En Valdoria, donde la mafia controla cada sombra de la ciudad, dos almas rotas se cruza sin saber que sus pasados están unidos por sangre, traición y secretos enterrados.
lo que empieza como desconfianza se convierte en un vínculo imposible de romper.... incluso cuando la verdad amenaza con destruirlo todo.
NovelToon tiene autorización de Ailed Dayana Araujo Medrano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Una mano extendida
Después de aquella noche en el jardín, las cosas continuaron cambiando entre ellos.
De forma lenta.
Casi imperceptible.
Pero cambiaban.
Alex ya no sentía la necesidad de discutir cada vez que Ian entraba en una habitación. Bueno, no siempre. E Ian había dejado de responder a todas sus provocaciones. Bueno, no a todas.
Seguían siendo ellos.
Simplemente parecían estar encontrando un equilibrio.
Uno extraño.
Pero suyo.
Por eso, cuando Ian le informó que tendría que acompañarlo a una reunión en el centro de Valdoria, Alex no protestó demasiado.
Solo un poco.
—¿Por qué tengo que ir?
—Porque no vas a quedarte solo.
—Podría quedarme con Elena.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Elena te ayudaría a escapar.
—Eso es justo.
—Y exactamente por eso no.
Alex resopló.
Ian fingió no verlo.
Media hora después estaban recorriendo las calles del centro de la ciudad.
El día era agradable. Había gente caminando por las aceras, vendedores en las plazas y el habitual movimiento de Valdoria.
Alex aprovechó para observar todo con curiosidad.
Después de tantos días en la mansión, simplemente estar fuera resultaba agradable.
Mientras Ian atendía algunos asuntos, Alex se quedó observando los escaparates de varias tiendas cercanas.
Y fue precisamente allí donde ocurrió el problema.
Porque mientras caminaba distraído, no vio una pequeña escalera de mantenimiento colocada junto a una fachada.
Su pie golpeó uno de los escalones.
Y perdió el equilibrio.
—¡Maldición!
Intentó recuperarse.
No funcionó.
Durante un instante estuvo completamente seguro de que iba a terminar en el suelo frente a media ciudad.
Lo que habría sido humillante.
Muchísimo.
Sin embargo, antes de que pudiera caer, alguien sujetó su brazo.
Con firmeza.
Alex levantó la vista.
Ian.
Por supuesto.
—Impresionante.
—Cállate.
—¿Ni cinco minutos solo?
—No me caí.
—Estabas a punto de hacerlo.
—Detalles.
Ian soltó un suspiro.
Pero no lo soltó inmediatamente.
Y fue entonces cuando ambos se dieron cuenta.
Alex seguía sujetado por Ian.
Demasiado cerca.
Durante un segundo ninguno se movió.
Luego Alex intentó recuperar el equilibrio por su cuenta.
Y eso solo empeoró las cosas.
Porque volvió a tambalearse.
—En serio, eres un peligro para ti mismo.
—No necesito comentarios en este momento.
Ian negó con la cabeza.
Y entonces hizo algo inesperado.
Extendió la mano hacia él.
Simplemente eso.
Una mano.
Un gesto sencillo.
Normal.
Pero por alguna razón Alex se quedó mirándola.
Quizás porque nadie había hecho algo así por él en mucho tiempo.
Quizás porque estaba acostumbrado a arreglárselas solo.
Quizás porque aceptar ayuda nunca le había resultado fácil.
Ian mantuvo la mano extendida.
Sin presionarlo.
Sin decir nada.
Esperando.
—No voy a dejarte caer —dijo finalmente.
Aquellas palabras parecieron golpear algo dentro de Alex.
Algo antiguo.
Algo que llevaba años protegiendo.
Dudó.
Solo unos segundos.
Después respiró profundamente.
Y aceptó.
Tomó la mano de Ian.
El contacto fue breve.
Nada extraordinario.
Nada que debería haber importado tanto.
Sin embargo, durante aquel instante ambos sintieron algo extraño.
Algo difícil de explicar.
La mano de Ian era cálida.
Segura.
Firme.
Y cuando Alex terminó de recuperar el equilibrio, ninguno soltó inmediatamente.
Solo un segundo más.
Quizás dos.
Luego ambos reaccionaron al mismo tiempo.
Alex apartó la mano.
Ian dio un paso atrás.
Y la conversación continuó como si nada hubiera ocurrido.
O al menos eso intentaron.
Porque durante el resto del camino ninguno pareció completamente concentrado.
Alex fingía observar la ciudad.
Ian fingía prestar atención a los asuntos pendientes.
Pero sus pensamientos regresaban constantemente al mismo momento.
A aquel simple gesto.
A aquella mano extendida.
A la forma en que el otro había respondido.
Cuando finalmente regresaron a la mansión, cada uno se dirigió a una parte diferente de la casa.
Sin hablar demasiado.
Sin mencionar lo ocurrido.
Sin embargo, aquella noche, mientras intentaban dormir, descubrieron el mismo problema.
El momento apenas había durado unos segundos.
Y aun así ninguno lograba olvidarlo.