Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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21. Capítulo 21
La Boda Mercier: Preparativos, Risas y un Toque de Caos
La mañana en la mansión Mercier no comenzó con el suave trino de los pájaros ni con el aroma al café recién colado. No. Comenzó con el estruendo de Don Arturo desplegando un mapa gigante de la ciudad sobre la mesa del comedor, tirando dos tazas de té y un plato de tostadas en el proceso.
—¡Atención todo el mundo! ¡El Gabinete de Guerra Mercier para la Boda del Siglo está oficialmente instalado! —gritó Arturo por un megáfono de plástico rojo que, por alguna razón desconocida, ahora llevaba colgado al cuello a todas horas.
Isabela, que bajaba las escaleras luciendo una bata cómoda y aún frotándose los ojos de sueño, se detuvo en el último escalón. A su lado, Mateo venía en traje de vestir, listo para ir a la oficina, pero con una expresión de resignación absoluta.
—Papá, por el amor de Dios, son las siete de la mañana —suspiró Mateo, sobándose las sienes mientras se acercaba a la mesa—. ¿Por qué hay muestras de tela pegadas en las paredes del comedor?
—¡No son simples telas, hijo desagradecido! —intervino Doña Helena, saliendo de la cocina lucíendo un sombrero extravagante con plumas doradas que le tapaba la mitad de la vista—. ¡Es el 'Dorado Mercier'! El único color digno para la mantelería de la boda de mi nuera adorada. Si ponemos blanco tradicional, la gente pensará que estamos organizando un bautizo barato.
Isabela no pudo evitar soltar una risita dulce. Se acercó a la mesa y examinó los catálogos. Había carpetas llenas de fotos de pasteles de ocho pisos, arreglos florales que parecían selvas tropicales y listas de invitados que parecían el censo de una pequeña nación.
—Helena, querida... el dorado es muy bonito —dijo Isabela con extrema diplomacia, tratando de no herir los sentimientos de su suegra—, pero ¿no crees que si ponemos manteles dorados con vajilla de oro y sillas amarillas los invitados van a necesitar lentes de sol para comer el postre?
—¡Esa es la idea, mi vida! ¡Que encandilemos a la sociedad! —exclamó Helena, dándole un abrazo apretado a Isabela que casi le saca el aire—. ¡Que sepan que el amor de ustedes brilla más que el sol!
Mientras tanto, Don Arturo tildaba nombres en una lista kilométrica con un marcador rojo grueso.
—¡Ni se te ocurra, Mateo! —protestó Arturo de repente, señalando a su hijo con el marcador—. He revisado tu lista de invitados personales y me parece una falta de respeto a la comedia humana. ¡Has invitado a cuarenta ejecutivos de Wall Street! Hombres tiesos que no han sonreído desde 1995 y que tienen cara de haber comido limón agrio en el desayuno.
—Papá, son socios clave de la empresa —explicó Mateo intentando mantener la cordura—. Algunos vienen desde Nueva York y Londres. Es una cuestión de cortesía corporativa.
—¡Cortesía corporativa mis calcetines! —gritó Arturo dramáticamente, lanzando el marcador sobre la mesa—. En esta boda queremos gente que llore de emoción, que grite en el brindis, que se quite los zapatos para bailar y que se lleve los centros de mesa escondidos en el bolso. ¡Ya contraté al entretenimiento principal!
Mateo e Isabela se miraron al mismo tiempo con pánico escénico.
—¿Qué entretenimiento, Arturo? —preguntó Mateo con la voz baja y sospechosa.
—¡Un primo lejano de tu madre! —respondió Arturo con una sonrisa de oreja a oreja—. El Gran Magorino. Hace trucos de magia espectaculares con palomas vivas. Te juro que las hace desaparecer de adentro de las chaquetas de los invitados.
—¿Y las hace reaparecer? —preguntó Isabela con curiosidad.
—Bueno... a veces no reaparecen —admitió Arturo encogiéndose de hombros con frescura—. Una vez se le perdió una paloma en el escote de una condesa en Niza y la mujer estuvo aleteando durante todo el vals. ¡Pero qué risa dio verlo buscarla con la red de mariposas!
—¡No va a haber palomas volando sobre mi pastel de bodas, papá! —sentenció Mateo alzando la voz, aunque la comisura de sus labios traicionaba su seriedad.
En ese preciso momento, la puerta de la sala se abrió de par en par y apareció el pequeño Mael. Doña Helena lo había vestido a escondidas con un miniesmoquin negro, camisa blanca de pajarita roja y unas aletas de plástico de juguete en los pies.
—¡Miren! ¡Soy un pingüino elegante que se va a casar! —gritó Mael, haciendo un bailecito torpe sobre la alfombra y haciendo sonar las aletas contra el piso: ¡TAP, TAP, TAP!
Toda la tensión de la sala se evaporó al instante. Isabela se agachó para recibir a su hijo con los brazos abiertos y cargarlo en el aire, mientras Mateo se reía a carcajadas de ver a su pequeño vestido así.
—¡Miren a mi nieto! ¡Ese sí es un Mercier con estilo! —celebró Arturo, tomándole fotos con el teléfono sin parar—. ¡Él va a llevar los anillos y si se le caen en la alfombra, que el perro los busque!
Mientras la familia reía y peleaba alegremente por si el pastel debía ser de chocolate belga o de vainilla silvestre, el teléfono de Mateo vibró en su bolsillo.
Mateo sacó el celular y vio una notificación de un número privado. Era un mensaje corto pero cargado de hiel:
"La boda del siglo... qué lindo cuento de fadas. Veamos si la familia feliz sobrevive a mi verdadero regalo de bodas. Atentamente, R."
Mateo apretó los dientes. La sombra de Regina seguía rondando, buscando cualquier rendija para arruinar su paz. Sin embargo, miró hacia el frente: vio a Isabela riendo a carcajadas mientras le quitaba las plumas del sombrero a Doña Helena, a su padre haciendo piruetas para divertir a Mael y a su hijo feliz.
Mateo borró el mensaje de inmediato sin decir una sola palabra. Ya no era el hombre débil e inseguro del pasado. Estaba dispuesto a mover cielo y tierra para defender a su familia.
—¡Mateo! —le gritó Arturo sacándolo de sus pensamientos y agitándole una servilleta dorada en la cara—. ¡Decídete! ¿Queremos banda de rock en vivo o traemos al grupo de gaitas de tu tío? ¡Si no hay rock, me declaro en huelga de hambre aquí mismo!
—¡Hagamos lo que quieran, papá! —respondió Mateo rodeando la cintura de Isabela con su brazo y dándole un beso en la sien—. Con tal de ver a mi esposa feliz, como si quieren traer un circo entero al jardín.
—¡Eso quería escuchar! —gritó Arturo victorioso—. ¡Helena, llama al circo!
—¡Es un decir, papá, es un decir! —exclamó Mateo entre las risas contagiosas de Isabela y toda la mansión.