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Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:7.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.

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Capítulo 20: El primer beso

El chasquido de un leño partiéndose en dos en el corazón de la chimenea fue la última señal antes de que la contención cediera.

La mano de Dereck no dudó. Subió desde la madera de castaño hasta la nuca de Martina con una lentitud que desafiaba a la tormenta exterior, enredando los dedos entre los mechones oscuros y húmedos que se escapaban de la trenza. No hubo delicadeza fingida, ni el protocolo de un subordinado, ni la diplomacia vacía de los salones de Como. Fue un agarre firme, hambriento y posesivo que obligó a Martina a reclinar la cabeza, exponiendo la línea pálida de su garganta a la luz dorada de las brasas.

Martina no retrocedió. Sus dedos se cerraron sobre la tela rota de la camisa de él, tirando hacia abajo con una fuerza que desprendió dos botones más de cuerno oscuro, buscando anclarlo contra su cuerpo como si en esa colisión pudiera encontrar la respuesta al torbellino que le devoraba el pecho.

—Maldita seas, Martina —gruñó Dereck contra sus labios, con la voz desgarrada por una necesidad que había cruzado cualquier frontera racional.

—Hazlo de una vez —siseó ella, clavándole los ojos castaños con un desafío que temblaba al borde del abismo—. O date la vuelta y lárgate.

Dereck no se dio la vuelta.

Inclinó la cabeza y cerró la distancia con la violencia de un golpe de marea.

El impacto de sus bocas fue un choque eléctrico, voraz y ardiente. No hubo la suavidad de un cortejo ni la templanza de un romance medido; fue el estallido de semanas de sospechas acumuladas, de odio contenido, de disparos en la penumbra y de una atracción brutal que los había estado consumiendo en silencio desde el primer segundo en que sus miradas se cruzaron en la escalinata de mármol.

La boca de Dereck sabía a lluvia amarga, a humo de pólvora y a un deseo tan oscuro y primitivo que a Martina se le nubló el pensamiento. Entró con una ferocidad arrolladora, devorando sus labios carnosos con una posesividad que no pedía permiso, reclamando cada rincón como si aquel terreno le hubiera pertenecido desde el principio de los tiempos.

Martina soltó un jadeo ahogado que murió en la garganta de él, pero su cuerpo, entrenado para la resistencia, no aceptó la sumisión. Se aferró a los hombros anchos de Dereck, clavando las uñas a través del algodón hasta sentir la densidad del músculo tenso, respondiendo al beso con la misma rabia, mordiéndole el labio inferior con una insolencia deliciosa que le arrancó a él un gruñido sordo y gutural desde el fondo del pecho.

El dolor en el antebrazo izquierdo de Martina se desvaneció, sepultado bajo una oleada de calor líquido que le encendió la sangre desde la raíz del cabello hasta la punta de los dedos.

Dereck rodeó su cintura con el brazo derecho, aplastándola contra su torso con tanta firmeza que los latidos desbocados de sus corazones se fundieron en un solo compás frenético. Martina sintió el calor abrasador de la piel de él a través de la abertura de su camisa, el roce áspero de la barba incipiente contra sus mejillas y la firmeza implacable de un hombre que había dejado de ser una sombra para convertirse en su dueño y en su carcelero.

El beso cambió de compás, profundizándose hasta volverse una agonía de necesidad pura.

Las bocas se buscaban con desesperación, respirando el mismo aire caliente y denso, abriéndose paso entre jadeos entrecortados. Dereck deslizó la mano por la curvatura de la espalda desnuda de ella, acariciando con una devoción reverente y salvaje cada centímetro de piel que las llamas iluminaban: la línea de la columna, la raspadura aún sensible junto a la escápula y la curva suave de sus caderas, levantándola apenas unos milímetros de la mesa de castaño para encajarla de lleno entre sus muslos.

Martina enredó ambas manos en el cabello oscuro de Dereck, empujándolo contra sí misma, perdiéndose en el abismo de una entrega que jamás creyó concederle a ningún ser humano. Había pasado seis años construyendo un castillo de hielo para que ningún hombre de la mafia pudiera doblegarla, y allí estaba, temblando entre los brazos de su custodio en una cabaña olvidada en las colinas de Rapallo, ardiendo en la hoguera de su propia contradicción.

Dereck bajó los labios hacia la comisura de la boca de Martina, deslizándose por la curva de su mandíbula con besos lentos, húmedos y ardientes, hasta encontrar el punto exacto bajo la oreja donde el pulso de ella latía con la fuerza de un volcán a punto de estallar.

Martina arqueó la espalda con un gemido tembloroso, cerrando los ojos mientras los dedos de él trazaban un camino de fuego sobre sus costillas, deteniéndose justo en el borde de la venda blanca de su brazo, cuidando con una precisión instintiva de no lastimar la carne suturada.

—Mírame —ordenó él en un susurro áspero, caliente contra su piel—. Mírame, Martina.

Ella abrió los párpados despacio.

Sus ojos castaños, oscurecidos por una marea de placer y desafío, encontraron las pupilas grises de Dereck. En el rostro de él no quedaba rastro del escolta imperturbable ni de la frialdad que utilizaba para juzgarla; solo había una verdad cruda, desnuda y desprovista de armaduras. Un hombre que la miraba como si fuera la única criatura sagrada y peligrosa que valía la pena defender hasta el último aliento.

—No hay contratos aquí adentro —susurró Dereck, y su voz sonó rota, ronca por la contención que lo desgarraba por dentro—. No hay familias, no hay nombres y no hay deudas de sangre. Solo somos tú y yo.

Martina apoyó la frente contra la de él, sintiendo la respiración compartida como un hilo invisible que los ataba sin escapatoria. Deslizó el pulgar de su mano derecha sobre el pómulo de Dereck, rozando la cicatriz antigua que le cruzaba la piel, sintiendo la dureza del hueso y la verdad lacerante de sus palabras.

—Si cruzas esta línea, Dereck... —murmuró ella, con los labios rozando la piel ardiente de su boca— no vas a poder volver a ponerte detrás de mí en las salas de juntas. No vas a poder mirarme como si fueras solo un empleado.

Dereck curvó los labios en una media sonrisa oscura, feroz y rendida al mismo tiempo.

—Nunca fui tu empleado, Martina —respondió él, sellando la promesa con otro beso profundo, lento y cargado de una ternura tan devastadora que le arrancó a ella la última brizna de aire de los pulmones—. Y jamás voy a volver a quedarme en la sombra.

Dereck la levantó de la mesa sin romper el contacto, cargándola con una facilidad absoluta. La llevó hacia el suelo frente a la chimenea, donde las mantas térmicas de lana pura formaban un lecho espeso sobre la madera rústica, al resguardo directo del calor de los troncos de pino.

La depositó sobre las mantas con una lentitud casi litúrgica, como si temiera romperla, aunque ambos sabían que la mujer bajo su cuerpo estaba hecha del mismo acero que las armas que descansaban en la mesa. Se acomodó sobre ella, apoyando el peso en sus antebrazos para no oprimir su brazo herido, clavando la mirada en cada rincón de su rostro iluminado por el resplandor ámbar del fuego.

Martina tiró de él hacia abajo, atrayendo su cuello con una urgencia que no admitía dilaciones.

Afuera, la lluvia torrencial castigaba las tejas de pizarra y el viento aullaba entre los pinos de Liguria, aislando la cabaña del resto de un continente al borde de la guerra. Pero dentro del refugio, bajo el murmullo continuo de las llamas y el calor de las mantas de lana, los dos soldados depusieron las armas para perderse en la única batalla donde la rendición era la victoria más dulce.

Las horas se desdibujaron entre roces de piel, susurros quebrados y la entrega absoluta de dos almas que habían aprendido a odiarse a través de prejuicios ajenos y que acababan de encontrar, en la herida abierta del otro, la única paz posible en un mundo de bestias.

Hacia el filo de las cinco de la madrugada, cuando el fuego comenzó a apagarse en un lecho de ascuas doradas, el silencio volvió a reinar en la estancia.

Martina descansaba con la cabeza apoyada sobre el pecho desnudo de Dereck, con una de las mantas cubriéndolos hasta los hombros. Su respiración era suave, acompasada, profundamente dormida por primera vez en seis años de vigilia constante. Su mano derecha descansaba sobre el torso de él, relajada, con los nudillos rozando la piel marcada por viejas esquirlas de combate.

Dereck permanecía despierto.

Mantenía un brazo rodeando la cintura de ella, atrayéndola contra su costado con una posesividad serena pero inquebrantable. Con los ojos fijos en el techo de vigas de madera, escuchaba el latido firme y tranquilo del corazón de Martina contra sus costillas.

El peso de la mentira que aún cargaba sobre los hombros se volvió de pronto una losa sofocante.

Ella acababa de entregarse a su custodio; al hombre sin nombre que había sangrado a su espalda en los muelles de Génova. Y él, el futuro Capo del norte, el prometido al que ella había jurado aborrecer ante los herederos de la Alianza, la tenía entre sus brazos sabiendo que el amanecer traería consigo el regreso de la realidad.

Dereck bajó la mirada despacio, besando con una delicadeza infinita la coronilla tibia de Martina.

La guerra por el control de Europa seguía afuera, esperándolos. Pero mientras apretaba a la fiera de los Moretti contra su pecho, Dereck supo con una certeza gélida y absoluta que la peor batalla no sería contra los clanes rebeldes.

Sería contra la mirada de la mujer que amaba en el segundo exacto en que ella descubriera quién era en realidad.

1
Leticia Contreras
ahora la va a investigar
Leticia Contreras
los dos igual de peligrosos
Leticia Contreras
los dos letales con las armas
Leticia Contreras
bueno aver que pasa
Leticia Contreras
ese Dereck se cre con el derecho sobre ella una cosa es lo que diga el papa de Martina y otra muy diferente lo que ella pience y sienta
Leticia Contreras
Giancarlo se equivoco de presa Martina no es facil
Leticia Contreras
ese zorro queri intimidar a Martina y salio humillado
Leticia Contreras
Martina no creo que nececite nin̈ero save cuidarce ella sola y ese Dereck tiene que andar con pies de plomo
Leticia Contreras
ese Derek tiene la mente retorcida crello que Martina andaba en celo
Leticia Contreras
Martina y Derek beamos como se llevan en su primer dia
Leticia Contreras
Marina con nin̈ero aver que pasa promete ser buena historia
Graciela Saiz
cada vez me cae peor , mujer estúpida 😏
Cliente anónimo
Esta novela se trata de guerras de magia más que todo, mucha descripción de armamentos y aviones y vehículos de guerras que una persona normal no entiende,
Cliente anónimo
Dereck tiene tiene rayos inflsrojos en los ojos
Graciela Saiz
ella no lo merece, es una soberbia 😏
Cliente anónimo
La verdad que Martina no actúa como hija de un jefe de la mafia, no piensa con la mente, piensa en su orgullo herido
Cliente anónimo
Me parece la posición de Martina absurda
Cliente anónimo
Ya Martina no tiene que oponerse al enlace
Cliente anónimo
Hasta cuando va a esconder su verdadera identidad?
Cliente anónimo
Le faltó más romance en esa entrega, 🥰 una relación entre romance y mafia
Graciela Saiz: falto detalles autora! arranco bien ! y después te me quedaste ! falto pasión , fuego! 🔥🔥🔥🔥🫠🫠🫠🫠😜
total 1 replies
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