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EL CONFÍN

EL CONFÍN

Status: Terminada
Genre:Aventura / Reencuentro / Posesivo / Completas
Popularitas:41
Nilai: 5
nombre de autor: Pablo Ezequiel

A los 30 años, Alejandro cumplió su mayor sueño: ser dueño del bar más popular de la zona. Atractivo, de cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada y ojos claros que llaman la atención, es un hombre carismático y seductor que disfruta de su soltería.

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Sombras bajo la luz del día.

La luz del sol entraba a raudales por los grandes ventanales de El Confín, iluminando cada rincón y borrando cualquier rastro de lo que había sucedido allí pocas horas antes. Para cualquiera que entrara, todo parecía estar exactamente en su lugar: las mesas limpias y ordenadas, las sillas alineadas, las botellas brillando en las estanterías y las mesas de pool impecables, con las bolas perfectamente apiladas esperando la noche. Pero para Alejandro, el recuerdo de la noche anterior seguía vivo en su piel, en la memoria de sus movimientos y en esa calma satisfecha que ahora llevaba consigo.

A sus treinta años, se movía por el local mientras terminaba de prepararlo todo para la apertura, con la misma elegancia y postura recta de siempre. Su cabello oscuro estaba peinado impecablemente hacia atrás, su barba recortada marcaba su rostro de rasgos firmes, y sus ojos claros, ahora brillantes y despejados, recorrían el lugar con esa atención absoluta que nunca lo abandonaba. Vestía una camisa de color azul profundo, de tela fina, con las mangas arremangadas hasta los codos, dejando ver sus antebrazos fuertes y definidos, herencia de años de disciplina y entrenamiento que aún se notaba en cada gesto.

Había sido una noche intensa, de esas que él disfrutaba en silencio. Para él, la pasión era parte de esa libertad que tanto había buscado al dejar atrás su vida anterior. En el ejército todo eran reglas, horarios, órdenes y secretos que pesaban como piedras. Aquí, en cambio, él era el dueño de su tiempo, de sus decisiones y de su cuerpo. Lo que pasaba cuando se cerraban las puertas se quedaba entre esas cuatro paredes, y él volvía a salir a la calle limpio, libre y sin ataduras, tal como le gustaba.

Cuando abrió las puertas, la rutina comenzó de inmediato. Llegaron los clientes habituales, los que venían a media mañana por un café o algo para comer, saludando con confianza, como si fueran de la familia. Alejandro respondía a cada saludo con su sonrisa amable y seductora, esa que hacía que todo el mundo se sintiera bienvenido, aunque pocos supieran realmente quién era él en su interior.

Mientras limpiaba el mostrador y servía pedidos, sus sentidos estaban alerta, como siempre. Escuchaba conversaciones fragmentadas, observaba gestos, captaba cambios en el tono de voz. Era algo que no podía apagar, una habilidad aprendida en otros tiempos: analizar el entorno, saber quién es quién, detectar cuándo algo no encaja. Y esa mañana, algo llamó su atención.

En una mesa cercana a la entrada, dos hombres estaban sentados desde hacía un buen rato, con bebidas casi intactas frente a ellos. No eran de por aquí; sus caras no le sonaban, su forma de vestir era distinta, y sobre todo, su forma de mirar todo lo que pasaba era demasiado intensa. Hablaban en voz baja, inclinados el uno hacia el otro, y de vez en cuando uno de ellos señalaba disimuladamente hacia el fondo, hacia las mesas de pool, o hacia el mismo Alejandro.

Él no cambió su expresión ni por un segundo. Siguió limpiando vasos, atendiendo a una señora mayor que venía todos los días, charlando amablemente, pero sus ojos claros no perdían detalle. Reconoció esa forma de actuar: miradas que pesan, palabras medidas, movimientos calculados. Era lo mismo que él había visto mil veces, lo mismo que él mismo hacía cuando tenía que vigilar o averiguar algo. Un escalofrío leve le recorrió la espalda, no de miedo, sino de alerta, ese instinto que le gritaba que algo o alguien del pasado podría haber cruzado su camino.

Poco después, llegaron sus amigos de siempre: Martín, Lucas, Sofía y Diego. Se sentaron en su mesa habitual, saludando con alegría, rompiendo por un instante esa tensión que solo Alejandro parecía percibir.

—Hoy te ves especialmente bien, amigo —comentó Martín, dándole un golpe amistoso en el hombro cuando Alejandro se acercó a tomarles el pedido—. ¿Dormiste como un rey o pasó algo interesante anoche?

Martín soltó una risa pícara, y Sofía le dio un codazo suave, mirando a Alejandro con esa mirada suya que parecía leerlo todo. Ella también notó algo, esa energía distinta en él.

—Se nota que descansaste —dijo ella en voz baja, mientras los otros discutían qué tomar—. Tienes esa mirada... la de cuando estás tranquilo contigo mismo. Y también la de cuando estás alerta. ¿Pasa algo?

Alejandro sonrió, esa sonrisa que ocultaba tanto como mostraba, y se apoyó levemente en el respaldo de una silla, cruzando los brazos sobre su pecho. Su postura seguía siendo relajada, pero lista para actuar en cualquier momento.

—Nada que no pueda manejar, Sofía —respondió con su voz grave y segura, bajando la cabeza un poco para que solo ella lo oyera—. Solo gente nueva, miradas raras... Cosas que ya conozco demasiado bien.

Miró de reojo hacia la mesa donde estaban aquellos dos hombres, y Sofía siguió su mirada. Al instante, ella entendió. Sabía que, aunque él hubiera dejado el uniforme y las misiones atrás, lo que había aprendido se le había quedado grabado en el alma. Y sabía también que lo que más le preocupaba a Alejandro no era su propia seguridad, sino que algo pudiera llegar a afectar este lugar, su refugio, su sueño y a la gente que quería.

—¿Crees que...? —empezó a preguntar ella, con preocupación.

—No lo sé todavía —la cortó él con calma, volviendo a mirarla a los ojos con esa claridad impresionante que tenía—. Pero si algo se acerca, estaré listo. Como siempre.

Se enderezó, se pasó una mano por el cabello oscuro asegurando que todo estuviera en su sitio, y recuperó totalmente su papel de amable dueño del bar. Fue hasta la mesa de los desconocidos con paso tranquilo, sin prisa, imponiendo presencia solo con su forma de caminar. Se paró frente a ellos, alto, fuerte, con esa combinación de amabilidad y autoridad que hacía que cualquiera dudara antes de meterse en problemas.

—¿Todo bien por aquí, caballeros? ¿Les sirvo algo más? —preguntó, educado pero firme, sosteniendo la mirada de ambos con esos ojos claros que parecían atravesarlos.

Los hombres se miraron entre sí, sorprendidos por la presencia y la intensidad de aquel dueño tan joven y atractivo. El que había estado hablando más carraspeó un poco antes de responder.

—Todo bien, gracias... solo estamos pasando el rato. Bonito lugar este... muy conocido, dicen.

—Así es —respondió Alejandro, sin apartar la vista—. Es mi casa. Y aquí, todo lo que pasa, todo lo que se dice y todo lo que entra o sale... lo sé yo.

No hubo amenaza en sus palabras, solo una afirmación tranquila, una verdad absoluta. Los dos hombres bajaron la mirada un instante, incómodos ante esa seguridad, ante ese hombre que parecía saber exactamente lo que estaban pensando.

Alejandro volvió al mostrador sin prisas, sabiendo que había marcado territorio. Desde allí, observó cómo, pocos minutos después, aquellos dos pagaban y se marchaban, no sin antes echar una última mirada rápida, casi furtiva, hacia él.

Se quedó solo un momento, limpiando un vaso que ya estaba limpio, mirando hacia la puerta vacía. Había dejado una vida llena de peligros y secretos para vivir en paz, pero comprendía cada día más que no siempre se puede dejar todo atrás simplemente cerrando una puerta. El pasado caminaba silencioso, a veces se disfrazaba de cliente, de mirada curiosa o de palabra dicha a medias.

Pero sonrió para sí mismo, con esa confianza absoluta que tenía. Mientras estuviera detrás de ese mostrador, mientras este bar fuera suyo, él tenía las de ganar. Porque aquí conocía todas las reglas, todos los rincones y, sobre todo, conocía a la perfección cómo jugar cuando el juego se ponía difícil.

La noche caería pronto, y con ella volverían las confesiones, las risas, las partidas de pool y, seguramente, nuevos misterios. Y Alejandro estaría ahí, impecable, seductor, atento y fuerte: el hombre que lo era todo para todos, pero que seguía siendo un misterio incluso para sí mismo.

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