La vida de Elif se vio trágica cuando el hombre más poderoso del pueblo la obligó a contraer matrimonio. Pero resultaba que era un hombre que cuatriplicaba en edad, por lo que en la consumación, murió de un infarto, quedando ella como heredera de toda esa fortuna.
Elif creyó que todo terminaba ahí, no obstante, aparecieron los familiares de aquel hombre, y la obligaron a contraer matrimonio con el nieto de su difunto esposo, un joven de 23 años, que la odiaba y despreciaba con cada segundo de su vida, por haberse quedado con todo lo que les pertenecía.
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11
Con la llegada de la familia de Burak, Elif supo que su vida se volvería un infierno. Se encontraba en lo alto de las gradas observando el ingreso de aquellas personas y la negación de Burak a que se quedaran ahí.
—Es que no pueden quedarse aquí —se negaba a seguir viviendo con ellos.
—Cariño, no pensarás dejar viviendo a tu madre en la calle, ¿o sí?
Burak apretó los labios, se dio la vuelta y posó la mirada en lo alto de las gradas donde se encontraba aquella joven.
—Somos tu familia, así que tu deber es acogernos —comentó su hermana.
—No tenemos que pedir permiso para quedarnos. Esta casa era de mi padre, por lo tanto puedo quedarme el tiempo que quiera —Cem pasó y, con un movimiento de manos, indicó a los empleados que subieran sus equipajes.
Burak suspiró frustrado. Sabía que, con la llegada de sus padres a esa casa, debía sí o sí acercarse a Elif, y eso era algo que le repugnaba hacer.
Tenía un conflicto dentro de su cabeza. No se veía besando los mismos labios que su abuelo besó, ni tocando la misma piel que él tocó. Eso le parecía repugnante. No por Elif, ya que la joven le parecía hermosa y quizás, si no hubiera sido primero de su abuelo, no se le haría difícil acercarse. Pero esa mujer se casó y se acostó con Ahmet Demir, y por medio de eso logró quedarse con toda la fortuna.
Mientras su familia se instalaba, Burak salió de casa. Pasó por enfrente de un bar. Sus manos y pies picaban por bajar e ingresar, pero recordó el consejo de su profesor y desistió.
En cuanto a Elif, llamó al abogado. Las llamadas de la joven siempre eran recibidas de inmediato.
—Todos… todos se mudaron a esta casa —la escuchó alterada y le pidió que se calmara.
—¿Quiénes son todos? —lo intuía, pero quería que Elif se lo confirmara.
—Los Demir.
Alper se sintió frustrado por lo que escuchaba, pero trató de que la joven se relajara y no se preocupara por nada.
¿Y cómo no iba a preocuparse si toda esa familia se mudó a aquella casa? Ya de por sí la actitud de Burak la tenía aterrada; peor sería ahora que todos ellos llegaron.
Y Elif no se equivocó. Su vida se convirtió en un infierno. Apenas habían pasado dos días desde que ellos llegaron a aquella casa, y Selin se había encargado de hacer sus días grises.
—Papá quiere saber por qué no has ido a la universidad.
—No quiero estudiar…
—Eso sí que nadie te lo cree, Elif. Dime, ¿ellos te están obligando a abandonar el estudio?
¿Qué pasaba si les decía que sí? ¿Podrían ayudarla? Nadie podría ayudarla. La única forma de liberarse era entregándole todo a los Demir y no seguir peleando por un dinero que no era suyo. Pero no podía hacer eso. Había cláusulas en ese testamento que no podían realizarse. Si ella renunciaba a la fortuna, esa familia la iba a buscar y la iba a destruir por haberlos dejado sin ningún centavo.
Cuando Elif levantó la mirada y en lo alto de la mansión vio a su esposo, se tensó. Melisa miró en dirección a Burak, vio el cambio de rostro en Elif y comprendió lo que pasaba: esa joven estaba aterrada con la presencia de esas personas. Saliendo de ahí, hablaría con su padre para buscar una solución y sacar a Elif de esa casa.
El abogado Alper se encontraba a las afueras de la ciudad. Bajó del coche y se adentró en uno de los manicomios. Cuando se paró frente a la mujer que se encontraba tendida en la cama, musitó:
—Todo lo que te robaron le será devuelto a tu hija —le acarició el rostro y dio un beso en la frente—. Tuvieron que pasar años para que lo tuyo fuera devuelto a tu sangre. Meltem, espero me quede vida suficiente para verte volver. Y si para cuando ese día llegue no estoy, mi sucesor estará ahí para apoyarte, a ti y a tu hija —le dio un beso en la mano y limpió sus mejillas.
Le dolía tanto ver aquella mujer así.
Hace años atrás, Meltem se quedó huérfana. La joven estaba devastada y, de todas las personas que pertenecían al círculo de sus padres, decidió confiar en el mejor amigo de este, el cual era Ahmet Demir.
Ahmet le ofreció su apoyo incondicional y se encargó de los negocios. Al estar la joven devastada y sin tener ningún conocimiento de todos los negocios de su padre, Ahmet se aprovechó y le arrebató todo, incluso a su hija y al gran amor de su vida.
Primero le arrebató la vida a su novio, obligando a Meltem a vivir en el dolor y la desdicha. Pero cuando supo que estaba embarazada, que dentro de ella crecía el fruto de su gran amor, recobró las ganas de vivir. Sin embargo, el día de su parto su hija le fue arrebatada y ella fue encerrada en un manicomio, en el cual había permanecido desde entonces.
Aunque el hijo del abogado de su padre, el cual era el abogado Alper, intentó ayudarla, no pudo. Para cuando descubrió dónde la tenían ya era demasiado tarde: la droga que le daban había acabado con la conciencia de Meltem.
Al saber que no podía ayudarla, decidió convertirse en el abogado fiel de Ahmet Demir, y así encontrar a la hija de Meltem, sobre todo lograr que la fortuna regresara a las manos de quien lo merecía.
Ahmet confiaba ciegamente en él. Todo documento que le hacía firmar no necesitaba pasar revisión. Entonces fue ahí donde Alper ideó un plan para que Elif obtuviera de vuelta lo que le pertenecía.
Al día siguiente, Elif llamó al abogado, pero este jamás contestó. A Elif se le fue la vida cuando el abogado Alper no respondió nunca más sus llamadas, y todo se debía a que había muerto.
Los hijos del abogado quedaron devastados. Al igual que ellos, Elif sufría con la partida del abogado. Él, junto a su hija, eran las únicas personas que estaban pendientes de ella, la visitaban y la protegían. El único a quien podía llamar y contarle el terror que le provocaba Cem Demir.
Ahora que él había muerto, no tenía apoyo ni consejero. Se había quedado sola en medio de tantas víboras que querían exprimirla.
Burak se encontraba parado detrás del grande ventanal, las manos guardadas en los bolsillos del pantalón, observando fijamente cómo el agua caía sobre el césped. En un movimiento ligero, giró el rostro a su derecha y preguntó:
—No tuviste nada que ver en esto, ¿verdad?
Cem inhaló del tabaco, soltó el humo y refutó:
—¿Por qué lo haría? ¿Acaso no has escuchado las noticias? Murió en un trágico accidente. Es una pena que hayamos perdido a tan gran persona y majestuoso abogado —se levantó del asiento y palmó el hombro de su hijo—. Es tiempo de empezar a trabajar. Sin abogado, sin apoyo, se sentirá acorralada. Así que estamos muy cerca de conseguir nuestro propósito.
Elif intentó salir a despedir al abogado y apoyar a Melisa; sin embargo, Reyhan, madre de Burak, no la dejó salir.
—Déjala en paz —dijo Cem saliendo del despacho—. Ella no es ninguna prisionera. Puede salir cuando quiera.
Reyhan temía que se escapara. Incluso Cem lo temía, por eso decidió que Burak la acompañara.
—Irá con su esposo —le echó una mirada a su hijo.