Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
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Capítulo 12: Números y miradas
Con el paso de los días, la rutina en la oficina ejecutiva de los Smirnov se convirtió en un delicado baile entre la eficiencia profesional y una atracción pasional que crecía a fuego lento.
Amanda demostró ser una pieza insustituible. No solo resolvió el fraude de los remolcadores —lo que derivó en la ejecución y despido fulminante del auditor corrupto—, sino que reorganizó la agenda de Alek, clasificó sus inversiones personales y simplificó los reportes contables con una claridad impecable. Para el miércoles, la junta directiva y los guardaespaldas de la familia ya no la miraban como a una advenediza o una cautiva, sino con un respeto casi reverencial.
Sin embargo, trabajar codo a codo durante catorce horas al día exigía un precio emocional altísimo para ambos.
Era el jueves por la noche. Llovía torrencialmente sobre la ciudad, y las luces del rascacielos iluminaban la penumbra de la gran oficina. Todos los empleados se habían retirado a sus casas, dejando a Alek y Amanda solos entre pilas de planos para la construcción de un nuevo terminal portuario.
Amanda estaba de pie junto a la gran mesa de juntas, examinando un plano arquitectónico. Alek se acercó por detrás para indicarle una modificación en las cotas de cimentación.
—Mira aquí, Amanda —dijo él, inclinándose sobre el plano.
Al hacerlo, su pecho quedó prácticamente pegado a la espalda de ella. El calor de su cuerpo atravesó la seda de la blusa de Amanda. Su brazo largo pasó rozando el hombro de la joven mientras señalaba un punto con el bolígrafo. El aroma a sándalo, cuero y tabaco de Alek la envolvió por completo.
Amanda se congeló. Su respiración se volvió entrecortada. Podía sentir el pulso firme de Alek cerca de su oreja y la presión sutil pero inconfundible de su presencia física.
—Si... si cambiamos esta columna —consiguió decir Amanda con la voz ligeramente temblorosa—, los costos de estructura se reducirán un doce por ciento.
Alek no miraba el plano. Tenía la vista fija en el perfil del rostro de Amanda, en la suavidad de su piel clara iluminada por la luz tenue y en el rápido subir y bajar de su pecho.
—Olvídate de los costos por un segundo —murmuró Alek. Su voz había bajado un octavo, volviéndose ronca, profunda, peligrosamente íntima—. Ponimayesh... no sé cómo lo haces, Amanda.
Amanda giró despacio la cabeza. Sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia. Sus alientos se mezclaron en la penumbra. Amanda podía ver las diminutas chispas doradas en los ojos azul verdoso de Alek. Sentía una urgencia casi irrefrenable de acortar la distancia, de pasar sus dedos por ese cabello oscuro y probar la dureza de sus labios.
—¿Hacer qué, Alek? —preguntó ella en un susurro cargado de deseo. Era la primera vez que lo llamaba por su nombre de pila sin el protocolo de "señor".
Alek sintió que la razón se le escapaba entre los dedos. Su mano derecha se alzó instintivamente, deteniéndose a un milímetro de la mejilla de la joven. Quería tocarla, quería sentir la calidez de su piel, quería reclamarla ahí mismo sobre la mesa de juntas.
—Hacer que olvide quién soy... y concentrarme únicamente en ti —confesó él.
Durante tres largos segundos, el tiempo pareció detenerse. La tensión sexual en la estancia era tan densa que podía cortarse con un cuchillo. Amanda apretó las manos contra el borde de la mesa, esperando el beso que su cuerpo clamaba desesperadamente.
Sin embargo, Alek cerró los ojos con fuerza, apretó la mandíbula hasta que los músculos se le marcaron con dureza y dio dos pasos hacia atrás, rompiendo el contacto.
—Es tarde —dijo con la voz tensa, dándole la espalda para ocultar la agitación en su rostro—. El auto está esperando abajo. Regresemos a la mansión.
Amanda dejó escapar un suspiro contenido, entre la frustración y la fascinación. Sabía que Alek sentía la misma tormenta que ella, pero algo —un freno invisible, un secreto oscuro que él guardaba con celo— le impedía dar el paso definitivo. Y ella estaba decidida a averiguar qué era.