Un joven sufre un accidente automovilístico después de una noche Que se borracha porque pierde la mujer que amaba y queda en coma durante dos años. En el hospital, una doctora se encarga de su cuidado diario y nunca pierde la esperanza de que despierte.
Con el tiempo, su dedicación crea un vínculo especial entre ambos, más allá de lo médico. Cuando el chico finalmente despierta, comienza una nueva etapa de recuperación donde poco a poco ambos descubren que lo que los une se convierte en amor.
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Capítulo 5: Llegar tarde y con la cabeza hecha nada
Después de un rato en el bar, yo seguía ahí afuera, sentado en la acera, con el frío de Manzanares pegándome en la cara y la cabeza dando vueltas. El alcohol ya me tenía pesado, lento, como si el mundo no me respondiera bien.
El celular vibró.
Era ella.
—“¿Dónde estás exactamente?” —me preguntó apenas contesté.
Yo respiré lento.
—“Aquí… afuera del bar.”
—“No te muevas. Ya voy.”
Y colgó.
No sé cuánto tiempo pasó, pero yo solo me quedé mirando el carro, la calle, las luces borrosas del pueblo. Todo se sentía lejano.
Hasta que la vi llegar.
Ella bajó del carro rápido, preocupada, con esa cara de susto que uno no quiere ver nunca.
—“Edwin…” —dijo apenas me vio— “¿qué hiciste?”
Yo me reí un poco, sin control.
—“Nada… solo quería apagar la cabeza.”
Ella negó con la cabeza.
—“Estás borracho.”
—“Un poco…”
Se acercó, me sostuvo el brazo.
—“Vámonos.”
Yo no discutí.
Me subí al carro con ella.
El camino de regreso a la mansión fue silencioso. Ella manejando, seria, concentrada. Yo mirando por la ventana, viendo las luces del pueblo pasar como manchas.
—“No puedes seguir haciendo esto” —me dijo de repente.
Yo suspiré.
—“Ya lo sé…”
—“No, no lo sabes. Estás escapando de todo.”
No respondí.
Porque tenía razón.
Cuando llegamos a la mansión, ella paró el carro afuera.
—“Yo no entro” —dijo ella.
Yo la miré.
—“Gracias por venir…”
Ella me miró seria, pero con cariño.
—“Entra. Descansa. Y mañana hablamos.”
Asentí.
Bajé del carro tambaleando un poco.
Ella me miró por última vez.
—“No te metas en más problemas.”
Y se fue.
La mansión estaba oscura cuando entré.
Solo algunas luces encendidas.
Y ahí estaba él.
Mi papá.
Sentado en la sala, esperándome.
No dijo nada al principio.
Solo me miró.
Y ese silencio fue peor que cualquier grito.
Yo traté de caminar normal, pero se notaba todo.
—“¿Dónde estabas?” —dijo por fin, frío.
Yo me detuve.
—“Salí…”
Él se levantó.
—“¿Así llegas? ¿Borracho? ¿Eso es lo que estás haciendo con tu vida?”
Yo respiré hondo.
—“No empiece…”
Pero ya había empezado.
—“¿No empiece? Mírese. Usted cree que esto es una vida normal.”
Yo me reí bajito.
—“¿Normal? ¿Usted me va a hablar de normalidad?”
Él frunció el ceño.
—“No me falte el respeto.”
Yo lo miré fijo, con la cabeza todavía dando vueltas.
—“Usted nunca está. Nunca. Pero cuando estoy mal, ahí sí aparece a gritar.”
Él levantó la voz.
—“¡Yo estoy construyendo su futuro!”
Y eso me encendió.
—“¡Yo no quiero ese futuro si en el presente no tengo nada!”
Silencio.
Yo seguí, ya sin filtro.
—“Yo me siento solo en esta casa, papá. Solo. Y usted cree que con plata eso se arregla.”
Él respiró fuerte.
—“Usted está perdiendo el rumbo.”
Yo me reí.
—“Ya lo perdí hace rato.”
Se acercó un poco.
—“Usted no es un niño.”
—“No, claro que no. Pero usted me trata como si yo fuera un proyecto.”
Silencio otra vez.
La casa parecía más fría que nunca.
Yo bajé un poco la voz.
—“Yo solo quería un papá… no esto.”
Él no respondió.
Solo me miró.
Y por primera vez en toda la pelea… no dijo nada de negocios.
Pero tampoco dijo lo que yo quería escuchar.
Yo me quedé ahí unos segundos.
Y luego me di la vuelta.
—“Ya no puedo con esto hoy.”
Subí las escaleras lento, todavía mareado, con el mundo medio girando.
Detrás de mí, el silencio siguió.
Más pesado que antes.
Entré a mi cuarto, cerré la puerta y me dejé caer en la cama.
Y por primera vez en la noche…
no era solo borrachera.
Era cansancio de todo.