Lucia despierta después de una noche de borrachera, dándose cuenta que estaba en la casa de su jefe, Mateo Alcázar, y que había pasado una noche de pasión.
Mateo, a consecuencia de esto, promete hacerse responsable, pero Lucía lo rechaza. Aunque eso no significa que sea el final, ya qué, con la presencia de su ex novio, quien intenta agredirla, Lucía finalmente acepta el matrimonio con Mateo, iniciando así, una relación en donde no existe amor, pero hay una evidente atracción entre ambos.
¿Podrá prosperas el amor, en este matrimonio que empezó como una necesidad de protección?
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Capítulo 20
Lucía fue al baño para lavarse la cara y volver con la cabeza en su lugar.
No volvió con nada en su lugar.
Abrió el placard del baño.
Nada.
Revisó el neceser.
Tampoco.
Cerró los ojos.
—No puede ser.
Mateo golpeó la puerta.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Otra mentira.
Lucía abrió apenas.
—Me vino.
Mateo tardó dos segundos en entender.
—Ah.
—Muy brillante tu lista de valijas.
—No estaba.
—Se nota.
Él se enderezó.
—Voy a comprar.
—No hace falta. Llamo a recepción.
—Voy yo.
—Mateo, estás en Corea, no hablás coreano y son casi las doce.
—Blanca me manda dirección.
—No.
—Sí.
Se puso el abrigo arriba de la ropa de dormir y salió antes de que ella encontrara un argumento mejor.
Lucía se quedó en la puerta del baño, entre avergonzada y furiosa.
Diez minutos después, volvió con el pelo mojado de nieve, la nariz roja y una bolsa negra en la mano.
Traía de todo.
Demasiado.
Toallitas, tampones, analgésicos, chocolate, una botella de agua, una infusión de jengibre y algo que parecía sopa instantánea.
Lucía miró la bolsa.
—¿Compraste el local?
—No sabía cuál.
—Entonces compraste todos.
—Sí.
Ella le sacó la bolsa, pero al ver sus dedos colorados se olvidó de la vergüenza.
—Estás congelado.
—No.
—Dame las manos.
Mateo obedeció.
Lucía se las frotó entre las suyas, les sopló calor y después le tocó la cara para sacarle las gotas de nieve de las pestañas.
—Sos un animal. ¿Cómo salís así?
—Era cerca.
—No conocés cerca.
Él bajó un poco la cabeza para que ella llegara mejor.
El gesto la desarmó.
—Andá a ducharte con agua caliente —dijo.
—Primero vos.
—Mateo.
—Lucía.
—No me imites.
—Entonces entrá.
Entró.
Cuando volvió, él ya había pedido una jarra de agua caliente y una manta extra. La bolsa estaba ordenada sobre el mármol, como si aquello también formara parte de un operativo corporativo.
—No me duele —dijo ella.
—Por si duele.
—No siempre es drama.
—Por si.
No discutió más.
Esa noche durmieron tiesos al principio, cada uno de su lado, demasiado conscientes del otro. Después el cansancio hizo lo suyo.
A la mañana siguiente, Lucía despertó abrazada a Mateo.
No cerca.
Abrazada.
Una pierna sobre su cadera, una mano en su pecho, la cara escondida en su cuello. Él estaba despierto, mirando el techo con una paciencia peligrosa.
—¿Desde cuándo estás despierto?
—Un rato.
—¿Y no me sacaste?
—No molestabas.
Lucía intentó correrse. Mateo no la retuvo, pero su mano seguía en su cintura.
—Tu concepto de distancia es raro.
—Dormida sos vos.
—Qué frase de abogado.
El celu vibró en la mesa de luz.
Lucía lo agarró medio dormida y atendió sin mirar.
—Hola...
Silencio.
Miró la pantalla.
No era su celu.
Decía: Papá.
Se lo pasó a Mateo como si quemara.
—Creo que atendí a tu padre.
Mateo aceptó el teléfono.
—Papá.
Del otro lado cortaron.
Mateo miró la pantalla. Después a Lucía.
—Ya sabe que estás viva.
—Tu familia tiene métodos raros.
—Sí.
—¿Qué va a pensar?
—Que dormimos.
—Mateo.
—Estamos en la cama.
—No ayudes.
Desayunaron en la suite. Café, tostadas, fruta, leche caliente. Mateo comió rápido. Lucía, todavía en modo viaje, tardó el doble.
A las once y media salieron hacia la casa de Clara.
Antes de subir al auto, Mateo desapareció cinco minutos. Volvió con otra bolsa.
Lucía la abrió.
Una bolsa de agua caliente de farmacia.
—Ya compraste anoche.
—Es para el hotel.
—¿Quién te informó?
—Blanca.
—Voy a tener que hablar con Blanca.
—No.
—Sí.
Mateo le abrió la puerta del auto.
—Usala si te duele.
—No me duele.
—Por si.
Lucía lo miró.
—Sos insoportable.
—Sí.
La guardó en la cartera igual, más para que él dejara de mirarla que por necesidad.
Mateo manejó sin perderse. Eso le molestó otra vez.
—¿Ya conocías este barrio?
—No.
—Entonces, ¿cómo manejás como si fueras vecino?
—Estudié el mapa.
—¿Para ir a ver a mi mamá?
—Sí.
Lucía miró por la ventanilla para que no se le notara la cara.
Clara vivía en una casa baja dentro de una zona tranquila, con patio interno y un taller lleno de luz. Había comprado ese lugar después de años de trabajo, cursos, encargos y una obstinación feroz por no depender de nadie.
Cuando el auto frenó, Lucía abrió la puerta antes de que Mateo pudiera hacerlo.
—¡Clara!
—Seguís entrando como si tuvieras diez años —dijo una voz desde el patio.
Clara apareció con un abrigo largo, el pelo recogido y esa elegancia relajada que a Lucía siempre le había parecido inalcanzable.
Lucía la abrazó fuerte.
—Te extrañé.
—Yo también, loca.
Después Clara miró por encima de su hombro.
Mateo estaba de pie junto al auto, con la cartera de Lucía en una mano y una bolsa de abrigo en la otra.
No parecía jefe.
Tampoco parecía invitado.
Parecía un hombre intentando entrar bien en la casa de la madre de su esposa.
Clara sonrió.
—Mateo.
Él se acercó.
—Mamá.
Lucía cerró los ojos.
—Arranca fuerte.
Clara le tomó las manos a Mateo.
—Entren. Tengo comida y preguntas.
—Lo sabía —murmuró Lucía.
Mateo le tocó apenas la espalda.
—Yo manejo las preguntas.
—No conocés a mi mamá.
—Aprendo rápido.
Clara los hizo pasar al comedor. Sobre la mesa había comida suficiente para seis personas, té caliente y una carpeta de fotos viejas que Lucía reconoció de inmediato.
—No —dijo Lucía.
—Sí —dijo Clara.
Mateo miró la carpeta.
—Fotos.
—De cuando tu esposa era un peligro con flequillo.
—Mamá.
—¿Qué? Tiene derecho a saber.
Mateo se sentó.
—Quiero saber.
Lucía se quedó parada, traicionada por los dos.
Clara abrió la primera página.
—Antes de que me expliquen cómo se casaron sin avisar, vamos a empezar por lo importante.
Mateo miró una foto de Lucía a los trece años, con marcador en la nariz y una sonrisa enorme.
—Era igual.
Lucía se sentó a su lado.
—Una palabra más y vuelvo sola al hotel.
Mateo pasó la página con cuidado.
—No.
—¿No qué?
—No volvés sola.
Clara levantó la taza, mirando a su hija por encima del borde.
—Bueno. Por lo menos eso lo tiene claro.
metiche la envidia ella siempre odiaba a Lucia por qué se casó con Mateo 😂😂😂💕