La primera vez que se encontraron, murieron.
La segunda vez, también.
Y aun así volvieron a buscarse.
A lo largo de tres vidas, tres épocas y tres historias distintas, dos almas destinadas a amarse desafiarán al tiempo, a la muerte y al destino para volver a encontrarse.
No recuerdan quiénes fueron.
No recuerdan cómo se perdieron.
Pero sus corazones sí.
Porque algunas conexiones son más fuertes que el olvido.
Más fuertes que la distancia.
Más fuertes incluso que la muerte.
ETERNOS es una historia sobre almas gemelas, segundas oportunidades y un amor capaz de atravesar siglos enteros.
Porque hay amores que terminan.
Y hay otros que duran para siempre.
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Tentación
Caleb
La superficie de la laguna se mueve lentamente.
Abigail flota sobre el agua como si hubiera nacido allí. Como si perteneciera al bosque. Como si perteneciera a un mundo al que yo jamás podré acceder.
Permanezco de pie en la orilla. Simplemente mirándola. Intentando ignorar el calor que recorre mi cuerpo. Intentando ignorar el recuerdo de su sonrisa.
Intentando ignorar todo lo que me hace sentir.
—¿Piensas quedarte ahí toda la tarde?
Su voz me sobresalta.
—Yo...
Ella ríe.
—Solo es agua, Caleb.
No es solo agua.
Para ella quizá lo sea, pero para mí parece una prueba enviada por Dios.
Miro la laguna, luego mis botas y la laguna otra vez.
Abigail rueda los ojos.
—Eres extraño.
—Eso me han dicho.
—¿Y siempre obedeces todo lo que te dicen?
La pregunta me golpea más fuerte de lo que debería, porque conozco la respuesta.
Sí.
Siempre.
Toda mi vida.
Ella se incorpora un poco en el agua.
—Ven.
Solo una palabra. Una sola. Y sin embargo siento que me está pidiendo algo mucho más importante.
Trago saliva.
No pensé que mi fe pudiera ser tentada de esta manera. No pensé que me sentiría así… ansioso por desobedecer, sobre todo, si la recompensa es ella.
Miro el cielo y suspiro.
A la mierda.
A la mierda sus reglas y sus castigos. Si existe un dios tendrá que perdonarme, porque esto es más fuerte que yo.
Miro a Abigail y asiento.
Luego me quito las botas, después la camisa y finalmente entro en el agua.
Está helada.
Maldición.
Está condenadamente helada.
Abigail se ríe.
Una carcajada verdadera.
Libre y tan hermosa.
—Guau… eres hermosa —digo.
—No lo soy.
—Lo eres —replico—. Muchísimo.
La observo mientras el agua juega con sus rizos oscuros, y entiendo que no tengo miedo.
Ni de ella.
Ni del bosque.
Ni siquiera de mi padre.
Solo siento paz.
Nos quedamos en silencio durante un momento.
Escuchando el viento, los pájaros y el agua.
—¿Sabes qué es lo más extraño? —pregunta ella.
—¿Qué?
—Que no pareces uno de ellos.
Mi corazón se detiene.
—¿Uno de quiénes?
—De los hombres que vienen del pueblo.
Aparto la vista, porque si sigo mirándola creo que terminará viendo todos mis secretos.
—Y tú no pareces una bruja.
Ella sonríe.
—Eso es porque no lo soy.
La respuesta sale acompañada de una pequeña risa y algo dentro de mí se rompe. No de forma dolorosa.
De forma inevitable.
Como una presa que lleva demasiado tiempo conteniendo agua.
—Abigail...
Ella levanta la vista.
Sus ojos verdes encuentran los míos y de pronto el mundo entero parece quedarse en silencio.
No pienso.
No razono.
No recuerdo los sermones ni las advertencias de mi padre.
Solo la veo a ella.
Y entonces me acerco… Muy despacio. Dándole todo el tiempo del mundo para alejarse, pero no lo hace.
Su mirada baja a mis labios, y cuando vuelve a subir, ya lo sé.
Ella tampoco quiere apartarse.
Con mi mano temblorosa sostengo su rostro. Sus ojos navegan por mi rostro que quema, pero no dejo que eso me importe.
No ahora.
Quizá más tarde cuando pueda revivir este momento en mis pensamientos.
Por favor, Dios, permíteme revivir este momento.
Acerco su rostro al mío. Su dulce aliento se estrella contra mi boca.
Tiemblo.
Pero no por miedo. Por deseo.
Sí. Deseo… La deseo.
Y no sabía que era algo que se me permitiera sentir.
De hecho, creo que no se me permite sentir tal cosa.
Me acerco un poco más y acaricio sus labios con los míos.
El beso es breve. Suave. Tímido incluso. Nada parecido a las historias escandalosas que cuentan los hombres del pueblo.
Solo un roce… Una promesa.
Pero este beso, que parece insignificante, es el momento más valioso que he vivido en mi vida.
Paso mi lengua por mi labio inferior y mi cuerpo se sacude violentamente al poder sentir su sabor… caramelo y un toque de limón.
Nos miramos sin hablar. Sin movernos… solo respiramos. Al menos ella lo hace, yo estoy luchando por insuflar aire a mis pobres pulmones que parecen quemarse.
Abigail sonríe primero.
—Vaya.
Mi corazón está intentando escapar de mi pecho.
—¿Vaya? —pregunto mientras mi pecho se infla.
—Sí.
Se acerca y cruza su brazo en mi cuello, pegándome a ella.
—Resulta que el muchacho que me sigue por el bosque sí sabe hablar… y besar.
Sonrío, pero me detengo cuando sus labios se estrellan contra los míos.
Sus dedos se pierden en mi cabello mientras me dejo guiar por mis instintos.
La necesito más cerca. La necesito más rápido.
Yo solo… la necesito.
Mi lengua se abre paso en su boca, como si supiera lo que está haciendo, como si nos perteneciera.
Los dedos de Abigail se tensan en mi nuca por unos segundos cuando enredo mi lengua con la suya.
Suspira y sé que no lo estoy haciendo tan mal después de todo.
La forma en que se sujeta a mi espalda me lo dice, como si ella también me necesitara más cerca.
Coloco mi mano en su espalda baja y la presiono contra mí, necesitando sentir su calor.
Su cuerpo tiembla contra el mío cuando mi mano acaricia su pequeña cintura, sintiendo la sedosidad de su piel.
Muy lejos, entre las montañas, un trueno rompe el silencio. El primero de la tormenta que se aproxima.
Abigail se aleja con otro temblor. Sus ojos miran el cielo y su rostro se contrae en un sentimiento para nada placentero.
—¿Tan mal lo hago? —pregunto abatido.
Sus ojos vuelven a los míos. —No… yo… No lo haces mal para nada, Solo Caleb —dice con una sonrisa—. ¿Me dirás tu nombre completo alguna vez?
Como si el universo decidiera responderle, mi nombre rompe en el silencio seguido de un trueno.
—¡Caleb Hale!
Me hago pequeño al escuchar la voz de mi padre.
Está furioso.
Lo sé sin verlo.
—Mi padre —susurro cuando los gritos siguen llegando.
Abigail palidece y sin decirme una palabra corre en dirección a su cabaña.
Mierda.
Me hundo en el agua para enfriar mi cuerpo y poder enfrentarme a mi padre.
Mi nombre sigue corriendo salvaje por el bosque.
Caleb Hale.
Caleb Hale.
Como si fuera un insulto a la santa trinidad.
Sé que me encontraré.
No puedes huir de la maldad… siempre encuentra una manera de volver a atormentarte.
Salgo del agua y camino en dirección a los gritos e insultos dirigidos a mi persona.
Veo a mi padre tambalearse al lado de un árbol.
—Ahí estás, mierdecilla.
Respiro y afronto mi destino.