Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.
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Capítulo 16: La tormenta
La casa de los Rojas había aprendido a vivir con muchas cosas.
Había aprendido a vivir con el ruido de las patas de Max corriendo por el pasillo.
Con los maullidos de Misha cuando quería comida.
Con los saltos de Luna cada vez que alguien llegaba.
Con las travesuras de las gallinas escapándose del corral.
Y, sobre todo, había aprendido a vivir con Pelé.
Un gallo que no entendía que era un animal.
Pelé estaba convencido de que era el dueño de la casa.
Caminaba por el jardín como si fuera un guardia.
Miraba a los desconocidos como si estuviera protegiendo un castillo.
Y cada mañana despertaba a todos con su canto, aunque nadie se lo hubiera pedido.
Pero había algo que todos habían aprendido en los últimos meses:
Pelé no solo era un problema.
También era parte de la familia.
Porque detrás de cada desastre había una intención.
A veces equivocada.
A veces exagerada.
A veces completamente absurda.
Pero siempre había algo más.
Pelé cuidaba.
Después de encontrar la libreta de Mariana y descubrir que su madre había escrito que el amor podía multiplicarse, Emma comenzó a mirar las cosas de otra manera.
No significaba que todos sus miedos desaparecieran.
No era así de sencillo.
Una herida profunda no desaparece con una sola frase.
Pero algo había cambiado.
Antes, cuando veía a Valeria junto a su padre, sentía que alguien estaba ocupando un espacio que no le pertenecía.
Ahora comenzaba a entender que Valeria no estaba intentando borrar a Mariana.
Ella también tenía su propia historia.
Sus propios recuerdos.
Sus propias heridas.
Y eso hacía que Emma la viera diferente.
Aun así, había momentos difíciles.
Como aquella mañana.
Emma estaba desayunando cuando vio a su padre sonriendo mientras revisaba un mensaje en su celular.
No era una sonrisa cualquiera.
Era una sonrisa que ella no veía desde hacía mucho tiempo.
Tomás estaba feliz.
Y eso debería haberla alegrado.
Pero por un segundo sintió miedo.
Un miedo pequeño.
Casi invisible.
Porque una parte de ella pensó:
"¿Y si papá vuelve a ser feliz y deja atrás a mamá?"
La idea apareció sin permiso.
Y Emma se sintió mal por pensarla.
Bajó la mirada hacia su plato.
Tomás lo notó.
—¿Todo bien?
Emma levantó la cabeza rápidamente.
—Sí.
Tomás sonrió.
—Últimamente dices mucho esa palabra.
Ella hizo una pequeña mueca.
—Porque muchas veces sí estoy bien.
—Y otras no.
Emma no respondió.
Porque su padre la conocía demasiado.
Lucía estaba ordenando unos libros en la sala y escuchaba la conversación.
Ella sabía que Emma estaba avanzando.
Pero también sabía que avanzar no significaba dejar de tener miedo.
A veces las personas creen que sanar significa dejar de sentir dolor.
Pero no.
Sanar significa aprender a vivir con ese dolor sin permitir que controle toda tu vida.
Y Emma estaba aprendiendo.
Poco a poco.
A su manera.
Esa tarde, Valeria y Mateo llegaron a la casa.
Mateo entró corriendo.
—¡Emma!
La niña apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el niño le mostrara algo.
—Mira.
Era un dibujo.
Emma lo tomó.
Había una casa.
Un perro.
Un gato.
Un gallo.
Y varias personas.
Emma miró con atención.
—¿Quiénes son?
Mateo señaló.
—Tú.
Luego señaló otra figura.
—Yo.
Después señaló a Tomás y Valeria.
Emma se quedó callada.
Mateo rápidamente explicó:
—No significa nada raro.
Solo pensé que todos estábamos juntos.
Emma miró el dibujo.
Antes esa imagen le habría causado incomodidad.
Tal vez incluso tristeza.
Pero ahora solo sintió algo extraño.
No era dolor.
Era una sensación nueva.
Como si una puerta estuviera empezando a abrirse.
—Está bonito.
Mateo sonrió.
—¿De verdad?
Emma asintió.
—Sí.
Mientras los niños estaban afuera jugando, Tomás y Valeria conversaban en la cocina.
No hablaban de amor.
No hablaban de matrimonio.
No hablaban del futuro.
Todavía no.
Solo hablaban.
De sus hijos.
De sus vidas.
De lo difícil que era volver a empezar.
—A veces siento culpa —dijo Tomás.
Valeria lo miró.
—¿Por qué?
Él observó el jardín donde Emma jugaba.
—Porque cuando estoy feliz siento que estoy dejando atrás a Mariana.
Valeria guardó silencio unos segundos.
Luego respondió:
—Yo también sentí eso.
Tomás la miró.
—¿Sí?
Ella asintió.
—Después de perder a mi esposo pensé que volver a sonreír significaba que lo estaba olvidando.
—¿Y qué descubriste?
Valeria miró a Mateo.
—Que recordar a alguien y seguir viviendo pueden existir al mismo tiempo.
Tomás sonrió levemente.
Porque esa frase también era algo que Emma necesitaba aprender.
Pero entonces apareció Pelé.
Y como siempre...
Arruinó un momento tranquilo.
El gallo salió del jardín llevando algo en el pico.
Tomás lo reconoció.
—No.
Emma corrió detrás.
—¿Qué robaste ahora?
Pelé aceleró.
Todos comenzaron a seguirlo.
Valeria observaba sorprendida.
—¿Siempre es así?
Tomás suspiró.
—Casi siempre.
Mateo reía.
—Me encanta esta casa.
Después de una pequeña persecución, descubrieron el crimen.
Pelé había tomado una fotografía.
No cualquier fotografía.
Una fotografía vieja de Mariana que estaba sobre una mesa del patio.
Emma se quedó quieta.
Por un momento todos pensaron que se molestaría.
Pero no.
Se acercó lentamente.
Tomó la foto.
Pelé estaba frente a ella.
—¿Por qué la tomaste?
El gallo inclinó la cabeza.
Emma miró la fotografía.
Era una imagen de su mamá sonriendo.
Una imagen feliz.
Entonces entendió algo.
Pelé no la había robado para destruirla.
La había llevado al jardín.
Al lugar donde todos pasaban tiempo.
Como si quisiera recordarles que Mariana también seguía siendo parte de esa familia.
Emma abrazó la fotografía.
—Creo que querías verla.
Pelé hizo un pequeño sonido.
—Sí, ya sé.
—Eres raro.
El gallo levantó la cabeza.
—Muy raro.
Mateo rió.
Pero esa tranquilidad no duraría mucho.
Porque el cielo comenzó a cambiar.
Las nubes aparecieron rápidamente.
El viento empezó a soplar.
Y Emma lo notó.
Su expresión cambió.
Tomás se dio cuenta.
—¿Emma?
Ella miró hacia arriba.
—Va a llover.
No era la lluvia lo que le preocupaba.
Era lo que venía con ella.
Esa noche llegó la tormenta.
Primero fueron gotas pequeñas.
Después la lluvia golpeó las ventanas.
El viento movía los árboles.
Los truenos iluminaban el cielo.
Y Emma sintió que algo dentro de ella se cerraba.
Intentó disimularlo.
Intentó leer.
Intentó concentrarse.
Pero cada trueno la llevaba al pasado.
A aquella noche.
A la llamada.
A la ausencia.
Lucía se sentó junto a ella.
—¿Quieres hablar?
Emma negó.
—No.
Pero unos segundos después dijo:
—Sí.
Lucía esperó.
—No me gusta cuando llueve así.
—Lo sé.
—Porque fue esa noche.
Lucía tomó su mano.
—Sí.
Emma respiró profundamente.
—Tengo miedo de olvidar.
Lucía frunció el ceño.
—¿A tu mamá?
Emma asintió.
—Si papá vuelve a enamorarse. Si tenemos otra familia. Si todo cambia...
Su voz se quebró.
—¿Y si un día nadie habla de ella?
Lucía sintió tristeza.
Porque esa era la verdadera preocupación de Emma.
No era Valeria.
Era el miedo a perder a Mariana por segunda vez.
En ese momento llegó Valeria.
Había escuchado parte de la conversación.
Se acercó lentamente.
—Emma.
La niña la miró.
Valeria se sentó frente a ella.
—Quiero decirte algo.
Emma esperaba.
—Nunca voy a pedirte que olvides a tu mamá.
Los ojos de Emma se llenaron de lágrimas.
—Pero...
Valeria continuó:
—Ni siquiera quiero hacerlo.
Silencio.
—Porque si alguien amó a tu mamá, esa persona también es importante para mí.
Emma la miró sorprendida.
—¿Por qué?
Valeria sonrió.
—Porque ella hizo feliz a tu papá. Porque te dio la vida. Porque forma parte de la persona que eres.
Una lágrima cayó por la mejilla de Emma.
Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
La electricidad se fue.
La casa quedó completamente oscura.
Emma se asustó.
El trueno siguiente fue enorme.
La niña cerró los ojos.
Y antes de que pudiera decir algo, sintió unos brazos alrededor de ella.
No eran los de Tomás.
Eran los de Valeria.
Y por primera vez Emma no se apartó.
—Está bien tener miedo —susurró Valeria.
Emma lloró en silencio.
—Extraño a mi mamá.
—Lo sé.
—Mucho.
—Lo sé.
—No quiero reemplazarla.
Valeria la abrazó más fuerte.
—No tienes que hacerlo.
Cuando volvió la luz, algo había cambiado.
No era algo que todos pudieran ver.
Pero estaba ahí.
Una pequeña diferencia.
Una pequeña confianza.
Más tarde, cuando la tormenta terminó, Emma salió al patio.
Pelé estaba debajo de un pequeño techo.
Ella se sentó junto a él.
—Hoy pasó algo raro.
El gallo la miró.
—Creo que me equivoqué.
Pelé inclinó la cabeza.
—Pensé que aceptar a Valeria significaba olvidar a mamá.
Hizo una pausa.
—Pero no.
Miró las estrellas que empezaban a aparecer.
—Puedo querer a alguien nuevo y seguir queriendo a mamá.
Pelé respondió:
—Quiquiriquí.
Emma sonrió.
—Sí.
—Ya sé.
Esa noche escribió en su cuaderno:
"Hoy llovió."
"Pero sobreviví."
"Pensé que una nueva persona podía borrar mi pasado."
"Ahora entiendo que mi pasado siempre estará conmigo."
"Mamá sigue aquí."
"En mis recuerdos."
"En mi corazón."
"Y también en la familia que estamos construyendo."
Al día siguiente, todos pensaron que después de una tormenta vendría la calma.
Pero nadie conocía a Pelé.
Porque mientras todos dormían...
El gallo había descubierto algo.
Y estaba preparando una nueva travesura.
Una travesura que haría que todo el vecindario hablara de él.