Cuando sus mundos chocan, la atracción es inmediata, explosiva y peligrosa. Lo que comienza como una misión para Scarlett se convierte en una obsesión mutua donde la línea entre el deber y el deseo se desdibuja peligrosamente.
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CAPÍTULO 18
Pasan días desde el enfrentamiento con Vittorio.
En esos días Scarlett y Alejandro no se han separado ni un instante, han hablado, han hecho el amor, han llorado, han reído, la burbuja de la cabaña los ha mantenido a salvo del mundo exterior.
Pero la burbuja no puede durar para siempre.
—Tenemos que hablar
dice Damián una mañana, entrando sin previo aviso. Trae el periódico bajo el brazo y una expresión sombría.
Alejandro y Scarlett están desayunando, él en camiseta mostrando sus tatuajes, ella con una de sus camisas y shorts olgado, el cabello rojo revuelto. Parecen una pareja normal. Casi.
—¿Qué pasa?
pregunta Alejandro, intuyendo las malas noticias.
Damián deja el periódico sobre la mesa. El titular grita: EL IMPERIO MORETTI SE RESQUEBRAJA, GUERRA INTERNA TRAS LA DESAPARICIÓN DEL HEREDERO.
—Tu padre ha perdido el control
explica Damián.
— Sin ti, sin Marcos, los capos menores están peleando por el poder. Hay tiroteos en la calle, ajustes de cuentas, muertos cada noche.
Scarlett lee el artículo en silencio. Su entrenamiento en el FBI evalúa la situación, caos, oportunidad, peligro.
—Esto puede ser bueno
dice.
—¿Bueno?
Alejandro la mira incrédulo.
—Mi ciudad se está desangrando.
—Y tu padre está perdiendo el control. Si los capos pelean entre ellos, no pueden unirse contra nosotros. Es el momento perfecto para actuar.
—¿Actuar cómo?
—No lo sé todavía. Pero tenemos información que ellos no tienen. Tenemos motivación. Y tenemos algo más importante, tenemos un hijo que proteger.
Damián asiente lentamente.
—Ella tiene razón. En el caos hay oportunidades. Pero también hay peligros. Vittorio va a querer recuperar el control rápidamente. Y para eso necesita dos cosas, eliminar a los rebeldes y recuperar a su hijo.
—O matarnos
murmura Alejandro.
—O matarlos. Sí.
El silencio se instala en la cabaña. Scarlett toma la mano de Alejandro.
—Vamos a estar bien Ale.
dice con firmeza.
— Pase lo que pase, vamos a ganar.
Esa noche, mientras la lluvia golpea el tejado, Alejandro está inquieto.
Scarlett lo encuentra en el porche, mirando la tormenta, el torso desnudo a pesar del frío. Las gotas resbalan por sus tatuajes, creando un mapa de agua sobre su piel.
—¿Qué haces aquí?
pregunta ella, cubriéndolo con una manta.
—Vas a enfermarte.
—Necesitaba pensar.
—¿En qué?
Él la atrae hacia sí, abrazándola bajo la manta.
—En mi madre. En mi padre. En cómo terminé aquí, en medio de una guerra, con la mujer que amo embarazada y escondida como una fugitiva.
—No somos fugitivos. Somos supervivientes.
—A veces no veo la diferencia.
Scarlett apoya la cabeza en su pecho. Siente los latidos de su corazón, fuertes y rítmicos. Siente el calor de su piel a pesar de la lluvia.
—¿Sabes qué pienso yo?
dice.
—Pienso que si no hubiera sido por todo esto, no te habría conocido. Y eso, para mí, vale cualquier guerra.
Alejandro la mira con una intensidad que duele.
—¿Cómo puedes ser tan fuerte?
—No soy fuerte. Solo tengo claro lo que quiero. Y lo que quiero eres tú.
Él la besa. Un beso lento al principio, casi tierno, que pronto se vuelve hambriento. Sus manos encuentran el borde de la camisa de ella, la levantan, necesitan sentir su piel.
—Aquí no
murmura Scarlett entre besos.
— Está lloviendo.
—Me da igual.
—Alejandro...
Pero él ya la ha levantado en brazos, llevándola al interior de la cabaña. La deposita sobre la cama con una suavidad que contrasta con la urgencia de sus manos.
—Te necesito
susurra.
— Ahora. Siempre.
Scarlett responde desabrochando su pantalón, bajándolo junto con sus bóxer. Él queda desnudo frente a ella, magnífico, sus tatuajes brillando con la luz tenue de las velas.
—Eres tan hermoso
dice ella, recorriendo con sus dedos los dragones, las rosas, los nombres grabados en su piel.
—Tú más.
—No es verdad.
—Para mí sí.
Él la desnuda con una lentitud deliberada, como si cada prenda fuera un tesoro que merece ser descubierto. Cuando ella queda completamente desnuda, él se detiene a mirarla.
—Dios
murmura.
—Cada vez que te veo, me parece la primera vez.
—Alejandro...
—Eres mía. Mi obsesión, mi perdición, mi todo.
Se inclina sobre ella, besando su cuello, sus hombros, el valle entre sus pechos. Scarlett arquea la espalda, ofreciéndose. Cuando su boca encuentra su botón rosado, ella gime, enredando sus dedos en su cabello mojado.
—Así
jadea.
— Así, por favor.
Él continúa su descenso, besando su vientre donde su hijo crece, donde la vida late, sus caderas, sus muslos. Cuando llega al centro de ella, Scarlett contiene el aliento.
—Déjame adorarte
pide él.
Y lo hace.
Su lengua encuentra cada punto sensible, cada lugar que la hace temblar. Scarlett se agarra a las sábanas, perdiéndose en las sensaciones. Los gemidos escapan de su garganta sin control.
—Alejandro, voy a...
—Déjate ir. Estoy aquí.
Y ella se deja ir. El orgasmo la golpea con una fuerza que la deja sin aliento, temblando, gritando su nombre.
Cuando vuelve en sí, él está sobre ella, sonriendo.
—te amo
dice.
—Verte así, perder el control... es lo más hermoso que hay.
—Todavía no he terminado contigo.
Lo empuja suavemente, invirtiendo las posiciones. Ahora ella está sobre él, montando su cuerpo, sus pechos rozando su pecho tatuado.
—Mi turno
dice.
Comienza a moverse lentamente, encontrando el ritmo que ambos necesitan. Alejandro gime, sus manos en sus caderas, guiándola, adorándola.
—Así
jadea.
— Así, mi amor.
Scarlett acelera, sintiendo cómo el placer vuelve a construir. Verlo a él, entregado, vulnerable, suyo, la excita más de lo que debería.
—Te amo
dice.
—Te amo tanto.
—Yo también. Siempre tú. Solo tú.
El orgasmo los golpea juntos. Ella grita, él gruñe, y por un momento el mundo se detiene.
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Después, enredados en las sábanas, sudorosos y felices, Scarlett acaricia los tatuajes de Alejandro.
—Cuéntame la historia de cada uno
pide.
—¿Ahora?
—Sí. Quiero conocer cada parte de ti.
Él sonríe y comienza a señalar.
—Este dragón fue el primero. Lo hice a los dieciocho, cuando maté por primera vez. Para recordarme que podía ser un monstruo.
—No eres un monstruo.
—Lo sé ahora. Pero entonces no lo sabía.
Señala otro.
—Esta rosa es por mi madre. La única flor que le gustaba.
Otro.
—Este nombre es de un amigo que murió protegiéndome.
Así recorre su cuerpo, historia tras historia. Scarlett escucha en silencio, aprendiendo, amándolo más con cada revelación.
Cuando termina, ella besa cada tatuaje, cada cicatriz, cada historia.
—Ahora eres mío
susurra.
— Con todo tu pasado, con todo tu dolor. Mío.
—Siempre lo fui. Desde que te vi tropezar frente a mi club.
Scarlett ríe.
—Ese tropezón fue ensayado.
—Lo sé. Pero la forma en que me miraste después... eso no se puede ensayar.
—No. Eso fue real.
Se besan suavemente, sin prisa, con la tranquilidad de los que saben que tienen toda la noche.
Pero la tranquilidad dura poco.
A la mañana siguiente, Damián irrumpe de nuevo.
—Tenemos un problema
anuncia.
—Vittorio viene nuevamente hacia aca.
Alejandro y Scarlett se incorporan de golpe.
—¿Cómo?
—No lo sé. Pero viene hacia aquí. Con al menos veinte hombres.
—¿Cuánto tiempo?
—Una hora. Quizás menos.
Alejandro mira a Scarlett. Scarlett mira a Alejandro.
—ya no hay nada que lo detenga, seguro viene creyendo que nosotros filtramos la información de la desestabilización de su imperio. tenemos un plan B?
dice ella.
—No hay plan B.
—Entonces lo improvisamos.
Se visten rápido, toman las armas, preparan la huida. Pero cuando abren la puerta, ya es demasiado tarde.
Los coches negros están rodeando la cabaña.
Y Vittorio Moretti, con una sonrisa fría, baja del primero.
—Buenos días, hijos míos
dice.
—La reunión familiar ha comenzado.