🚩⚠️🔞Azael, CEO de una firma exclusiva. Creció bajo el yugo de padres controladores que trataban su vida como un negocio; por eso, él ahora controla todo a su alrededor para nunca volver a ser vulnerable. No tolera que nada que considere "suyo" escape de sus manos.
Bastian, un pasante de último año en la empresa. Trabaja bajo una presión brutal porque necesita el dinero y los contactos para costear el costoso tratamiento médico de su madre.
NO APTO PARA PERSONA SENSIBLES Y NO TIENE UN FINAL COLOR DE ROSAS. Están advertidos.🔞⚠️🚩
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Fachada
El martes por la mañana comenzó con una luz pálida que se filtraba por las rendijas de los ventanales. Bastian se encontraba de pie frente al espejo de la habitación principal, abrochándose los botones del chaleco del traje. Su cuerpo aún arrastraba el latido sordo de la expansión neumática de la noche anterior en el sillón de cuero; las cenizas de su diario de la facultad continuaban en el cenicero de cristal de la sala como un monumento al borrado de su pasado universitario.
En la mesa de noche, el monitor biométrico registraba ochenta y cinco latidos por minuto. Al colocarse la corbata oscura, el metal de la pesada cadena de oro quedó perfectamente sepultado debajo de las capas de tela, presionando su garganta como el recordatorio eterno.
La puerta negra se abrió con un sonido metálico seco. Azael Brinkman entró al dormitorio vistiendo un impecable traje de tres piezas gris carbón. En su mano derecha sostenía una tableta electrónica de alta gama conectada a la red privada de la clínica VIP donde residía Stella Murphy.
—Has sido un esclavo excepcionalmente sumiso tras la destrucción de tu cuaderno —anunció Azael con esa voz suave y fría que quitaba el aliento—. Tu comportamiento en el baño y tu rendición en el archivo confidencial merecen una consideración especial. Hoy voy a otorgarte el premio supremo de tu cautiverio: una videollamada de dos minutos con tu madre para que compruebes su estado de salud actual.
A Bastian se le iluminaron los ojos por un segundo, sintiendo que una intensa descarga de adrenalina le anudaba el estómago. El Síndrome de Estocolmo controlaba cada una de sus reacciones, pero la necesidad de ver el rostro de Stella seguía siendo su talón de Aquiles.
—Gracias, señor Brinkman… gracias —susurró Bastian, dando un paso adelante con las manos temblorosas.
—Pero no olvides las reglas, pequeño —lo interrumpió Azael con una sonrisa, extrayendo su teléfono celular del bolsillo del chaleco—. Yo estaré sentado detrás de ti, controlando el tapón anal desde mi aplicación durante toda la transmisión. Tu rostro debe mantenerse limpio, tu voz debe sonar como la de un hijo sano y libre, y no permitiré un solo rastro de nerviosismo frente a la pantalla. Si dejas escapar un suspiro audible o si tu madre detecta que algo anda mal, Josh cortará la señal y el tratamiento médico de Stella terminará esta misma tarde.
Bastian tragó saliva con dificultad, asintiendo en silencio. Su voluntad no tenía validez legal ni anatómica. Obedeciendo las órdenes de su jefe, Bastian se sentó en la silla de cuero frente al escritorio del dormitorio, mientras Azael se colocaba justo detrás de él, apoyando sus manos firmes en los hombros del traje, acariciando de manera implacable el dorso donde el tatuaje permanecía oculto.
Azael presionó la pantalla del teléfono. El juguete de silicona en la intimidad de Bastian cobró vida de golpe, emitiendo una vibración sutil, profunda y continua al cincuenta por ciento de su capacidad. Bastian soltó un jadeo agudo, aferrándose al borde de la madera negra para no colapsar. Sus paredes internas se contrajeron con violencia alrededor del dispositivo, enviando alertas inmediatas a los sensores ocultos en su muñeca. El calor espeso inundó sus sentidos en un segundo, pero tuvo que clavar las uñas en la mesa para forzar una expresión de calma en su rostro.
La pantalla de la tableta electrónica parpadeó y la imagen de Stella Murphy apareció en alta definición. Estaba sentada en la cama de la suite VIP, con un semblante mucho más saludable y una sonrisa radiante al ver el rostro de su hijo.
—¡Bastian, mi niño querido! —exclamó Stella a través del altavoz—. Qué alegría verte. Me dijeron que tu resfriado ya está cediendo, pero que debes mantener el reposo en tu apartamento un poco más. Te veo tan elegante con ese traje nuevo.
—Hola, mamá… sí, ya estoy mucho mejor —mintió Bastian con la voz tensa, forzando una sonrisa falsa.
En ese preciso instante, el pulgar de Azael Brinkman rozó la pantalla de su celular, incrementando la vibración del implante al setenta por ciento.
Un corrientazo de placer brutal y sádico recorrió la columna de Bastian, estirando la piel de su omóplato izquierdo. El joven Murphy tuvo que morderse el labio inferior con tanta fuerza que casi derrama sangre, luchando internamente por no emitir un gemido frente a la videollamada de su propia madre. Su miembro se puso completamente erecto dentro del pantalón, rozando el refuerzo de microfibra que absorbía el movimiento de manera invisible.
—Me alegra tanto, hijo. El señor Brinkman es un hombre maravilloso. Ayer me enviaron un ramo de rosas rojas a la suite de parte de la fundación de la empresa —continuó Stella, completamente ajena al tormentoque su hijo estaba experimentando al otro lado de la cámara—. Me dijeron que estás teniendo una dedicación exclusiva en la oficina.
—Lo soy, mamá… el señor Brinkman se asegura de que… de que tenga todo lo que necesito a su lado —alcanzó a responder Bastian con la respiración entrecortada y corta, sintiendo el sudor frío empapándole las sienes bajo las luces del dormitorio. Cada embestida mecánica del juguete en su interior era una lección de pura asimetría del poder.
Azael, disfrutando del nivel de suspenso y de la tortura, se inclinó sutilmente hacia adelante, colocando su rostro cerca del oído de Bastian, fuera del campo de visión de la cámara de Stella.
—Dile a tu madre lo mucho que te gusta tu uniforme nuevo —susurró Azael en un tono de voz ronco y devorador—. Y mientras lo haces, piensa en lo que Josh descubrió esta mañana en los registros del estudio de tatuajes de la facultad. Sé perfectamente por qué te grabaste esa enredadera de espinas negras en el dorso de tu espalda. Te la hiciste el mismo día que ingresaste a Stella en la clínica, como un pacto de dolor. Pero ahora, esas espinas solo se clavan cuando yo decido encender este algoritmo.
Azael deslizó el dedo sobre la pantalla, elevando la potencia de la vibración al noventa por ciento de su capacidad máxima.
El impacto en el interior de Bastian fue tan devastador que soltó un suspiro trémulo y agudo que hizo que Stella parpadeara con extrañeza.
—¿Bastian? ¿Te dolió algo, mi vida? Te noto muy agitado —preguntó Stella con preocupación.
Bastian apretó los muslos con una fuerza brutal, entregando las últimas defensas de su anatomía al placer asfixiante que lo consumía bajo la ropa. La revelación de que Azael Brinkman conocía el secreto de su tatuaje de espinas terminó de demoler los últimos fragmentos de su intimidad mental. Estaba completamente desnudo, profanado y cableado ante los ojos del monstruo.
—No es nada, mamá… solo fue un pequeño… un pequeño acceso de tos por el resfriado —alcanzó a mentir Bastian con un hilo de voz rota, clavando la mirada fija en los ojos de su madre mientras su carne ardía por dentro de manera completamente—. Tengo que colgar ahora, el director ejecutivo me espera para… para revisar los balances financieros de la firma Brinkman. Te amo, mamá. Cuídate mucho.
—Yo también te amo, mi niño. Obedece en todo a tu jefe —respondió Stella antes de que Azael presionara el botón de finalizar desde la tableta, cortando la comunicación de golpe tras cumplirse los dos minutos exactos del trato.
La pantalla se fue a negro. Bastian se derrumbó hacia adelante sobre el escritorio de madera, soltando un sollozo ahogado de pura frustración y agotamiento. Las lágrimas rodaron sin control por sus mejillas, manchando el cristal de la mesa. El vacío repentino de la señal se combinó con las sacudidas continuas del juguete inflable que seguía castigando su próstata a la máxima potencia.
Azael dejó la tableta de lado y rodeó el asiento de cuero. Con un movimiento, tomó a Bastian por el cuello de su traje y lo levantó de la silla, aprisionándolo contra su pecho firme de manera protectora y territorial. Con su mano libre, Brinkman sacó su teléfono celular y apagó el microchip, devolviendo el vacío anatómico instantáneo al interior de su prisionero.
Bastian dejó caer su cabeza sobre el hombro de su jefe, temblando de pies a cabeza por el éxtasis retenido, sintiendo el metal del oro en su garganta y el fluido del deseo humedeciéndole el pantalón. El secreto de su tatuaje de espinas en el dorso ahora formaba parte del catálogo de propiedad de Azael Brinkman.
—Hiciste un trabajo de actuación magnífico frente a tu madre hoy, mi pequeño Bastian —susurró Azael en su oído, acariciándole el cabello alborotado con una lentitud aterradora —. Mantuviste la fachada mientras tu carne se expandía. Has aprendido tu lección de la pantalla. Ahora, prepárate. Josh nos espera en el sótano con el auto. La oficina requiere que estés de pie a mi lado derecho en el escritorio durante toda la mañana, y el algoritmo de mi teléfono celular no volverá a apagarse hasta que regresemos a este ático por la noche.
Bastian asintió con la mirada perdida y los labios entreabiertos por la agitación, completamente adaptado al peso total de sus cadenas de oro. La jaula de cristal del director ejecutivo Brinkman se había transformado esa mañana en su único y adictivo santuario de sumisión del que ya jamás podría ni desearía escapar por el resto de sus días.