Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.
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capitulo 20
La biblioteca del ala oeste de la mansión Vancini era un santuario de simetría muerta y erudición corporativa. A diferencia del gran salón profanado por las flores frescas de Leonela, este espacio conservaba el rigor original que Gael había impuesto en los planos de construcción: estanterías empotradas de madera de nogal americano que se alzaban hasta los seis metros de altura, suelos de mármol negro veteado que absorbían las pisadas y una iluminación perimetral integrada que bañaba los lomos de cuero de los libros con una luz blanca y quirúrgica. El aroma aquí era denso, una mezcla de papel antiguo, cera de ebanistería y el persistente frío industrial del aire acondicionado que mantenía la propiedad en un invierno perpetuo.
Eran las seis de la tarde del miércoles. Santiago dormía la siesta bajo el monitoreo táctico de las pantallas de seguridad, dejando que la leona caminara sin su armadura materna por los pasillos de la fortaleza.
Leonela buscaba un volumen sobre historia aduanera del puerto, un cabo suelto que necesitaba para entender las rutas del muelle 14 que Gael mantenía encriptadas. Vestía un vestido de punto acanalado color terracota, un tejido fino y elástico que se adhería con una crudeza anatómica a la línea de sus caderas, la curva de su cintura y la firmeza de su pecho. Al estirarse sobre las puntas de sus pies descalzos para alcanzar el estante superior, la tela se tensó al límite, delineando su silueta con una sensualidad desarmante. La gélida temperatura de la biblioteca operó de inmediato en su piel, provocando una traición biológica elemental: sus pezones se marcaron con nitidez contra el punto terracota, delatando el estado de alerta sensorial en el que operaba desde la gala del Palacio de Cristal.
Sus dedos pálidos rozaron el lomo de cuero del libro, pero la altura del anaquel desafiaba su estatura felina. El volumen se deslizó hacia el fondo, fuera de su alcance.
Un cambio sutil en la presión atmosférica del salón anunció la intrusión.
Antes de que pudiera descender los talones al mármol negro, una silueta masiva se materializó a su espalda con la rapidez silenciosa de un depredador alfa. Gael Vancini invadió su perímetro de seguridad sin emitir un solo paso audible. Su estatura imponente de gigante corporativo la acorraló de inmediato contra la madera de nogal. Llevaba una camisa de lino gris oscuro con el cuello desabrochado y las mangas remangadas de manera desordenada hasta los codos, revelando los tendones y los vellos oscuros de sus antebrazos curtidos. El calor abrasador que emanaba de su pecho firme cruzó el aire húmedo, envolviendo a Leonela en una estática asfixiante que le quitó el aliento.
Gael extendió su brazo largo por encima del hombro izquierdo de ella, apoyando la palma de su mano fuerte en el estante superior. El movimiento accidental provocó el primer roce real entre sus anatomías.
El paño grueso del pantalón de sastre de Gael presionó la curva de las caderas de Leonela, mientras que la firmeza de su torso masivo rozó la palidez de su espalda descubierta. El impacto biológico fue devastador para el sistema de la mujer. Un estremecimiento profundo, una pulsación líquida y caliente, nació en su vientre y se expandió en una vibración directa hacia sus extremidades, erizándole la piel por completo. Aunque su mente continuaba en guardia, armada con la fijeza gélida de la desconfianza tras descubrir la trampa planeada de catorce meses, su cuerpo comenzó a traicionarla. Sus sentidos se rindieron ante el magnetismo animal del lobo gris; sus rodillas experimentaron una debilidad inédita y sus músculos perdieron la rigidez defensiva, amoldándose de forma pecaminosa contra la anatomía del hombre.
Gael bajó el volumen de historia aduanera con sus dedos largos, pero no retiró el brazo. Se quedó en esa posición de sometimiento físico absoluto, bloqueando cualquier ruta de escape perimetral.
El aroma de su piel —sándalo, tabaco caro y la pesadez metálica de las reuniones de la naviera— inundó el sistema respiratorio de Leonela, anulando el jazmín dulce que ella emanaba. La respiración entrecortada de la mujer hizo que el tejido terracota subiera y bajara de forma violenta, frotando su espalda contra el lino gris de él, una traición física que Gael registró con una contracción mortal en sus facciones de piedra de molino. Sus pupilas grises se dilataron, devorando el perfil de su cuello pálido, donde el pulso delataba un pánico interno mutado en deseo absoluto.
—Estás buscando información fuera de los balances autorizados para el fideicomiso, Leonela —susurró Gael. Su barítono profundo bajó a un siseo bajo, una nota peligrosamente suave e íntima que resonó directo en las costillas de ella.
—Busco entender la dimensión de la jaula en la que me metiste, Vancini —replicó ella en un susurro afilado, forzando a su voz a conservar la franqueza cortante de su orgullo, aunque su cuerpo seguía rindiéndose al calor de la proximidad—. Tu asedio psicológico de catorce meses no terminó con la firma del contrato. Ahora usas tu tamaño corporativo para acorralarme en las esquinas oscuras de tu casa.
Gael descendió el rostro hasta que sus labios quedaron a milímetros de la pequeña cicatriz del labio superior de ella, permitiendo que la tensión sensorial alcanzara un suspenso insoportable. Su mano libre se deslizó por el borde de la estantería de nogal hasta posarse sutilmente en la curva de la cintura de Leonela, una presión posesiva que cruzó el punto terracota como una quemadura real. El contacto de sus dedos fuertes y curtidos provocó una descarga de adrenalina pura que hizo que el pecho de ella se tensara aún más contra el vestido fino.
—Mis muros de acero no se construyeron para retener a una prisionera, leona —siseó Gael, y la fijeza de sus ojos grises se volvió pesada, cargada de unos celos posesivos que la gala de la filarmónica no había hecho más que avivar—. Se construyeron para resguardar el único activo de esta ciudad que no responde a mis pantallas de datos. Me culpas de la traición de tu piel, pero tu cuerpo sabe la verdad desde el martes. Tu mente puede seguir analizando mis contratos de relaciones públicas, pero tus garras responden al mismo incendio que me quema los balances cada vez que entras en mi despacho.
Leonela apoyó las palmas de sus manos en el pecho firme de Gael, intentando establecer una distancia perimetral, pero el contacto biológico directo con el lino de su camisa solo aceleró la rendición de sus sentidos. Sentía los latidos pesados y desbocados del gigante, la musculatura masiva que el guerrero utilizaba para pacificar los muelles, y la nitidez de esa fuerza la subyugó. Su cabeza se inclinó apenas un milímetro hacia atrás, sus labios oscurecidos entreabriéndose debido a la agitación de su respiración. Su anatomía programaba una respuesta biológica de sumisión íntima que su orgullo intentaba combatir con la fijeza gélida de sus pupilas oscuras.
—No te confundas de transacción, Gael —dijo ella, y su franqueza cortante golpeó el centro de la soberbia del titán—. Mi cuerpo puede experimentar la estática de tu peligro absoluto, pero mi voluntad no entra en tus balances de propiedad. Me retienes por el resguardo de Santiago, no por la sumisión de mi mente. Si tu lino gris me quema, es porque eres el único monstruo capaz de hacerme sangrar, pero las reinas no se entregan al lobo solo porque comparta el calor de su cubil.
Gael sonrió con una resolución mortal y sombría, una mueca que delataba que la resistencia de la mujer era el combustible que mantenía encendida la fascinación salvaje de su asedio. Su pulgar presionó la cadera de ella con una firmeza implacable, obligándola a registrar la rigidez de su control posesivo antes de iniciar una retirada tortuosa. Deslizó sus dedos largos por el costado de su vestido terracota, una caricia física que dejó un rastro de calor abrasador en la piel erizada de Leonela, y dio un paso atrás hacia el mármol negro veteado, devolviéndole el espacio perimetral que le había arrebatado.
Gael se enderezó cuan largo era, acomodándose los puños de la camisa gris oscuro con la frialdad corporativa de quien acaba de firmar una concesión naviera exitosa. Su máscara de granito regresó a sus facciones, ocultando el desborde del control que la proximidad de la seda de Leonela había provocado en su sistema.
—El volumen de historia aduanera contiene los registros del muelle 14 previos a la intervención de Julián —sentenció Gael, y su barítono recuperó la rigidez cortante de las horas diurnas—. Estúdialo bien, esposa. La junta directiva revisará el fideicomiso el jueves por la mañana, y requiero que la legitimidad de tu apellido esté impecable ante las pantallas de los inversores. No dejes que el desorden de tus sentimientos altere la simetría de mis balances de relaciones públicas.
Leonela tomó el libro de cuero entre sus manos pálidas, utilizándolo como un escudo físico contra el calor residual que seguía vibrando en su vientre. Se irguió con el mentón alzado, obligando a sus músculos a recuperar la rigidez de su dignidad, aunque sus pezones marcados contra el punto terracota seguían delatando ante la luz blanca de la biblioteca la verdad de su rendición sensorial.
—El jueves verás la fuerza de la textilera en tu mesa de juntas, Vancini —respondió ella, su voz un hilo de seda humanizado que rasgó la penumbra del nogal—. Pero hoy, recuerda que el primer roce no ocurrió en tu torre financiera por un acuerdo legal. Ocurrió en tu biblioteca de piedra porque tus muros de acero no son lo suficientemente gruesos para contener el incendio que planeaste catorce meses atrás.
La silueta de Gael Vancini abandonando la biblioteca con su zancada depredadora, mientras el crujido de las puertas dobles de hierro devolvía el espacio a su simetría muerta. Leonela permaneció sola sobre el mármol negro descalza, con el libro apretado contra su pecho firme y el aroma a sándalo y tabaco tatuado en su piel erizada, comprendiendo con una nitidez espantosa que, aunque su mente continuara tejiendo la resistencia perimetral, su cuerpo ya había firmado las primeras cláusulas de su rendición ante el dueño del puerto.