Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.
Pero el destino le concede una segunda oportunidad.
Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.
También conoce un secreto.
Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.
Ana no piensa permitir que esa historia se repita.
Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.
Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.
Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.
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La Apuesta del Corazón
En el silencio denso, pesado y sofocante de la recámara imperial, Ana continuó sumida en sus reflexiones más profundas y dolorosas. Repasó mentalmente y con una nitidez pavorosa su matrimonio con Alexéi Karénin, una unión fundada desde el primer día en la estricta formalidad, la conveniencia social y la fría etiqueta cortesana, pero desprovista por completo de cualquier atisbo de verdadero afecto o calidez humana. Su esposo siempre la contempló como un simple trofeo de adorno para elevar su apellido ante el Ministerio, una posesión elegante para exhibir orgullosamente ante la aristocracia de la capital; jamás le importó la mujer real que habitaba detrás de la máscara de esposa abnegada. Karénin también se perdía discretamente entre amantes de ocasión mientras la mantenía a ella prisionera en su propia residencia junto a su pequeño hijo Seriozha, únicamente para asegurar el legado y la reputación de la familia. Ana dejó escapar una risa amarga, seca y helada que resonó en medio de la penumbra del aposento imperial.
Luego estuvo Alexéi Vronsky, el apuesto oficial de caballería que le prometió el cielo y la tierra. Él le juró un amor eterno, pasional y devoto en los pasillos de la corte, pero ¿de qué sirvió que la persiguiera incansablemente por todas partes y abordara aquel tren helado en medio de la tormenta de nieve? Al final del camino, el joven conde la abandonó cobardemente a su suerte cuando la presión social se volvió insostenible, mirándola con ese mismo nivel de desprecio helado e indiferencia que ella descubría a diario en los ojos de toda la nobleza de San Petersburgo.
Y de pronto, ahí estaba el Zar Alejandro II. El monarca ruso era el hombre al que ella se acercó inicialmente con un plan fríamente calculado, con la clara y despiadada intención de usar su poder absoluto y su corona como una espada filosa para vengarse de todos los hombres que la hirieron y humillaron en el pasado. Sin embargo, contra todo pronóstico, el soberano se había demostrado noble, generoso, apasionado y profundamente sincero en cada uno de los sentimientos que le profesó. Aquellas lágrimas derramadas en la soledad de la noche junto a su lecho y sus palabras de desgarrador arrepentimiento no podían fingirse de ninguna manera; él ignoraba por completo que ella lo estaba escuchando atenta en medio de su falso letargo. Ana se preguntó con una angustia creciente en el pecho si el Zar era, en verdad, un hombre completamente diferente a todos los individuos miserables con los que le había tocado tratar a lo largo de su trágica y dolorosa existencia.
Un combate encarnizado y feroz se desató en el interior de Ana, debatiéndose entre la prudencia calculadora de seguir utilizándolo fríamente como un simple peón de su venganza o ceder finalmente a la tentación de amarlo de forma sincera y devota. El recuerdo amargo de su vida pasada y los fantasmas de su antiguo sufrimiento le advertían con fuerza que jamás debía confiar en ningún hombre ni depositar sus emociones más íntimas en manos ajenas. Sin embargo, su corazón le gritaba en el silencio de la estancia que Alejandro no guardaba semejanza alguna con los seres despreciables que había conocido en el pasado. Él era totalmente distinto; él era el hombre que se había arrojado sin dudar al agua congelada solo para salvarle la vida.
En medio de esa lucha encarnizada entre la razón calculadora y el sentimiento incipiente, Ana se secó las lágrimas del rostro con determinación y firmeza.
—Me arriesgaré —murmuró con voz firme para sí misma en la soledad del aposento—. Total, ya morí una vez en la miseria y el olvido. Morir una segunda vez a manos del destino no se escucha tan mal después de todo.
A la mañana siguiente, cuando el equipo de médicos de la corte imperial ingresó a la habitación para evaluar detenidamente su estado de salud, Ana continuó fingiendo una inconsciencia profunda, respirando con parsimonia calculada y manteniendo los ojos cerrados ante los profesionales. Guardó metódicamente sus fuerzas para el único encuentro decisivo que realmente le importaba en aquel complejo tablero de ajedrez político y afectivo.
Al caer la noche, la pesada puerta de madera de la estancia se abrió nuevamente con un crujido leve. El Zar hizo su entrada silenciosa y caminó con paso lento y cansado hasta el borde deL lecho imperial. Se sentó a su lado en la silla de madera, extendió su mano tibia para acariciarle el rostro con infinita ternura y comenzó a repetirle en un susurro destrozado por la culpa su promesa inquebrantable de que no volvería a interrumpir su vida ni a perturbar su paz si tan solo ella despertaba de aquel sueño profundo.
En ese preciso instante, Ana abrió los ojos de manera dramática, fijando su mirada oscura y brillante directamente en los ojos atónitos del monarca. Alejandro II se petrificó por completo en su asiento, sofocando a tiempo una exclamación de absoluta y genuina sorpresa.
Ana, fingiendo una extremada lentitud física por los estragos de la supuesta convalecencia, se incorporó con delicadeza sobre los almohadones de seda de la cama. Extendió su mano pálida y fría, tomó la mano del Zar entre sus dedos y la apretó con una suave pero firme convicción.
—Señor... he escuchado atentamente todo lo que ha dicho estos días a mi lado mientras estaba recostada —declaró Ana con la voz baja, suave pero perfectamente clara en el silencio de la recámara—. ¿Es totalmente cierto todo lo que me ha prometido en la penumbra?
El Zar asintió de inmediato con la mirada llena de un respeto reverencial y una devoción profundamente sincera.
—Sí, te lo juro por mi honor de soberano de todo este Imperio —respondió Alejandro con sincera pesadumbre y humildad—. Ya no seguiré molestándote ni forzándote a nada, mi hermosa Ana. Puedes volver a tu casa cuando lo desees, puedes regresar a tu vida habitual con tu hijo... Yo no seguiré perturbando tu existencia nunca más.
Ana lo contempló en absoluto silencio por unos largos e intensos segundos, observando la verdad desnuda y la vulnerabilidad en el rostro del gobernante más poderoso de Rusia. En lugar de alejarse o pedir su libertad inmediata, Ana acortó la distancia entre ambos y, esta vez, fue ella quien lo buscó apasionadamente para besarlo primero en los labios, entregando su corazón por completo a la tormenta que estaba por comenzar.
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa