«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 19
El eco de mi propio grito se fue apagando contra las paredes de la recámara imperial, dejando tras de sí un silencio que dolía.
Tenía las sábanas de seda roja arrugadas entre los dedos, empapadas de mi propio sudor. Me faltaba el aire, como si esa misma flecha de plumas blancas me hubiera perforado el pecho a mí. La imagen seguía clavada detrás de mis párpados: la nieve manchada de negro, el metal astillado de su espada y los ojos de Li Yan buscando algo en medio de la ventisca antes de caer.
No era una pesadilla cualquiera. Era una advertencia inmediata. El desfiladero del Río Negro ya estaba en disputa.
Salté de la cama sin importarme el frío del suelo de mármol. Me envolví a los tirones en una túnica de lana oscura, me até el cinto a la cintura y corrí descalza hacia las puertas dobles. Empujé la madera con fuerza.
Al instante, dos lanzas de hierro negro se cruzaron frente a mi pecho, bloqueando la salida con un golpe metálico.
—Mi Señora Lian —dijo el comandante Jin, que montaba guardia en persona en el corredor iluminado por antorchas—. Son horas intempestivas. El decreto del Soberano prohíbe que abandone los aposentos sin una escolta completa.
—Quita esas lanzas, Jin —le ordené. La voz me salió rasposa, pero cargada de una autoridad tan filosa que los dos soldados de la guardia bajaron los ojos por instinto—. Necesito ver los mapas de guerra. Ahora mismo.
El comandante vaciló, desconcertado por el desespero en mi mirada.
—Los mapas estratégicos están en el Pabellón Militar, custodiados por el Consejo de Defensa. Nadie que no porte el sello del generalato puede...
—Li Yan me nombró su prometida y la futura Emperatriz de este palacio —lo interrumpí, dando un paso al frente hasta que la punta de la lanza casi me rozó la clavícula—. Dijo que mi palabra era su palabra. Si no me llevas ante esos mapas en este segundo, cuando él regrese haré que te corte las manos por traición al trono. Y créeme, Jin... él regresará solo si yo logro llegar a esa mesa.
El rostro del comandante palideció bajo el casco de hierro. La mención del temperamento de Li Yan y el peso del decreto imperial inclinaron la balanza.
—Abran paso a la Señora —bramó Jin a sus hombres, bajando la lanza de un golpe seco—. Tráiganle calzado de viaje y una capa forrada. La escoltaré personalmente.
Cinco minutos después cruzábamos los patios helados del palacio. La escarcha cubría las piedras y el viento de la madrugada aullaba entre los aleros de los templos. En el Pabellón Militar, dos oficiales mayores y un anciano estratega de bigote ralo discutían a la luz de los candiles sobre una mesa inmensa donde reposaba el mapa del imperio tallado en madera y cuero.
Al verme entrar escoltada por la guardia de élite, los tres hombres se quedaron inmóviles.
—¿Qué significa esta intrusión? —exclamó el estratega anciano, frunciendo el ceño con desprecio al ver a una mujer en el recinto sagrado de la guerra—. Este lugar está vetado para las damas del harén...
—Silencio, Ministro Wu —cortó el comandante Jin con voz de trueno—. La Señora Lian habla con la voz del Emperador.
Me acerqué a la mesa sin mirar a ninguno de los presentes. Apoyé las dos palmas sobre el mapa extendido, recorriendo con los ojos los relieves de montañas y valles hasta encontrar el trazo sinuoso del Río Negro en la frontera norte.
—¿Dónde están las tropas de Su Majestad en este momento? —exigí, clavando el dedo sobre una garganta estrecha entre dos cordilleras.
El oficial más joven tragó saliva y señaló una bandera negra clavada en la entrada del valle.
—El ejército imperial acampó aquí ayer al anochecer. Los exploradores informaron que los bárbaros del norte se concentran al otro lado del vado helado. Su Majestad planea cruzar el río al alba para romper sus líneas antes de que los rebeldes del sur los alcancen.
Miré el mapa. El frío de la madera bajo mis dedos me envió una réplica sorda de la visión: la nieve, la emboscada desde las alturas rocosas.
—No están al otro lado —dije, y mi voz sonó tan segura que los oficiales se miraron entre sí con alarma—. Ya cruzaron el vado. Una facción de arqueros con arcos pesados está apostada en las cornisas del desfiladero oeste. Dejaron pasar a los exploradores a propósito. Esperan a que la vanguardia de Li Yan entre en el río para cerrar el paso con piedras y acribillarlos desde arriba.
El viejo estratega soltó una risa seca, incrédula.
—¿Y de dónde saca semejante disparate una artesana de jade? ¿Cree que la guerra es un adorno que se talla con cinceles? Los informes de los exploradores son claros...
Me giré hacia él con tanta furia que el anciano retrocedió un paso, intimidado.
—Llevan flechas con plumas blancas de buitre de las estepas —le espeté, mirándolo directo a los ojos—. Y el hombre al mando no es un caudillo bárbaro; es el hermano menor del difunto General Wu, que busca vengar la cabeza de su hermano. Si Li Yan pisa ese desfiladero al amanecer, morirá con una de esas flechas en el cuello.
El silencio que siguió fue denso. Los oficiales sabían que el General Wu tenía un hermano en el exilio norteño, un detalle que jamás había salido de los archivos secretos del ejército.
—Comandante Jin —dije, girándome hacia el líder de la guardia con el pulso latiéndome en las sienes—. ¿Cuál es el halcón mensajero más rápido que tienen?
—Los halcones de cresta roja de la torre este —respondió el soldado, con el rostro tenso por la gravedad de la situación—. Llegan a la frontera en cuatro horas si el viento no arrecia.
—Escribe un mensaje de emergencia bajo mi sello —ordené, arrancándome el colgante de jade con el dragón imperial que Li Yan me había entregado al nombrarme su prometida y arrojándolo sobre la mesa—. Que no cruce el río. Que envíe a la caballería ligera por la retaguardia de las cornisas altas para quemar el bosque antes de que amanezca.
El viejo estratega intentó protestar de nuevo, pero Jin no titubeó. Tomó el sello de jade entre sus dedos enguantados, cuadrándose con un golpe seco de su puño contra la armadura.
—Se hará de inmediato, Mi Señora.
Los hombres salieron a toda prisa del pabellón, dejando el eco de sus botas resonando en el patio frío.
Me quedé sola frente al mapa de madera, respirando agitada, con las manos apoyadas contra el relieve del desfiladero del norte. El sol comenzaba a asomarse por el horizonte, tiñendo el cielo de un rojo sangre que me recordaba demasiado al sueño.
Cerré los ojos, apretando los párpados con fuerza mientras una lágrima solitaria me resbalaba por la mejilla.
«No te mueras, maldito tirano», supliqué en el silencio de mi mente, sintiendo la opresión desgarradora en el pecho que ya no podía negar. «Tienes que volver a reclamar esta cama... porque si te pierdo, este imperio no será lo único que arda.»