Ella guarda un secreto que la consume por dentro.
Él arrastra las ruinas de una vida que se desmoronó en una sola noche.
April Rossetti nunca imaginó que un error de una noche la perseguiría cada día. Enamorarse de la persona equivocada siempre es el comienzo de una caída. Ahora, la culpa la acompaña como una sombra que no la deja respirar.
Derek Baker lo perdió todo: su matrimonio, su hijo no nacido y la confianza en las personas. Destrozado y lleno de rabia, intenta reconstruir su vida cuando un encuentro casual lo cambia todo.
Conectados por hilos invisibles del destino, April y Derek se ven envueltos en miradas cargadas de deseo, conversaciones que despiertan lo que creían dormido y secretos que amenazan con destruirlos.
Están a milímetros de romperse... o de sanarse mutuamente.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
Y algunas atracciones están destinadas a arder, aunque quemen todo a su paso.
¿Podrán elegir el amor cuando todo parece condenarlos al dolor?
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Moviendo El Tablero
-Derek-
Al salir de la oficina, el choque con el ruido de la cocina me resultó casi violento. Me había involucrado en una situación que no me pertenecía y lo sabía.
Agarré un cuchillo y empecé a trabajar en un plato. Daba órdenes. El cuerpo respondía en automático; la cabeza, no. Trabajaba a mil por hora intentando ordenar la posición en la que me acababa de meter con April. No era un cobarde. Nunca me había considerado uno. Tampoco era de los hombres que se arrepentían después de dar su palabra o al menos eso quería seguir creyendo.
No miré hacia la oficina. No necesitaba confirmar si ella seguía ahí.
—¿Está todo en orden?
La voz de Valeria me sacó de mis pensamientos.
—Sí —respondí en automático, terminando de dejar lista la solicitud de productos faltantes del día siguiente.
—¿Quién era esa chica que estaba en tu oficina?
La pregunta me tomó por sorpresa. Sonreí sin querer. A ella se le formó una expresión de duda inmediata. Intenté disimular.
—Es hija de la pareja de Pierre.
—Oh, vaya.
—¿Celosa?
Su risa llenó la cocina. Algunos de los muchachos levantaron la vista por el volumen.
—Bueno, te podrías sorprender —dijo, dándome un golpe juguetón en el hombro—. La verdad es que no quisiera volverte a ver mal—
Su semblante se volvió serio—. Espero y no sea otra Sarah.
No respondí. No hacía falta. No metería las manos al fuego por cualquiera, pero estaba muy seguro de que April era muy distinta a lo que conocí de Sarah.
Su voz me volvió a la realidad. Seguimos hablando del restaurante, del nuevo menú, de algunas reparaciones en la cocina y de la remodelación de fin de año hasta cerrar juntos. Después cada uno tomó su camino.
Al llegar a casa, le escribí a April:
Derek:
¿Cuánto tiempo tienes para entregar la carta?
Era casi medianoche. No esperaba respuesta. El teléfono vibró igual.
April:
Tres semanas.
¿Tres semanas?
No era mucho.
Me senté en el sofá del penthouse con el teléfono sobre la mesa y Hunter a mis pies. Encendí el portátil y empecé a buscar lo esencial: la estructura del Royal Veterinary Center, nombres de dirección, responsables de prácticas y cualquier cosa pública relacionada con Jhony.
No tardé en encontrar lo que necesitaba.
El centro se organizaba de forma vertical. En la cima, una dirección general poco visible en el día a día. Debajo operaban dos o tres jefaturas médicas de alto rango, con autoridad real para avalar desempeños y firmar recomendaciones, aunque casi no pisaban el plantel. Más abajo estaban los supervisores de área y, entre ellos, quien controlaba las prácticas. Jhony Castell ocupaba exactamente ese punto.
No era el máximo responsable del Centro, pero manejaba las evaluaciones de internos y residentes. Su firma tenía un peso desproporcionado. Podía limpiar un expediente o ensuciarlo.
Y por encima de todo eso aparecía otro nombre. Héctor Castell.
Su padre. Una de las figuras más respetadas de la medicina veterinaria del país. Clínicas de renombre, convenios universitarios, asociaciones internacionales, presencia en comités nacionales. Un hombre de reputación impecable, de los que construyen prestigio a base de no mancharse. No necesitaba estar en el organigrama diario para mover hilos.
Cerré el portátil.
Esa información se guardaba. Todavía era demasiado pronto para usarla.
Tres semanas.
Un supervisor con demasiado poder.
Un padre intocable.
Y muy poco margen de error.
Tomé el teléfono:
Derek:
Primer paso.
Consigue algún nombre de alguien que tenga más poder que tu jefe. Alguien que sea de alto rango.
No te quedes a solas con él, por favor.
Mañana seguimos.
La respuesta no fue inmediata. Así que me fui a descansar, tratando de apagar todas las voces en mi cabeza. Aunque tenia información valiosa, necesitaba de alguien que estuviera más activo en la veterinaria.
Al día siguiente, estaba en disputa con unos proveedores por el aumento de uno de los productos que más usábamos en cocina. Mientras resolvía el problema el teléfono me arrojó una notificación. Era ella.
April:
Lo intenté.
Me interceptó antes de tener toda la información.
No pasó a mayores, pero sabe que algo estoy tramando.
Conseguí un nombre.
Gracias otra vez.
Leí el mensaje varias veces.
Apreté el teléfono hasta sentir el borde clavarse en la palma. No necesitaba más detalles para imaginarlo: el pasillo y/o la oficina, la cercanía, esa forma de interceptarla que convierte cualquier espacio en una trampa, sus manos encima de alguna parte de su cuerpo.
Escribí sin suavizar nada:
Derek:
No lo intentes de nuevo sin avisarme.
Mándame el nombre que tienes.
Desde ahora, cualquier movimiento lo hablamos antes.
Esta vez la respuesta fue casi inmediata.
April:
Está bien.
Dos palabras. Pero ya no sonaban solo a obediencia. Sonaban a alguien que empezaba a entender que el margen se le estaba acabando.
Dejé el teléfono sobre la mesa y me quedé frente a la ventana. Hunter se acomodó a mis pies con un suspiro pesado.
Antes de la confusión me invadiera tenía que tener en cuenta que, había una mujer que, a pesar de todo, había venido a buscarme cuando ya no le quedaba a quién acudir.
No estaba salvando a nadie. Estaba entrando en una guerra ajena con los ojos abiertos. Y lo peor era que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna intención de dar media vuelta.