Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 20
Capítulo 20
Lola estaba corrigiendo cuadernos cuando una mujer corpulenta entró a la oficina como una tormenta.
—¿Lola Quintana? ¿Dónde está Lola Quintana?
Todas las docentes dejaron de trabajar.
Lola levantó la cabeza.
La mujer la vio y fue directo hacia ella.
—¡Basura!
La mano bajó hacia su cara.
Lola le agarró la muñeca a tiempo.
—Señora Ferreyra, ¿qué le pasa?
—¿Qué me pasa? Te confié a mi hijo. Te llevé regalos para que no lo trataras mal. ¿Y vos? Recibís todo con una sonrisa y después lo maltratás.
Lola frunció el ceño.
—¿Qué regalos? ¿Cuándo maltraté a Benja?
—No te hagas. Para el Día de la Patria te regalé un celular. Para el Día del Maestro, una línea de cremas. Para Año Nuevo, maquillaje caro.
Las otras docentes empezaron a mirarla raro.
—No recibí nada de eso.
—Claro. Ahora negalo. Total, también negás haber lastimado a mi hijo.
La jefa de área llegó por los gritos.
—¿Qué pasa acá?
La señora Ferreyra se le colgó del brazo.
—Vengo a denunciar a Lola Quintana. Recibe regalos de familias y golpea chicos. Una persona así no puede estar en un aula.
—¿Qué?
La mujer fue hasta la puerta, arrastró a Benja hacia adentro y le subió las mangas.
Los brazos del nene estaban llenos de moretones.
La oficina quedó helada.
Lola también.
Esas marcas no parecían de pelea entre chicos.
Parecían dedos adultos.
—Yo no hice eso.
—Mi hijo lo dijo.
—¿Benja dijo que yo lo lastimé?
—Decilo —ordenó la mujer.
Benja miró el piso.
—¿Benja?
La voz de su madre se endureció.
El nene tembló y asintió apenas.
La jefa de área miró a Lola con la cara cerrada.
—Necesito una explicación.
—Yo también.
Lola se agachó frente al chico.
—Benja, mirame. Decime la verdad. ¿Quién te hizo esto?
El nene levantó los ojos hacia su madre y volvió a bajarlos.
La señora Ferreyra empujó a Lola.
—¿Lo estás amenazando delante de todos?
Benja se sobresaltó y se escondió detrás de Lola.
Ese gesto dijo demasiado.
Lola le acarició la cabeza.
—¿Ven su reacción? Si yo lo hubiera lastimado, no se escondería detrás de mí.
Miró a la mujer.
—No recibí sus regalos. No toqué a su hijo. No sé por qué vino a ensuciarme, pero si quiere llevar esto a supervisión, hágalo.
Sacó el celular.
—Yo voy a llamar a la policía.
La jefa de área la frenó.
—No conviene agrandar esto. La reputación de la escuela...
—¿Y mi reputación?
—Lola, no seas así. Digamos que te creo.
Lola la miró.
—Qué sacrificio.
Marcó.
—Hola. Quiero hacer una denuncia.
La policía llegó rápido.
La señora Ferreyra repitió sus acusaciones, pero no tenía pruebas. Ni recibos, ni transferencias, ni testigos.
Lola pidió que constara la calumnia y el daño a su nombre.
—También dijo que me dio regalos caros. Si los compró, que muestre comprobantes.
—Pagué en efectivo —dijo la mujer.
—Entonces tampoco hay facturas.
—No.
—Entiendo.
Lola giró hacia las docentes.
—Entonces yo también puedo contar una historia. La señora Ferreyra apostó hasta fundir a su familia. Su marido está enfermo y no pueden pagar tratamiento. En ese momento, alguien le ofreció plata por venir a embarrar a una maestra joven, linda, amable y honesta.
Una maestra tosió.
La señora Ferreyra gritó:
—¡Eso es mentira! ¡Me estás difamando!
La policía la frenó cuando quiso abalanzarse.
—Mire cómo se pone cuando le tocan el nombre —dijo Lola—. Ahora entiende.
—Lo mío es verdad. Lo tuyo es invento.
—Entonces denunciémonos las dos.
El policía, cansado, dijo:
—Si no tienen pruebas, va a terminar en disputa de dichos.
—Perfecto —dijo Lola—. Conozco a un abogado de la Facultad de Derecho. No pierde casos.
La señora Ferreyra palideció apenas.
Lola salió a llamar a Quiroga.
Él atendió sorprendido.
—Señorita Quintana.
Le contó todo.
—Quiero que se disculpe delante de todos y admita que mintió. ¿Se puede?
Quiroga guardó silencio un segundo.
En serio la estaba tratando como abogado.
Gracias a Thiago, ese papel le había caído encima.
—Si no tiene pruebas y usted puede demostrar el daño a su reputación, el reclamo es viable. El caso es ganable.
—¿Podés tomarlo?
Quiroga sufrió.
—Podría derivarla a una abogada matriculada. Este tipo de caso no es complicado.
Lola entendió que no quería meterse.
—Gracias igual.
Antes de cortar, él preguntó:
—¿Ha hablado con Thiago? No logro ubicarlo.
—No mucho. Le aviso.
Lola colgó y le mandó un mensaje a Thiago:
"Quiroga te busca."
No iba a decidir por él.
Al volver, dobló por un pasillo y vio a la señora Ferreyra escondida en una esquina, hablando por teléfono.
—Señorita Martina, usted no me dijo que Lola era tan difícil.
Lola se detuvo.
—Usted dijo que era una tonta sin cabeza. Pero llamó a la policía y ahora quiere llevarme a juicio.
La mujer respiraba rápido.
—Mi hijo va a crecer. No puedo cargar antecedentes. Veinte mil no compran mi futuro. Si quiere que me calle, es un millón. Menos no.
Pausa.
La expresión de la mujer cambió.
—¿Acepta? Bien. Mándelo pronto.
Colgó con una sonrisa.
Al girar, vio a Lola.
Se le murió la cara.
—Entonces alguien te pagó para ensuciarme.
—No sé de qué hablás.
—Te escuché.
—No inventes.
Lola levantó el celular y reprodujo la grabación.
"Señorita Martina, usted no me dijo..."
La mujer se puso blanca.
—Esa señorita Martina es Martina Ibarra, ¿no?
—No. Dije Martínez. No Ibarra.
—Yo no dije apellido.
Lola sonrió sin alegría.
—Gracias por confirmarlo.
La señora Ferreyra miró el celular como si fuera una bomba.
Lola dio un paso.
—Última pregunta. ¿Los moretones de Benja se los hiciste vos?
—Es mi hijo. Jamás lo lastimaría.
Pero sus ojos seguían clavados en el celular.
—Dámelo.
Se lanzó sobre ella.
Lola retrocedió, pero la mujer le agarró el brazo e intentó arrancarle el teléfono.
Por reflejo, Lola la empujó.
La señora Ferreyra cayó contra una columna.
La frente se le abrió.
La sangre bajó de golpe.
Lola se quedó inmóvil.