y mi Reina. Veo que están muy ocupados… con sus asuntos privados.
Sus ojos rojos se clavaron en mí, recorriéndome de arriba abajo, y vi cómo se detenían un segundo en mis manos, como si hubiera sentido la magia que acababa de despertar, como si hubiera notado el cambio en mí. Y por primera vez, vi algo nuevo en su mirada: miedo. O alarma, al menos. Sabía que yo estaba cambiando. Sabía que yo estaba creciendo. Y eso no le gustaba nada.
—Lord Valerius —respondió Azrael con voz fría y cortante, apretando mi mano con fuerza, marcando su posesión—. ¿Qué hacéis aquí? Creí que todos los asuntos de la corte habían terminado por hoy.
Valerius rio suavemente, un sonido bajo y desagradable.
—Oh, sí, los asuntos de estado han terminado. Pero yo siempre estoy aquí, mi Señor. Siempre observo. Siempre escucho. Siempre estoy atento a cualquier cambio, a cualquier cosa nueva que suceda en nuestro hermoso reino. Y hoy… hoy ha habido muchos cambios interesantes.
Volvió a mirarme, fijamente, y sus palabras fueron dirigidas a mí, con un tono suave, insinuante, peligroso.