Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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Capítulo 5
Lo siguió y, cuando lo alcanzó, él ya había guardado su maleta y encendido el motor del auto. Y aspiró la atmósfera de lujo y comodidad, sonriendo.
Intentó que su vieja rebeldía la aguijoneara. No le pidió que la esperara en la estación. Jamás le pidió nada... así que no tenía derecho a tratarla como una maltratada pieza de equipaje.
Ante la puerta del vehículo se detuvo un segundo, para aspirar el aire frío del invierno. Sabía a limpio. Pensó que lo había olvidado, pero no; recordaba ese sabor de dulce aroma. De niña, en verano o en invierno, corría al exterior para respirarlo, ofreciéndoselo como un regalo.
-Te helarás si te quedas parada, allí afuera.
-Lo siento -lo observó con desdén, ignorando la nota crítica de su voz. Era su primera visita al hogar después de diez largos años. Huyó por él, permaneció en el exilio por él y, si pensaba que le echaría a perder unos segundos de placer, podía irse al infierno. Se metió en el auto.
- ¿Cómo está mi madre? -preguntó lo que le preocupaba.
-Necesitaba que me dieras la oportunidad -replicó, recorriendo con los ojos. Aun de perfil se veía fantástico: rico, privilegiado, con un aire inconfundible de sofisticación.
-Dime lo que pasó -fijó los ojos en el camino para que no la obsesionara, restándole valor a los problemas en los que debía pensar.
-No estuvo bien en los últimos meses -le aclaró, tomando la carretera principal-. Nos preocupaba al grado que le sugerimos que no trabajara tanto... pero quizá recuerdas cómo era... -una breve y traviesa sonrisa tocó sus labios-. Insistía en que se sentía bien y se esmeraba al máximo para probarlo.
-Desde luego -murmuró, cínica. Los Lorence siempre ocuparon el primer lugar en el corazón de su madre, por encima de su propia hija.
- ¡Así se consideraba útil! -la atajó, impaciente-. No tenía otra razón para vivir, ¿verdad?
- ¿Acaso te contradije? -se burló, sonando aburrida.
-No -admitió-, pero lo insinuaste, aunque sólo Dios sabe si conservas el derecho de criticarla después de olvidarte de tu madre por diez años.
Cierto, aceptó, sin desear internarse en ese punto. La olvidó por necesidad; porque era la única manera de sobrevivir.
-Sufrió un leve paro cardíaco. -Continuó Jay, después de un momento de tensión-. Nada grave, pero subía las escaleras de la mansión y rodó, rompiéndose la cadera. Además, le dio pulmonía... una complicación común en estos casos. De cualquier modo, para resumir, te llamó; te ha estado llamando, agitada por algo, desesperada por verte... quiere hablar contigo, insiste. Por tal razón pusimos el aviso en los periódicos..., ya que no existía otro medio de comunicarnos contigo-concluyó, despectivo.
- ¿Cuánto … Cuánto tiempo ha estado enferma?
-Un mes -la azoró con su respuesta-. La condición del corazón impidió que le curaran la cadera y ese retraso provocó la pulmonía. Un círculo vicioso -terminó, pesimista.
- ¿Sabe que iré a visitarla? -inquirió ronca, empezando a sentir una dolorosa emoción por el sufrimiento de su madre. ¡Debía odiar estar enferma! ¡La inmovilidad, la sensación de inutilidad... ella, que siempre fue tan fuerte y saludable! Jamás pescó un catarro, según recordaba Rebecca.
-No -contestó Jay. Juzgué preferible no alimentar sus esperanzas, por si cambiabas de opinión a último momento y decidías no venir.
-No tienes que ser sarcástico, Jay -lo previno Rebecca, cansada Sé lo que piensas de mí, aun sin tus ironías. -
-Y, por tu tono, adivino que no te importa.
-No-aceptó-. No me importa mucho. Reservé un cuarto en el Swan... -le explicó, para cambiar de tema-, pero preferiría ir al hospital, si no te molesta
-De ninguna manera -murmuró, molestó-, pero no te quedarás en el Swan. Vendrás al Hall conmigo.
- ¡Jamás!-exhaló, horrorizándose ante esa idea. ¿Con Olivia allí? ¿Con su padre?-. No, Jay -se negó, sin más-. Prefiero permanecer en un hotel. Está más cerca del hospital y no deseo causarte inconvenientes.
-Siempre has sido un inconveniente -se quejó, como si bromeara-. Hace años decidí que Rebecca Shaw sería mi castigo en esta reencarnación.
Ella sonrió, incapaz de evitarlo; ese sentido del humor especial de Jay siempre le hacía cosquillas al suyo.
- ¿Quién dijo? -la retó y de repente el aire del coche pareció demasiado espeso para respirarse. La nota ronca de su voz, la manera en que la vieron las pupilas azules, le confesaron que hablaba en serio, demasiado en serio.
¿Remordimientos?, reflexionó y sonrió, amarga. Todavía recordaba la manera grosera en que su padre le lanzó el último mensaje de Jay.
-Ya llegamos -le informó.
-Perfecto -asentó, cortante-. Si no te importa, entraré sola -y salió del coche en el instante en que él se estacionó ante la puerta del hospital.
- ¿La unidad de cuidados intensivos? -preguntó al portero.
-Ah, sí, señorita -la dirigió con cortesía-. ¿Tiene permiso de subir?
-Sí -afirmó, sin la menor idea de cómo se conseguía ese permiso-. Mi madre está allí.
Fue hacia su destino, mientras las emociones conflictivas seguían luchando en su interior: rencor, amargura, orgullo. Y ese terrible nudo de angustia que la llevó a ese sitio en el primer tren disponible.
Entró en el ascensor. Las puertas se abrieron y empezó a caminar por un corredor, pintado de gris, aplastada por un silencio sofocante.
De pronto su corazón se detuvo. El pasillo desembocaba a una amplia sala y el corazón se le contrajo, mareándola. Detrás de cada cámara de vidrio había una cama, con su pobre ocupante rodeado de tubos y máquinas, cuyos silbidos indicaban que la vida se preservaba a duras penas.
No necesitó preguntar dónde estaba su madre porque Rebecca supo que era esa vieja frágil y gris, detrás de la pared de vidrio, luchando a brazo partido contra la muerte.
-Aquí estoy, para sostenerte -la voz profunda la consoló y una mano la detuvo de la cintura; al volverse, sus ojos opacos se toparon con los de Jay y se apoyó con pesadez en sus brazos...