ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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EL NIÑO DEL AUTOMÓVIL NEGRO
El silencio que siguió a la confesión de mi padre fue peor que cualquier amenaza.
—¿Sebastián? —repetí, sintiendo que la palabra se me atascaba en la garganta—. ¿Estás diciendo que Sebastián conducía el automóvil que nos sacó de la carretera?
Mi padre negó lentamente con la cabeza.
—No he dicho que él condujera, Valentina. He dicho que el automóvil pertenecía a su familia.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Entonces, ¿por qué el mensaje dice que él estaba allí?
Mi padre bajó la mirada hacia los documentos que había extendido sobre la mesa del refugio. Sus manos, antes firmes, comenzaron a temblar.
—Porque estaba dentro del automóvil.
Dejé de respirar durante un instante.
—¿Qué?
—La noche del accidente, vi a un niño en el asiento trasero. No podía distinguir su rostro por el humo, pero recuerdo que llevaba una chaqueta con el escudo de los Montenegro. Años después, cuando descubrí los archivos de tu padrastro, encontré una fotografía del vehículo y una declaración que mencionaba a Sebastián.
Me llevé una mano a la boca.
Sebastián.
El hombre al que amaba había estado allí la noche en que mi vida cambió para siempre.
—¿Cuántos años tenía? —pregunté.
—Aproximadamente diez.
Diez años.
Sebastián no había podido conducir aquel automóvil. Era un niño, igual que yo. Un niño atrapado en una historia que ninguno de los dos comprendía.
—¿Quién conducía?
Mi padre no respondió de inmediato.
Y aquella pausa me dio más miedo que cualquier nombre.
—Mateo Salazar —susurró finalmente—. Al menos, eso es lo que sospecho.
Me aparté de la mesa.
—¿Y Sebastián?
—No lo sé, hija. Lo único que puedo asegurarte es que alguien quería que aquel automóvil estuviera allí. Alguien organizó el accidente y después borró las pruebas.
—¿Y tú esperaste todos estos años para contármelo?
—Intentaba protegerte.
Solté una risa amarga.
—¡Todo el mundo dice lo mismo! ¡Me protegen mintiéndome, escondiéndome cosas y decidiendo qué puedo soportar! ¿Sabes qué es lo peor? Que ya no sé distinguir quién me está protegiendo y quién me está utilizando.
Mi padre se acercó, pero levanté la mano para detenerlo.
—Necesito estar sola.
—Valentina, no salgas. Todavía pueden estar buscándonos.
—No voy a salir. Pero no vuelvas a pedirme confianza si no estás dispuesto a darme toda la verdad.
Me encerré en la habitación contigua y cerré la puerta.
Saqué el teléfono.
Tenía tres llamadas perdidas de Sebastián y un mensaje suyo.
«No me importa que tengas miedo. No me importa que no tengas todas las respuestas. Pero no vuelvas a desaparecer de mi vida sin dejarme siquiera la oportunidad de estar a tu lado».
Las lágrimas me nublaron la pantalla.
Quería llamarlo. Quería escuchar su voz y esconderme en sus brazos hasta olvidar todo lo que acababa de descubrir.
Pero ¿cómo podía mirarlo sin preguntarme qué recordaba de aquella noche?
Finalmente, escribí:
«Necesito verte. Hay algo que debo preguntarte».
Su respuesta llegó segundos después.
«Dime dónde estás».
No podía darle la ubicación del refugio. Si alguien estaba vigilando nuestros teléfonos, pondría a todos en peligro.
«Envíame la ubicación del antiguo mirador. Dentro de veinte minutos».
Su respuesta fue inmediata.
«Voy para allá. Y, Valentina… no vuelvas a pedirme que te deje sola cuando sé que algo te está destruyendo».
---
El antiguo mirador estaba casi desierto. La lluvia había dejado el suelo resbaladizo y una neblina espesa cubría las montañas.
Llegué primero.
Me abracé a mí misma, intentando controlar el temblor de mis manos.
Cuando escuché el rugido de su motor, mi corazón reaccionó antes que mi razón.
El deportivo negro apareció entre la niebla y se detuvo frente a mí.
Sebastián salió del automóvil.
Tenía el cabello húmedo, la mandíbula tensa y los ojos llenos de preocupación. Se acercó rápidamente, pero frenó a pocos centímetros de mí, como si temiera que volviera a alejarme.
—¿Estás bien?
Asentí, aunque ambos sabíamos que era mentira.
—¿Tu padre está contigo? ¿Te siguieron? ¿Te hicieron algo?
—Estoy bien, Sebastián.
—No vuelvas a decirme eso si no es verdad.
Su voz se quebró ligeramente.
Y eso me dolió más que si me hubiera gritado.
—Lo siento —susurré.
Él cerró los ojos durante un instante.
—No sabes cuánto miedo tuve cuando no te encontré. Pensé que Mateo te había llevado. Pensé que podía perderte sin siquiera haber tenido la oportunidad de…
Se interrumpió.
—¿De qué? —pregunté.
Me miró directamente.
—De demostrarte que no pienso abandonarte.
No pude contenerme. Me acerqué y lo abracé con fuerza.
Sebastián me rodeó con los brazos, hundiendo el rostro en mi cabello. Durante unos segundos, el mundo desapareció. Solo existíamos nosotros dos y la desesperada necesidad de creer que nuestro amor podía sobrevivir a todo.
Pero yo había ido allí por una razón.
Me aparté lentamente.
—Necesito preguntarte algo sobre tu infancia.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasa?
—¿Recuerdas un accidente ocurrido hace muchos años? Un automóvil negro, una carretera mojada… una noche en la que tu padre desapareció de casa o en la que Mateo estuvo involucrado.
Sebastián palideció.
Fue apenas un instante, pero lo vi.
—¿Quién te habló de eso?
—Mi padre.
Se alejó un paso.
—¿Qué te dijo exactamente?
—Que el automóvil que nos sacó de la carretera cuando yo tenía ocho años pertenecía a tu familia. Que tú estabas dentro.
Sebastián dejó de mirarme.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente asustado.
—No —murmuró—. Eso no puede ser.
—¿Lo recuerdas?
Se llevó una mano a la cabeza.
—Recuerdo una carretera. Recuerdo lluvia. Recuerdo a mi padre gritándole a alguien que frenara… y después, un golpe. Mucho ruido. Vidrios rotos.
Se le aceleró la respiración.
—Cuando desperté, estaba en una habitación del hospital. Mi padre me dijo que habíamos tenido un accidente durante un viaje. Que yo había sufrido un golpe en la cabeza y que no debía preocuparme por nada más.
Sentí un frío terrible.
—¿Quién conducía?
—No lo sé.
—Sebastián, necesito que intentes recordarlo.
—¡No lo sé, Valentina!
Su grito resonó entre los árboles.
Retrocedí por instinto.
Él se quedó inmóvil, horrorizado por su propia reacción.
—Perdóname —dijo inmediatamente—. No quería gritarte.
Se acercó con cuidado.
—Hay cosas que no recuerdo. Mi padre decía que era por el golpe. Durante años tuve pesadillas con un hombre cubierto de sangre y una niña llorando. Nunca supe si eran recuerdos reales o cosas que inventaba mi cabeza.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Yo era esa niña.
Sebastián me miró como si acabara de recibir un disparo.
—¿Qué?
—Mi padre dice que yo estaba en el otro automóvil. Que nuestra familia fue obligada a salir de la carretera y que tú estabas en el vehículo de los Montenegro.
Negó con la cabeza una y otra vez.
—No. No, no puede ser…
—Éramos niños, Sebastián. Ninguno de los dos sabía lo que estaba pasando.
—Pero estuve allí.
Su voz se volvió apenas un susurro.
—Estuve allí y no recuerdo haberte ayudado.
Lo sujeté por las manos.
—No tienes que haberme salvado para que yo te quiera.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—¿Y si hice algo terrible?
—No eras más que un niño.
—¿Y si recuerdo algo que te haga odiarme?
Aquella pregunta me partió el corazón.
Me acerqué y apoyé mi frente contra la suya.
—Entonces tendremos que descubrir la verdad juntos. Pero no voy a condenarte por algo que todavía no sabes si hiciste.
Sebastián me besó.
No fue un beso arrogante ni desafiante, como los primeros. Fue un beso desesperado, lleno de miedo y de una ternura que parecía pedir perdón por un pasado que ni siquiera comprendía.
Cuando nos separamos, me acarició la mejilla.
—Te amo —susurró—. Y no sé qué voy a encontrar cuando empiece a recordar, pero te juro que no volveré a mentirte.
Quise creerle.
Dios, cuánto quise creerle.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
«Pregúntale qué llevaba en la mano cuando salió de aquel automóvil».
Debajo había una fotografía antigua.
La imagen mostraba dos vehículos destrozados junto a una carretera. Un hombre sostenía a un niño ensangrentado mientras otra figura permanecía tendida cerca de la cuneta.
Amplié la fotografía.
El niño era Sebastián.
Y en su pequeña mano había algo metálico.
Una llave.
La misma llave que yo había encontrado en el garaje, la que había iniciado toda esta pesadilla.
—Sebastián… —murmuré.
Él miró la pantalla.
Su rostro perdió todo el color.
—Esa llave…
—¿La reconoces?
Retrocedió, respirando con dificultad.
—Mi padre me dijo que la había perdido.
—¿Qué abría?
Sebastián se quedó mirando la imagen. De pronto, algo pareció quebrarse dentro de él.
—Un compartimento secreto —dijo—. En el automóvil de mi padre.
—¿Qué había dentro?
Me miró, y en sus ojos vi una verdad que empezaba a regresar desde las profundidades de su memoria.
—No lo sé. Pero recuerdo que, después del accidente, Mateo me la quitó. Me dijo que, si alguna vez hablaba de aquella noche, tú morirías.
El mundo pareció detenerse.
Antes de que pudiera responder, unos faros se encendieron detrás de nosotros.
Un automóvil bloqueaba la salida del mirador.
Después apareció otro a nuestras espaldas.
Sebastián me tomó de la mano y me colocó detrás de él.
Una puerta se abrió.
Un hombre descendió del primer vehículo, sosteniendo una fotografía entre los dedos.
Era Mateo Salazar.
—Qué conmovedor —dijo, sonriendo—. Los dos niños que sobrevivieron al accidente, por fin juntos.
Sebastián apretó los puños.
—Si te acercas a ella, te juro que…
—¿Que me matarás? —Mateo soltó una carcajada—. Ya lo intentaste una vez, muchacho.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Qué estás diciendo? —pregunté.
Mateo levantó la fotografía y la dejó caer sobre el capó de su automóvil.
Era una imagen de aquella noche, tomada desde el interior de uno de los vehículos.
Sebastián aparecía en el asiento trasero, cubierto de sangre.
Y, junto a él, había una niña inconsciente.
Yo.
Mateo sonrió con crueldad.
—Tu padre te contó quién conducía, Valentina. Pero olvidó contarte quién ordenó que los dos niños fueran eliminados aquella noche.
Miró a Sebastián.
—Y tú, hijo de Alejandro Montenegro, deberías empezar a recordar quién fue el hombre que te pidió que salvaras a la niña… antes de dispararle a su padre.
Un estruendo retumbó en la montaña.
Sebastián se desplomó de rodillas, llevándose las manos a la cabeza.
—¡No! —gritó—. ¡Yo no disparé! ¡Yo no…!
Me arrodillé a su lado mientras él temblaba entre mis brazos.
Mateo dio un paso hacia nosotros.
—Pregúntale por qué su padre te dejó creer durante tantos años que tu madre estaba muerta, Sebastián.
Y entonces pronunció las palabras que terminaron de destruirlo:
—Porque Mariana estuvo en ese automóvil también.