Valeria es una abogada, cuya carrera va en ascenso. Pero, en la vida personal, ella es la esposa secreta del heredero Alcázar, Sebastian Alcázar.
Durante tres años, ella ha vivido en el anonimato, mientras que su esposo, Sebastian, se pasea con Lina, una amiga de la familia, con quien todos especulan tiene una relación amorosa.
Valeria, ante tanta indiferencia por largos años, decide que ya fue suficiente, así que le pide el divorcio a Sebastian, quien solo se lo toma como un berrinche de Valeria, sin imaginar, que es él mismo quien la empuja cada día mas, a que ella tenga una decision mas firme de dejarlo.
En medio de todo este proceso, Mateo Del Río, un compañero de la universidad, regresa a la vida de Valeria, y a diferencia de Sebastian, Mateo siempre esta cuando lo necesita, la apoya, le da comprensión, seguridad, y respeto.
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Capítulo 20
Capítulo 20
El comunicado no salió.
Renata lo detuvo.
No sé cómo convenció a Sebastián, si con presión, con enfermedad o con esa manera suya de convertir cualquier desacuerdo en traición familiar.
Solo sé que al mediodía, Víctor me llamó desde otro número.
—Señora, lo siento. El comunicado quedó pausado.
—No me sorprende.
—El señor Alcázar quería...
—Víctor.
—Sí.
—No me expliques lo que quiso hacer. Ya conozco demasiado bien la distancia entre lo que quiere y lo que hace.
Colgué.
Ese día tenía comida con Julia, Alan y Mateo en Lirio. Julia dijo que necesitábamos "normalidad con testigos", lo que en su idioma significaba que quería vigilarme y comer gratis.
Mateo cocinó.
Eso no lo esperaba.
Abrió la puerta con camisa remangada y olor a ajo, mantequilla y chile seco saliendo desde la cocina.
—¿Tú cocinas? —preguntó Julia, encantada.
Alan la jaló de la cintura.
—Yo también cocino.
—Tú haces sincronizadas quemadas.
Mateo me dio las pantuflas azules sin decir nada.
Julia lo vio.
Alan también.
Yo fingí no notar sus caras.
Comimos pasta con camarones.
Me quedé mirando el plato.
Mateo se dio cuenta.
—¿Eres alérgica?
—No. Me encantan.
—Entonces come.
La frase era simple.
Pero nadie me había dicho eso en mucho tiempo.
Come lo que te gusta.
No lo que Sebastián puede comer.
No lo que no incomode a su familia.
No lo que parezca correcto.
Comí.
Julia me vio y sonrió sin burlarse.
Después de la comida, Alan y Mateo hablaron de viejos amigos. Salió el nombre de Sebastián, inevitablemente.
—¿Sigues peleado con él? —preguntó Alan.
Mateo limpió una copa con calma.
—No peleo con gente que no me importa.
Alan soltó un silbido.
—Eso dolió hasta acá.
—Preguntaste.
Julia me miró de reojo, fascinada.
Mateo cambió de tema.
Pero yo me quedé con esa frase.
Con Sebastián todo era ruido, deuda, historia.
Con Mateo, el silencio también podía cortar.
Más tarde, cuando Julia y Alan se fueron, me quedé ayudando a recoger. Mateo intentó quitarme los platos.
—Invitada no lava.
—Vecina sí.
—Abogada negociando.
—Exacto.
Lavamos juntos.
Sin música.
Sin prisa.
En algún momento, nuestras manos se tocaron bajo el agua.
Aparté la mía.
Mateo también.
—Perdón —dijimos al mismo tiempo.
Nos reímos.
La risa se apagó rápido.
No por incomodidad.
Por conciencia.
Yo seguía casada.
Él lo sabía.
Yo también.
—Valeria —dijo.
—No digas nada.
Mateo dejó el plato en el escurridor.
—Está bien.
—No sé qué estoy haciendo.
—No tienes que saberlo hoy.
Quise agradecerle.
No me salió.
Mi celular vibró.
Un correo.
De Sebastián.
Asunto: Hablemos de nuestro matrimonio.
No lo abrí.
Mateo lo vio, pero no leyó.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó, en su propia casa.
—No.
—¿Quieres irte tú?
Miré la puerta.
Después miré mis manos mojadas, el plato limpio, la cocina ordenada, el hombre que no me empujaba a decidir nada.
—Todavía no.
Mateo asintió.
—Entonces terminemos de lavar.
Eso hicimos.
No fue romántico.
No fue dramático.
Fue apenas una tarde donde nadie me exigió demostrar amor aguantando dolor.
Cuando volví a mi departamento, abrí el correo de Sebastián.
Decía:
Valeria, volvamos a empezar.
Lo leí sin llorar.
Luego abrí un documento nuevo.
Escribí:
Solicitud de divorcio.
Y por primera vez desde el aniversario, sentí que el siguiente paso no era una amenaza.
Era una salida.
No lo envié esa noche.
Tampoco era impulso. Justamente por eso lo dejé abierto, con el cursor parpadeando después del título.
Solicitud de divorcio.
Dos palabras capaces de cambiarlo todo.
Me levanté, serví agua y volví a sentarme.
Pensé en la primera vez que Sebastián me pidió volver. Estábamos afuera de mi facultad, él con ojeras y una bolsa de tacos. Me dijo que su vida se sentía mal acomodada sin mí. Yo le creí porque quería creerle.
Pensé en la boda que no tuvimos.
En el vestido que nunca escogí.
En las fotos que no existen.
En mi nombre escondido como si fuera un error contable.
El celular vibró.
Mateo: ¿Todo bien?
No sé cómo supo que no.
Quizá no lo supo. Quizá solo preguntó.
Valeria: Estoy escribiendo algo difícil.
Mateo: Tómate tu tiempo.
Valeria: ¿Y si me arrepiento?
Mateo: Entonces que sea una decisión, no miedo.
Leí la frase varias veces.
No era un empujón.
Era una lámpara pequeña.
Volví al documento.
Empecé a escribir los datos legales.
Mi nombre.
El de Sebastián.
La fecha del matrimonio.
El domicilio.
Cada línea parecía arrancar una puntada vieja.
Dolía.
Pero al menos ya sabía de dónde venía la sangre.
A medianoche guardé el archivo.
No se lo mandé a Julia.
No se lo mandé a Sebastián.
Lo dejé en el escritorio con un nombre simple:
Divorcio_Alcázar_Herrera_borrador.docx
Después me quité la ropa, me puse una camiseta grande y abrí la ventana.
Del otro lado de la pared no se escuchaba nada.
Aun así, no me sentí sola.
Antes de dormir, Sebastián mandó otro correo.
No lo abrí.
Había cosas que podían esperar.
Yo ya había esperado suficiente.
En el 1501, Mateo no durmió tampoco.
No por mí, se dijo.
Mentira.
Abrió el archivo de la novela que estábamos adaptando y revisó la escena donde la protagonista decide irse. Mis comentarios estaban al margen, secos, precisos, casi legales.
"No justificarlo aquí."
"Ella no debe consolarlo."
"Que el silencio sea respuesta."
Mateo pasó el cursor por esas notas.
Después abrió una carpeta privada.
Fotos de flores enviadas durante años.
Bocetos de portadas.
Una servilleta vieja, escaneada, con el dibujo de una chica sentada en una biblioteca.
La primera vez que la dibujó.
Cerró la carpeta.
—No corras —se dijo.
Había esperado años.
Podía esperar a que ella eligiera salir por la puerta correcta.
En mi departamento, yo dormí con el archivo guardado y la computadora cerrada.
No soñé con Sebastián.
Tampoco con Mateo.
Soñé con una puerta blanca, una llave sobre la mesa y mis propias manos tomándola.
Cuando desperté, no sabía qué puerta era.
Pero la llave era mía.
La mañana entró clara por la ventana.
Me preparé café, abrí el archivo y lo leí desde el principio.
No temblé tanto como esperaba.
Eso me dio más miedo que el temblor.
A las nueve, Julia llamó.
—¿Lista para trabajar?
Miré el documento.
—Sí.
—¿Trabajo de despacho o trabajo de vida?
Respiré.
—Los dos.
Julia guardó silencio un segundo.
—Voy para allá.