Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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12. Capítulo 12
La luz en la ventana y un abrazo prometido
El sol matutino entraba por los grandes ventanales del salón. Isabela se encontraba revisando algunas llamadas en su teléfono cuando Mateo se le acercó con una sonrisa misteriosa y un par de abrigos en la mano.
—Prepara tus cosas, Isabela. Hoy tenemos una parada importante que hacer —dijo Mateo con tono suave pero entusiasmado.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, extrañada pero curiosa.
—Llamé temprano al hospital. El médico de tu madre dice que hoy es un excelente día para recibir visitas. Tu mamá está despierta y con muchas energías —respondió Mateo, entregándole su abrigo.
Los ojos de Isabela se iluminaron al instante. Sin dudarlo, llamó a la niñera de confianza para que se quedara a cargo de Mael durante un par de horas y subió al auto junto a Mateo.
Al llegar al centro médico, Isabela quedó sorprendida por las instalaciones. La habitación de su madre, Elena, no parecía una sala común de hospital; era una suite amplia, llena de luz natural, flores frescas y con equipos de última generación.
—¡Mamá! —exclamó Isabela corriendo a abrazarla con delicadeza en cuanto cruzó la puerta.
🫂❤️
—¡Mi niña hermosa! —respondió Elena, con una voz mucho más firme y llena de vida que semanas atrás—. Mírate, estás radiante.
Isabela se separó un poco para observarla. La palidez demacrada en el rostro de su madre había desaparecido, reemplazada por un leve color rosado en sus mejillas.
—Te ves increíble, mamá... Los doctores me dijeron que el tratamiento está funcionando de maravilla —dijo Isabela con lágrimas de felicidad asomándose en sus ojos.
—Así es, mi vida. Los médicos y las enfermeras me han atendido como a una reina —comentó Elena sonriendo, y luego dirigió la mirada hacia la puerta, donde Mateo permanecía de pie en silencio, observando la escena con un respeto absoluto—. Y tengo que agradecerle a este joven que está allá.
Isabela se giró a mirar a Mateo, confundida. Mateo dio un paso al frente, haciendo una leve inclinación con la cabeza.
—Señora Elena, me alegra muchísimo verla tan recuperada —dijo Mateo con humildad y educación.
—Mateo ha venido a verme un par de veces en estos días, Isabela —reveló Elena con ternura—. Me ha traído flores y se ha asegurado personalmente con los doctores de que no me falte absolutamente nada.
Isabela sintió que el aliento se le atascaba en la garganta. Miró a Mateo con una mezcla de conmoción y profunda gratitud. Él nunca le había mencionado nada de esas visitas para no presionarla ni vanagloriarse de sus acciones.
Tras una larga y emotiva conversación con Elena, donde la mujer no dejó de sonreír al ver a su hija tranquila, llegó el momento de despedirse para dejarla descansar.
De regreso al estacionamiento del hospital, el clima era fresco y las hojas de los árboles caían suavemente. Isabela caminaba al lado de Mateo en silencio, procesando todo lo que acababa de descubrir.
Antes de llegar al auto, Isabela se detuvo de golpe. Se giró hacia Mateo, lo miró fijamente a los ojos y, sin previo aviso, cortó la distancia entre los dos y lo envolvió en un abrazo apretado y sincero.
🥺.
Mateo se congeló por un segundo, sorprendido por el gesto, pero de inmediato envolvió sus brazos alrededor de la cintura de ella, pegándola a su pecho y descansando su mentón sobre su cabeza. Podía sentir el calor del cuerpo de Isabela y el aroma dulce de su cabello.
—Gracias, Mateo... Gracias de verdad —susurró Isabela con la voz ahogada contra su hombro—. No solo por mi mamá... sino por demostrarme con hechos que realmente quieres arreglar las cosas.
Mateo cerró los ojos, disfrutando de ese abrazo que había anhelado durante tanto tiempo. Apretó el agarre con delicadeza, como si sostuviera el tesoro más valioso del mundo.
—Te prometí que cuidaría de ti y de los tuyos, Isabela —dijo Mateo en un susurro cerca de su oído—. Haría lo que fuera por verte feliz. No tienes nada que agradecer.
Se separaron despacio, manteniendo los rostros a pocos centímetros de distancia. Mateo le acarició la mejilla con el pulgar, y por un segundo, los ojos de ambos se fijaron en los labios del otro. La tensión romántica era tan evidente que el aire parecía vibrar entre ellos.
Isabela no se alejó; al contrario, le dedicó una sonrisa tímida pero llena de una calidez que Mateo no veía desde hacía cinco años. Aunque no se besaron aún, ese abrazo y esa mirada dejaron en claro que el muro entre los dos se había derrumbado por completo, abriendo paso a un nuevo comienzo.