Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?
NovelToon tiene autorización de Nickto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La carga de la herencia
El amanecer posterior a la victoria no trajo el alivio que todos esperábamos. El olor a vino derramado y carne asada de los festejos de anoche pronto fue sofocado por el hedor penetrante de las piras funerarias fuera de la empalizada.
Siete mil de los nuestros habían caído en aquel campo de batalla; siete mil almas cuyo vacío se sentía entre los presentes, una cifra que transformaba los vítores de la noche en un eco amargo que flotaba bajo el cielo gris de la mañana.
Cientos se acercaban a darle el último adiós a sus seres queridos, al igual que hicimos con mi hermano para despedir a nuestro querido tío.
Dentro del gran edificio central, el ambiente era de una gravedad aplastante. El curandero del pueblo finalmente salió de la habitación de nuestro padre, limpiándose las manos ensangrentadas en un trapo limpio. Melos y yo nos pusimos de pie de inmediato, con el corazón en el puño.
Los líderes de las polis de la liga, junto a Gurta y el resto de señores, permanecían en silencio alrededor de la mesa de la asamblea, esperando el veredicto.
—Oemirus se ha estabilizado —anunció el anciano, exhalando un suspiro cargado de fatiga.
—Logramos contener la hemorragia interna y acomodar las costillas rotas que amenazaban con perforar su pulmón. Vivirá. Sin embargo, su estado es sumamente delicado: ha perdido demasiada sangre y su cuerpo sufrió un desgaste que los años no perdonan. Necesitará meses de reposo absoluto en cama; por ahora, no puede hablar, ni mucho menos levantarse.
Un murmullo de alivio, pero también de profunda preocupación, recorrió el salón. Saber que mi padre seguía respirando nos devolvía el alma al cuerpo, pero la realidad de su invalidez temporal, sumada a la muerte de Philos, dejaba un vacío de poder gigantesco en el peor momento posible.
Los bárbaros no habían sido vencidos, solo retrocedieron hacia Apameias, lo que significaba que podrían volver luego de organizarse y curarse.
Gurta, el temible señor de la guerra, dio un paso al frente haciendo crujir las tablas del suelo bajo sus pesadas botas. Su enorme hacha descansaba contra la pared ubicada a su lado, y la gran cicatriz de su rostro se contrajo mientras miraba a mi hermano Melos.
—El viejo Oemirus es un roble, siempre lo ha sido —rugió Gurta con su habitual voz de trueno, aunque esta vez modulaba con un rastro de respeto.
—Si alguien podía sobrevivir al impacto directo de un hacha de Grocker, era él. Pero con tu padre postrado, la frontera necesita respuestas rápidas. Mis guerreros y yo hemos cumplido nuestro propósito aquí, muchacho. Los bárbaros se retiraron al norte y mis tierras en el sureste no pueden quedar desprotegidas por más tiempo.
Debemos regresar a nuestros hogares antes de que los carroñeros intenten tomar lo que es nuestro, aunque después de ayer los bárbaros no volverán por un tiempo.
Los representantes de las polis de la coalición asintieron al unísono, compartiendo la misma urgencia de evaluar el estado de sus territorios y la de comunicar a las familias de los caídos.
Melos, asumiendo una postura firme que demostraba los once años de preparación que cargaba a sus espaldas, dio un paso adelante y miró fijamente a cada uno de los líderes presentes.
—Entiendo sus razones —declaró mi hermano con voz madura y serena.
—Esta victoria fue posible gracias a la unión de todos ustedes, les debemos la vida de nuestras familias y la existencia misma de este pueblo. Wilders no olvidará el día en que antiguos rivales marcharon juntos contra la opresión extranjera.
Uno de los líderes más ancianos de la Liga, llamado Espios que en la asamblea previa había exigido la cabeza de mi padre, se adelantó con el rostro apenado, al borde del lamento por el remordimiento.
—Juzgamos mal a tu padre, Melos —admitió el anciano, colocando una mano sobre el hombro de mi hermano.
—El error del pasado fue un malentendido trágico, pero Oemirus demostró ayer que su sangre pertenece a esta tierra tanto como la nuestra. Antes de marcharnos, queremos que tú y tu hermano Mélon sepan algo: la coalición no se disolverá. Si los gálatas se reagrupan, o si las secuelas de la caída de la capital Apameias golpean nuestras puertas, solo tienes que enviar un jinete; prometemos nuestro apoyo incondicional si lo necesitan en cualquier momento. Eso va para todos.
Gurta soltó una carcajada seca, extendiendo su enorme mano derecha hacia nosotros, la cual estreché sin titubear.
—Así es, cachorro —añadió Gurta, mirándonos fijamente con decisión.
—Demostraron tener el acero en las venas durante la batalla; si esos malditos bárbaros regresan a terminar el trabajo, mi hacha y mis hombres marcharán de nuevo a su lado. Mantengan los ojos abiertos y cuiden bien del viejo.
Con esas promesas selladas en el salón, los líderes abandonaron el edificio para organizar la partida de sus respectivas tropas.
Desde la ventana de un segundo piso en el gran edificio, observé cómo la marea de miles de guerreros —bandidos, nómadas, señores de la guerra y líderes de polis— comenzaba a fragmentarse de manera ordenada, tomando los senderos y caminos que se bifurcaban hacia las colinas y el bosque del este, sur y oeste.
La región volvía a quedar en silencio, pero ya no éramos una frontera fragmentada; éramos el núcleo de una alianza forjada en el honor y la sangre.
A partir de ese dia, el ritmo del pueblo cambió drásticamente y el descanso se convirtió en un lujo del pasado.
Con mi padre postrado en su lecho, luchando entre la vida y la muerte, Melos no tuvo más remedio que tomar las riendas del asentamiento, asumiendo el lugar de Oemirus de manera interina hasta saber si este lograría recuperarse por completo.
A pesar de su juventud, mi hermano se instalaba desde el amanecer en la mesa central revisando mapas, ordenando reparaciones, haciendo nuevas construcciones como viviendas para los nuevos refugiados que habían decidido quedarse, ordenando las guardias y las rotaciones.
Al ver la inmensa carga que pesaba sobre sus hombros, entendí que ya no podía permitirme el privilegio de actuar como el niño curioso que se escabullía por las esquinas, molestaba a los animales o hacía travesuras.
La obligación de actuar con madurez me golpeó de frente, transformando mi culpa en una necesidad absoluta de ser útil para mi hermano y para nuestra gente.
Me propuse convertirme en su mano derecha fuera del salón de reuniones, asumiendo la tarea de ayudar a todo aquel en el pueblo que necesitara una mano.
Parte de mis jornadas se concentraron en los corrales de la periferia, los almacenes de suministros y la ayuda contra animales salvajes que intentaban atacar el ganado.
El conteo inicial que habían hecho los campesinos se había vuelto obsoleto debido a la gran cantidad de animales que conseguimos del campamento enemigo abandonado, pese a haber repartido una buena parte.
Pasaba horas ayudando a los pastores a clasificar y separar las cabezas de ganado, bueyes, ovejas y cabras, separados en cada recinto cercado.
Además, la gestión de los nuevos residentes requería una enorme sensibilidad.
Los cincuenta esclavos rescatados de Apameias y otras ciudades del norte se encontraban inicialmente asustados, desconfiados de un pueblo fronterizo que asociaban con salvajes y bandidos.
Me encargué personalmente de recibirlos, entregándoles las viviendas que construíamos poco a poco y asegurándome de que contaran con mantas limpias, ropa adecuada para el frío que comenzaba a empezar en la región, raciones de comida abundante, madera y recipientes para poder calentar la comida.
Les decía constantemente que aquí eran hombres y mujeres libres, y que sus habilidades como artesanos, herreros, agricultores, sastres o médicos eran fundamentales para nuestro futuro colectivo.
En medio de este torbellino de responsabilidades, Kállos se convirtió en mi constante compañera de labores. La joven no quería quedarse de brazos cruzados y un día me pidió que le permitiera darme una mano con los nuevos habitantes y en el cuidado del ganado.
A pesar de la profunda tristeza que arrastraba por la pérdida de su familia, demostró una resiliencia admirable.
Con su aspecto delicado pero decidida, con el tiempo lidiábamos juntos con lobos y zorros, probando que tenía una buena habilidad con la espada. También me ayudaba a registrar las raciones de grano en los pergaminos, además de consolar a las madres de los caídos y a niños que habían sido esclavos.
Convivir con ella en el día a día me permitió conocer la realidad de un mundo que solo conociaía a través de los relatos de emisarios y comerciantes que solían hablar con mi padre.
Sentados bajo los árboles en los momentos de descanso bajo el sol de la tarde, Kállos me hablaba de la majestuosidad de Apameias, de sus calles empedradas, sus grandes mercados y la cultura que los gálatas habían destruido en cuestión de horas.
—A veces cierro los ojos y todavía puedo oír los gritos de los soldados en la muralla, el pedido de evacuación y el tumulto de gente que huía —confesó una tarde, observando cómo un grupo de niños del pueblo jugaba cerca de los corrales.
—Pensábamos que el ejército del rey Tridates era invencible. Estabamos tan ciegos en nuestra comodidad... hasta que los muros se llenaron de ellos. Ver que este pequeño pueblo de la frontera logró resistir a esa misma marea me hace pensar que tal vez los dioses no nos han abandonado del todo, Mélon.
—No fueron los dioses, Kállos —le respondí, apretando suavemente su mano, que ya no estaba tan fría como la noche del festejo.
—Fue la voluntad de no dejarnos encadenar. Mi padre nos enseñó que en la frontera solo sobrevive quien confía en el acero y en los compañeros que tienes al lado. Tu hogar fue destruido, pero aquí puedes construir uno nuevo. Te prometo que haremos que este lugar sea lo suficientemente seguro para que nadie vuelva a arrebatarte nada.
Ella me dedicó una sonrisa leve pero genuina, un destello de luz que me dio fuerzas para continuar con las tareas del día.
Sin embargo, el trabajo administrativo y social era solo una parte de la preparación para el oscuro futuro que se vislumbraba en el horizonte del norte.
El recuerdo de los cuarenta mil bárbaros marchando permanecía grabado a fuego en mi mente.
Sabía perfectamente que Grocker había huido lisiado y humillado creyendo que había logrado su cometido, pero su colosal ejército no había sido totalmente destruido; solo se había replegado para lamerse las heridas y reorganizarse.
Un próximo enfrentamiento con los bárbaros era inevitable, y yo no pensaba volver a encontrarme al final de las líneas portando un simple arco de caza sin la destreza necesaria para marcar la diferencia.
Por las tardes, luego de haber cumplido con mis obligaciones, tomaba mi nuevo arco, más resistente y mejor armado, y me dirigía hacia los claros del bosque que bordeaban la empalizada.
Instalaba dianas de cuero y paja a distintas distancias, recreando las condiciones de presión e inestabilidad del campo de batalla.
Las primeras jornadas fueron frustrantes; mis dedos, entumecidos por el frío otoñal y las largas horas de cargar sacos de granos, temblaban al tensar la cuerda.
Las flechas se desviaban, hundiéndose en la corteza de los árboles o perdiéndose entre la maleza del suelo helado.
El dolor en los músculos de mis hombros y espalda era constante, un recordatorio físico de mi falta de entrenamiento militar formal.
—Estás conteniendo la respiración demasiado tiempo, Mélon —escuché una tarde desde mi espalda.
Me di la vuelta y vi a Melos sentado sobre un tronco, observando mi práctica con los brazos cruzados; su rostro reflejaba el cansancio de las interminables reuniones del consejo, pero en sus ojos mantenía la chispa del hermano mayor que se preocupaba por mi bienestar.
—Si retienes el aire en los pulmones por más de tres segundos, tus brazos empezarán a temblar por la falta de oxígeno —continuó, acercándose y acomodando la postura de mis hombros con sus manos.
—Philos siempre decía que el arco es una extensión del cuerpo, no una herramienta externa. Debes soltar la flecha en el espacio exacto entre la exhalación y la inhalación, intenta nuevamente.
Tragué saliva, ajusté los pies en la tierra fresca y coloqué una nueva flecha en la cuerda. Segui las indicaciones de mi hermano: elevé el arco, apunté a la diana situada a treinta pasos de distancia, inhalé profundamente, dejé salir el aire despacio y, en ese milisegundo de vacío absoluto, solté. El silbido del proyectil rasgó el aire y golpeó seco en el blanco; la flecha se había clavado a centímetros del centro de la diana.
Melos asintió con una leve sonrisa de aprobación, dándome una palmada en la espalda antes de regresar hacia el edificio central para continuar con sus obligaciones.
Ese pequeño éxito encendió una chispa de determinación inquebrantable en mi interior. A partir de ese momento de inflexión, incorporé la caza activa como parte de mi rutina de perfeccionamiento; me adentraba en las zonas del denso bosque de Wilders rastreando jabalíes y ciervos entre la maleza.
La caza no solo mejoraba mi puntería con objetivos en movimiento, sino que también agudizaba mis sentidos, enseñándome a utilizarlos a mi favor, a moverme con sigilo entre las sombras y a anticipar los movimientos de las presas.
Cada animal cobrado no solo significaba carne fresca para los almacenes del pueblo y nuestra gente, sino una certeza interna de que estaba dejando atrás al niño asustadizo para transformarme en el futuro general de la coalición.
El pueblo, bajo las órdenes de mi hermano, empezaba a demostrar una organización efectiva y un crecimiento en cuanto a viviendas y nuevas fuerzas, ya que se había corrido la voz de que en el sur una coalición de aliados había logrado frenar a los bárbaros.
Muchos refugiados que habían escapado del norte venían a parar a nuestro pueblo y al de nuestros aliados buscando refugio o unirse a nuestra causa contra los gálatas.
Todo pronto cambió: dejamos de ser un pueblo y nos convertimos en una minipolis que contaba con un buen ejército, herreros y economía.
En cuestión de un año logramos grandes avances, como la mejora de nuestros equipos, más caballos y una riqueza producida por la producción de textiles, alimentos, herramientas y armas que se intercambiaban con los mercaderes de otras tierras y de la coalición, reforzando la unión de nuestras ciudades, incluso con Gurta, que de vez en cuando venía para ver a mi padre, aún debilitado.
Una noche, mientras el frío viento golpeaba las paredes de nuestra vivienda, Melos, Kállos y yo nos reunimos alrededor del pequeño fuego en el centro de nuestro hogar.
Mi hermano extendió sobre sus rodillas el pergamino con el informe del estado de los almacenes que habíamos logrado llenar.
—Hemos logrado asegurar el alimento para los próximos siete meses, incluso con la llegada de los refugiados y los nuevos invitados —comento Melos, alzando la vista con un profundo rastro de gratitud en sus ojos.
—No sé qué habría hecho sin tu ayuda con los animales en los corrales y con la gente. Has demostrado una madurez que hace que nuestro padre se sienta orgulloso, Mélon.
—No lo hice solo —respondí, mirandola mientras como limpiaba su espada corta cerca del fuego.
—Kállos ha sido fundamental para organizar a las familias; ellos confían en ella y me ayudó bastante a proteger el ganado, fue un trabajo en equipo.
Kállos alzó la mirada y sus ojos reflejaron el brillo de las llamas con una intensidad renovada.
—Nos dieron otra oportunidad cuando creíamos que nuestras vidas ya estaban sentenciadas —dijo con voz firme.
—Ayudarlos a ustedes es mi forma de agradecer todo lo que hicieron y hacen por nosotros —expresó con una sonrisa.
Apreté con fuerza la daga que aún colgaba de mi cinturón, el valioso regalo que mi tío me había dejado.
El eco de lo ocurrido en Palfidias hacía quince años nos había alcanzado con sangre, muerte y destrucción, cobrándose vidas insustituibles.
Pero al observar a mi hermano poder llevar el mando con confianza, a Kállos recuperar la esperanza y sintiendo la creciente mejoría marcial en nosotros, entendí que el precio de todo lo sucedido poco a poco lo estábamos pagando.
Una nueva alianza de rivales, proscritos y sobrevivientes estaba naciendo sobre las ruinas de Wilders, y estábamos listos para defender nuestro hogar hasta el último aliento.