A ella una tragedia que la obligó a huir.
Al el una silla de ruedas lo condeno al olvido y al dolor para siempre.
cuando sus vidas se encuentren, cada herida amenaza con romperlos, pero será la esperanza quien siempre insistirá en salvarlos.
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Un gran paso
Adela se apartó un poco del pasillo para que su voz no se escuchara desde la habitacion de Lukas. Tenía el teléfono pegado a la oreja, y el corazón le latía con una mezcla rara de bronca, miedo y tristeza.
—¿Aló? Estefanía… —dijo, intentando sonar firme.
Del otro lado, la voz de su hermana llegó cálida, como un abrigo.
—Adela, ¿no vienes a dormir hoy?
Adela cerró los ojos un segundo.
- Como estas, más tarde.
- Entonces que pasa hermana dijo Estefi
—. Me llamo Marta y me dijo cosas que me dejaron helada. —tragó saliva—. Me habló como si fuera una solución… como si yo tuviera que volver a Paraguay para “arreglar” el divorcio y dejar a Aldo atrás.
Estefanía no la interrumpió. Solo esperó, atenta.
—Pero, hermana… —Adela apretó el celular con fuerza— asusta. Me asusta que justo ahora que yo estaba decidida a darle riendas sueltas a lo que siento por Lukas… tenga que pasar esto.
Se le quebró la voz al final, y respiró hondo para seguir.
—No es porque yo quiera a Aldo, ni porque me nazca volver por amor o por nostalgia. Es que él es un dolor inmenso en mi vida. El mismo mató a mi hijo, Estefanía. —sus ojos se humedecieron—. Y que reaparezca… me da miedo de retroceder. Miedo de que todo lo que estoy empezando a reconstruir se me caiga.
Hubo un silencio breve. Uno de esos silencios que no pesan, sino que abrazan.
—Adela… —dijo Estefanía, con una voz firme y suave a la vez—. Escuchame bien: esto no tiene que retrocederte. No te puede arrebatar lo que estás ganando.
Adela se quedó quieta, como si esas palabras la sostuvieran.
—Tu estás eligiendo vivir, hermana. Y vivir no significa olvidar a Jorgue. Significa honrarlo de la única forma que él merece: que su mamá no se apague.
Adela soltó un suspiro tembloroso.
—Pero… ¿y si no puedo? ¿Y si me vence?
—Entonces no lo enfrentás sola —respondió Estefanía, más decidida—. Te refugias en lo que Lukas te ofrece. En su amor, en su cariño, en su apoyo. En todo lo que te está cuidando desde que empezó a acercarse y también desde que decidió ser diferente contigo.
Adela apretó la boca, luchando contra el nudo en la garganta.
—Lukas… me está dando un lugar para respirar, Estefanía. Y justo ahora me quieren volver a empujar al agujero.
—Exacto —dijo Estefanía—. Por eso no te devuelvas. No por capricho, no por orgullo… sino porque tu fortaleza ya empezó a nacer. Y cuando algo te quiere volver a romper, tu te protegés con lo que construiste.
Adela tragó saliva y, por primera vez en mucho rato, sintió que el miedo no mandaba.
—¿Tu creés que… que puedo seguir?
—Sí —afirmó Estefanía—. Y si te dicen “tienés que volver”, tu te preguntás “¿volver a qué?”. ¿A sanar o a hundirte? Porque tu ya decidiste sanar.
Adela cerró los ojos, y una lágrima se le escapó.
—Gracias, hermana…
—No me agradezcas por hablar. Agradecé por escucharte a ti misma —sonrió Estefanía, con ternura—. Ahora, respirá. Y cuando puedas, cuentale a Lukas lo que te dijo Marta. Que no cargues sola con esto.
Adela asintió aunque no la vieran.
—Está bien… —susurró—. ya hable con el.
—Eso. Dale tiempo a tu corazón, Adela. No lo castigues por sentir. Jorgue no te pide que te quedes en el dolor… te pide que vivas.
Adela se quedó en silencio unos segundos, como si esas palabras le acomodaran el alma.
—Te amo, Estefanía.
—Yo también, hermana. Estoy aquí. Siempre.
Adela guardó el teléfono con cuidado, y el pasillo volvió a parecer menos oscuro. No porque el dolor hubiera desaparecido… sino porque ahora tenía un camino para no retroceder.
Adela colgó el teléfono con manos todavía temblorosas. La voz de Marta seguía rebotándole en la cabeza, como si cada palabra quisiera volver a meterla en el mismo pozo del que, por fin, estaba saliendo.
Respiró hondo.
Se sacó el uniforme de enfermera con lentitud, como si cada botón fuera una despedida. Primero el delantal, después la camisa. El aire fresco del cuarto le pegó en la piel y, por un segundo, sintió que el mundo no se le venía encima.
Se puso ropa de dormir: una camiseta suave y pantalones cómodos, de esos que no piden explicaciones. Se miró apenas en el reflejo del espejo y no buscó verse “bien”. Solo buscó estar en paz.
Cuando terminó, se quedó quieta un instante, con el corazón latiéndole fuerte, como si su decisión tuviera peso.
Luego caminó hacia la habitación de Lukas.
Golpeó dos veces, suave.
—¿Lukas? —dijo, y su voz salió más firme de lo que ella esperaba.
La puerta se abrió apenas. Lukas la miró y se quedó congelado por un segundo, como si no terminara de entender lo que estaba viendo.
—Adela… —susurró.
Pero no fue rechazo. Fue sorpresa.
Y esa sorpresa se le transformó rápido en algo cálido, casi… agradecido.
—Estás… —se le notó la sonrisa antes de que la terminara—. ¿Viniste a quedarte?
Adela tragó saliva. No quería retroceder, no ahora.
—Sí —respondió, con una honestidad que le costó, pero que se sintió correcta—. Hoy… quiero estar cerca de ti.
Lukas la observó como si esas palabras fueran un regalo. Se acomodó en la cama, y su expresión se suavizó.
—Me alegra —dijo, y esta vez su voz no tuvo desprecio, ni distancia—. Me alegra que tomes la iniciativa.
Adela sintió que el pecho se le aflojaba. Como si, por fin, la culpa dejara de empujarla.
Lukas carraspeó, nervioso, pero con una ternura nueva.
—Si quierés, podemos hacer algo tranquilo. ¿Película?
—¿Película? —repitió ella, casi riéndose.
—Sí. Pero… —agregó, mirándola con esa mezcla de cuidado y deseo de que todo salga bien—. Sin apuro. Solo… que estemos juntos.
Adela asintió.
Se sentaron cerca, con una manta compartida. Lukas eligió una película que no exigía atención total, y eso hizo que el silencio entre ellos no fuera incómodo: era un silencio lleno de presencia.
A ratos, Adela miraba la pantalla, pero la mayor parte del tiempo miraba a Lukas. Notaba cosas que antes no se permitía notar: la forma en que respiraba más lento cuando estaba con ella, la manera en que sus ojos la buscaban sin querer, como si su cuerpo ya supiera lo que su mente todavía dudaba.
Cuando la película terminó, no hubo prisa por levantarse. Lukas apagó el televisor y el cuarto quedó con esa luz tenue que siempre vuelve todo más íntimo.
Adela se acomodó más cerca, lo suficiente como para que Lukas sintiera su calor.
Y Lukas, con una valentía que no era exagerada, sino real, dijo:
—Adela… si hoy estás aqui, es porque decidiste algo.
—Sí —respondió ella, mirando sus manos—. Quiero intentarlo. No porque el pasado no duela… sino porque no quiero seguir viviendo solo desde el miedo.
Lukas la miró como si esas palabras le tocaran un lugar sensible.
—Entonces intentemos —dijo.
No hubo promesas grandotas. Solo un “vamos despacio”, un “estoy aqui”, un “confío en ti”.
Esa noche fue distinta.
No por lo que pasaba, sino por cómo se sentía: como si por primera vez la ternura no fuera una amenaza. Como si el afecto no viniera con castigo. Como si Lukas, poco a poco, pudiera volver a sentir calma en su cuerpo… y también en su corazón.
Adela se quedó con él, hasta que el sueño los encontró juntos.
Y cuando amaneció, Lukas la miró todavía con el rostro medio dormido, pero con una certeza clara:
—Gracias por quedarte —murmuró.
Adela sonrió, cansada pero en paz.
—Gracias por dejarme.
Te mereces una oportunidad de ser feliz al lado de Lukas no lo pienses y deja te querer y quiere tu también.
Lukas lo que hace el amor saliste de tu casa a respirar el mismo aire que Adela.