A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
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El departamento 3B
La puerta se abrió con un chirrido que pareció desgarrar el silencio del pasillo.
El aire que salió del interior era denso, pesado, con un olor que me golpeó la cara como una bofetada. No era el olor a polvo o a humedad que esperaba de un departamento abandonado. Era algo más profundo, más podrido. Un olor dulzón y metálico que se pegaba a la garganta y hacía que el estómago se revolviera.
Entré con paso cauteloso, Sofía pegada a mi espalda. La luz tenue del pasillo se derramaba por la entrada, revelando montones y montones de cajas apiladas hasta el techo. Cajas de cartón marrón, algunas abiertas, otras selladas con cinta adhesiva. El olor era más fuerte aquí, como si hubiera estado encerrado durante meses.
—Me lo esperaba mejor —dije, intentando sonar valiente, aunque mi voz temblaba apenas—. Pensé que habría... no sé, algo más.
Sofía no respondió. Su mano apretaba mi brazo con fuerza mientras avanzábamos entre las cajas. El piso crujía bajo nuestros pies, y cada crujido era un latido en mi pecho.
No había muebles. No había cuadros, ni cortinas, ni señales de vida. Solo cajas. Algunas estaban rotas, y al asomarme, vi ropa vieja, libros húmedos, objetos rotos. Como si alguien hubiera vaciado una casa entera y la hubiera arrojado aquí sin orden ni concierto.
Avanzamos hasta el centro del departamento. La luz del pasillo apenas llegaba, y el resto estaba sumido en una penumbra grisácea. Cuando estábamos a medio camino, un golpe de aire cerró la puerta detrás de nosotras con un portazo seco.
—¡AH! —grité, saltando.
—¡VAL! —gritó Sofía, abrazándome.
Y luego, las dos nos reímos. Una risa nerviosa, histérica, casi dolorosa. Porque si no reíamos, tendríamos que llorar, y llorar no era una opción ahora.
—Es solo el aire —dijo Sofía, sin soltarme.
—Sí, claro —respondí, sintiendo mi corazón latir en la garganta—. Solo el aire.
Seguimos avanzando. El olor se hacía más intenso a medida que nos adentrábamos, y comencé a notar que había manchas oscuras en el piso. Manchas que no eran de humedad. Mi estómago dio un vuelco, pero seguí caminando.
Llegué a la esquina opuesta, donde las cajas estaban apiladas de forma más desordenada. Allí, el olor era casi insoportable. Tapé mi nariz y boca con el brazo, y con la punta del pie, aparté algunas cajas que bloqueaban el paso.
Lo que vi me heló la sangre.
Restos. Pedazos de algo que alguna vez había sido humano. Una mano, pálida y rígida. Fragmentos de hueso. Manchas de sangre seca, oscura y pegajosa, que se extendían por el suelo como un mapa de horror.
Me cubrí la boca con ambas manos, sintiendo que el vómito subía por mi garganta. Era asqueroso. Era terrible. Saber que alguien había estado haciendo eso aquí, en mi edificio, a unos pasos de mi departamento.
—Oh, Dios... —susurró Sofía detrás de mí, y su voz era un hilo.
Las dos nos miramos. En sus ojos vi el mismo horror que sentía en mi pecho, el mismo pánico que comenzaba a trepar por mi espalda.
—Debemos irnos —dije, apenas un susurro—. Antes de que alguien sepa que descubrimos algo.
Nos dimos la vuelta, apresurando el paso entre las cajas. Pero antes de llegar al recibidor, un sonido nos detuvo en seco.
Pasos.
Alguien caminaba por el pasillo. Lentos, pesados, acercándose a la puerta del 3B.
El pánico me golpeó como una ola. Sofía me agarró del brazo, sus dedos clavándose en mi piel.
—No hay lugar para esconderse —dijo, su voz temblorosa.
Pero yo ya había visto algo en la oscuridad del departamento. Una puerta pequeña, casi oculta detrás de una pila de cajas, que daba a la terraza.
—Sígueme —susurré, tirando de ella.
Corrimos hacia esa puerta, apartando cajas con las manos, sin importar el ruido. La abrí con un tirón y salimos al aire frío de la noche. Cerré la puerta detrás de nosotras y corrí las cortinas que colgaban del marco, ocultándonos.
Nos quedamos pegadas a la pared, conteniendo la respiración. La terraza era idéntica a la de mi departamento: pequeña, con una barandilla de hierro forjado y una vista a la ciudad. Pero ahora, todo lo que veía era la puerta, esperando que se abriera.
Pasos. Dentro del departamento. Alguien había entrado.
A través de la cortina entreabierta, vi una silueta. Una figura alta, vestida con un traje negro, con un cubrebocas que ocultaba su rostro. Caminaba con seguridad, como si conociera el lugar, como si hubiera estado allí cien veces.
Traía consigo un saco. Grande, pesado, que arrastraba ligeramente por el suelo. Cuando llegó a la esquina donde habíamos visto los restos, se agachó y comenzó a vaciar el contenido del saco.
Más piezas. Más partes. El aire se volvió irrespirable, y Sofía apretó mi mano con tanta fuerza que casi sentí quebrarse mis huesos.
La figura trabajó en silencio durante lo que pareció una eternidad. Luego, se levantó, dejó el saco vacío en el suelo, y caminó de vuelta hacia la puerta.
Antes de salir, giró la llave en la cerradura.
Click.
La puerta se cerró. Los pasos se alejaron por el pasillo. Y nosotras nos quedamos allí, temblando, sin atrevernos a respirar.
—¿Cómo saldremos ahora? —susurré, mi voz apenas un hilo.
Sofía miró hacia la barandilla. Luego hacia mi terraza, a unos dos metros de distancia.
—Quizás podemos cruzar a tu terraza desde aquí —dijo, señalando el espacio entre ambas.
Miré el vacío. Dos metros. No era mucho, pero la altura era vertiginosa. Una caída desde el tercer piso significaba la muerte, o algo peor.
—Hagámoslo —dije, sin pensarlo dos veces.
Pasé primero. Respiré hondo, me subí a la barandilla con las manos temblorosas, y salté. El aire me golpeó el rostro, el corazón se me subió a la garganta, y luego mis pies tocaron el mármol frío de mi propia terraza.
—¡Saltá! —le susurré a Sofía, extendiendo la mano.
Ella dudó un segundo, y luego saltó. Sus dedos rozaron los míos, y la agarré del brazo justo cuando sus pies tocaban el borde. La ayudé a subir, y caímos las dos al suelo de la terraza, jadeando, abrazadas, sintiendo el latido del otro como un salvavidas.
Cuando pisé el suelo de mármol de mi terraza, sentí que ya estaba a salvo. Pero supe, en el fondo de mi corazón, que la cosa no acabaría ahí.
—Mañana iré a la policía de nuevo —dije, mi voz firme—. Debo reportar esto.
Sofía asintió, aún temblando.
—Pero... —comencé, y la imagen de la silueta negra volvió a mi mente—. Nunca pude distinguir a la persona que entró al departamento. No era una chica, eso lo sé. Pero podría haber sido cualquiera de los tres.
—El vagabundo —dijo Sofía, contando con los dedos—. El vecino de al lado. O el señor de la tienda de abajo.
—Cualquiera de ellos —respondí, sintiendo que el miedo se instalaba de nuevo en mi pecho—. Y mañana, tendré que enfrentarlos a todos.