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Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:7.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21: La mañana siguiente

La luz cenicienta del amanecer se filtró entre las rendijas de las persianas de madera, proyectando líneas pálidas sobre las cenizas apagadas de la chimenea.

El frío de las colinas de Rapallo se había adueñado de la estancia.

Martina abrió los ojos antes de que el sol despuntara sobre el horizonte marino. Su cuerpo, acostumbrado a reaccionar en milésimas de segundo ante cualquier alteración de la vigilia, no se movió de inmediato. Permaneció inmóvil sobre el lecho improvisado de mantas térmicas, sintiendo el peso denso y cálido del brazo de Dereck rodeándole la cintura y el compás acompasado de la respiración de él rozándole la nuca.

Durante tres segundos interminables, la mente de Martina flotó en una quietud desconocida, un remanso de paz física que no había experimentado en seis inviernos de soledad en Massachusetts.

Luego, la realidad cayó sobre ella como un mazazo de hormigón.

El pulso se le disparó de golpe en la garganta. La frialdad analítica que había gobernado cada decisión de su vida regresó en una oleada despiadada, desnudando lo sucedido horas antes con la crueldad de un informe pericial: había cruzado la línea. Había dinamitado sus propias reglas de hierro. Se había entregado a su escolta, a un hombre contratado por su padre, en el suelo de una cabaña perdida en mitad de una guerra portuaria.

Para una mujer que había sacrificado su único intento de amor en Boston para no deberle explicaciones a nadie, lo ocurrido frente a las brasas no era una victoria; era una fisura imperdonable en su armadura. Una muestra de debilidad provocada por el choque de la pólvora, el agotamiento de la carne y la sangre derramada en los muelles.

Martina contuvo la respiración y se deslizó fuera del abrazo con una lentitud milimétrica.

El aire helado de la habitación mordió su piel desnuda al apartar la manta. Se puso de pie de espaldas al lecho, recogiendo su ropa del suelo con movimientos mecánicos. El vestido verde de terciopelo yacía inservible en una esquina, sucio de hollín y desgarrado; en su lugar, tomó del arcón de suministros una camisa táctica de franela oscura y unos pantalones de montaña que Dereck guardaba entre el equipo de reserva.

Se vistió a toda prisa, dándole la espalda al fuego muerto, apretándose los botones con dedos rígidos por el frío y la crispación.

No escuchó ningún crujido en la madera, pero supo que él estaba despierto antes de girarse. El aire en la habitación cambió de densidad.

Dereck estaba incorporado sobre un codo entre las mantas, con el torso desnudo iluminado por la luz grisácea del alba. Tenía el cabello revuelto y la sombra de barba sombreándole la mandíbula, pero en sus ojos grises de pedernal no quedaba el menor rastro de somnolencia. La observaba vestirse con una fijeza pesada, implacable, escaneando cada movimiento evasivo de ella con la precisión de un halcón que ve a su presa intentar recomponer sus alas rotas.

—Estás huyendo, Martina —dijo Dereck, y su voz sonó ronca, rota por el sueño reciente y cargada de una aspereza que cortó el silencio como un latigazo.

Martina terminó de ajustar la hebilla del cinturón con un tirón seco. Se giró hacia él, levantando la barbilla, blindando sus facciones tras esa misma máscara de frialdad ejecutiva que utilizaba para liquidar a los directores corruptos en Milán.

—No estoy huyendo de nada, Dereck —respondió ella, con una voz modulada en hielo que intentó disimular el caos que le rugía en el pecho—. Estoy vistiéndome. La noche terminó. Y las carreteras hacia Génova ya deben estar despejadas.

Dereck se puso de pie despacio.

No buscó cubrirse con las mantas. Avanzó hacia ella con la soltura perezosa y peligrosa de un depredador que no tiene nada de qué avergonzarse, descalzo sobre los tablones rústicos, exhibiendo las cicatrices antiguas que cruzaban su pecho ancho y los hombros tensos. Se detuvo a menos de un metro de ella, cerniéndose sobre su figura con una presencia que Martina sintió como una muralla de fuego.

—No me mires con esa cara de fiscal de distrito, Moretti —escupió él en un susurro bajo y peligroso—. Hace cuatro horas tenías las manos metidas en mi espalda y me pedías que no diera un paso atrás.

El impacto de las palabras hizo que a Martina se le encendieran las mejillas, pero el rubor se transformó de inmediato en una llamarada de furia defensiva.

—Lo que pasó anoche fue una reacción biológica a un tiroteo —disparó ella sin pestañear, clavándole los ojos castaños con un veneno calculado para herir—. Teníamos adrenalina hasta las cejas, la ropa empapada en sangre y estábamos congelándonos en una cabaña sin calefacción. No confundas un desahogo físico con algo más, guardaespaldas.

Dereck se quedó inmóvil. Una sombra sanguinaria cruzó sus pupilas grises.

Por dentro, el futuro Capo del norte sintió una puñalada de rabia salvaje. La mujer a la que había protegido con su propia carne, la que acababa de abrirle el alma y el cuerpo entre jadeos de necesidad absoluta, prefería escudarse en la humillación ajena antes que admitir que sentía algo por el hombre que estaba frente a ella.

Dereck dio el último paso al frente, acorralándola contra la mesa de castaño. Apoyó ambas manos en el borde de la madera, a los costados de las caderas de Martina, inclinando su rostro hasta que sus respiraciones volvieron a chocar en el aire gélido.

—¿Un desahogo físico? —gruñó Dereck entre dientes, con las venas del cuello marcadas por la contención—. ¿Eso es lo que le dices a tu conciencia para poder respirar esta mañana?

Martina sostuvo su mirada sin retroceder un milímetro, aunque el calor que emanaba del torso desnudo de él amenazaba con quemar los últimos restos de su compostura.

—Eso es lo que fue —siseó ella, midiendo cada palabra como un disparo a quemarropa—. Trabajo para Don Lorenzo Moretti. Y tú eres un empleado contratado para cuidar mi espalda. Cruzamos una línea por imprudencia, pero no se va a repetir. Cuando salgamos por esa puerta, vuelves a ponerte a tres pasos de distancia y te olvidas de todo lo que pasó en este suelo.

Dereck soltó una risa seca, oscura y carente de cualquier atisbo de diversión. Levantó la mano derecha y posó los nudillos contra la mandíbula de ella, acariciando la piel suave con una lentitud que desafiaba su discurso de hielo.

—Puedes darme todas las órdenes corporativas que quieras, signorina Moretti —susurró él, bajando el tono hasta convertirlo en una promesa cavernosa que le erizó la piel del cuello a Martina—. Pero los dos sabemos que estás mintiendo. No hay muralla en el mundo que te sirva para olvidar cómo sabías anoche. Y si crees que voy a volver a mirarte como a una jefa cualquiera... estás profundamente equivocada.

Martina levantó la mano sana y le apartó los dedos del rostro con un manotazo seco.

—Pruébame, Dereck. Vuelve a cruzar esa distancia sin mi consentimiento y te juro que le pido a mi padre tu relevo antes del mediodía.

Dereck la sostuvo con la mirada unos segundos interminables, con una media sonrisa sombría y desafiante curvándole los labios.

Por una fracción de segundo, la verdad de su linaje estuvo a punto de salir disparada de su boca: «Tu padre no puede relevarme, ingenua. Tu padre me juró obediencia hace quince años y soy el dueño del suelo que pisas».

Pero el peso de la culpa lo paralizó.

Si confesaba en ese instante, en mitad de la crispación y el orgullo herido, la confirmación de la farsa destruiría cualquier posibilidad de que ella volviera a mirarlo sin odio puro. La había engañado desde el principio; había manipulado las cartas para meterse en su vida como un criado, y admitirlo ahora sonaría a la confesión de un cobarde que necesita sus títulos para retener a una mujer.

Dereck tragó el veneno de su secreto, sintiendo que la mentira se volvía una jaula de púas alrededor de su corazón.

Un pitido agudo y discontinuo desde la mesa auxiliar interrumpió el asedio.

El terminal satelital de Dereck parpadeaba con una luz verde en el canal de frecuencia familiar.

Dereck dio un paso atrás, rompiendo la proximidad con una lentitud insultante, y recogió el aparato sin molestarse en vestirse. Apretó el conmutador de recepción y se lo llevó a la oreja.

—Habla.

Al otro lado de la línea, la voz rasposa de Mateo Moretti resonó con un fondo de estruendo de motores y sirenas lejanas:

—¿Dónde demonios están metidos? Llevamos tres horas barriendo la costa de Rapallo.

—En una posición segura fuera de los radares —respondió Dereck con voz neutra, recuperando al instante su máscara militar—. La signorina está ilesa. ¿Cuál es la situación en el puerto?

—Una carnicería limpia —dijo Mateo, soltando una risotada hosca—. El convoy señuelo llevó a la capitanía marítima hacia Piacenza. Don Lorenzo intervino directamente desde Como con los jueces de arbitraje: la corte dictó la liberación inmediata de los quimiqueros bajo fianza fiduciaria. Los estibadores de Savona están desmantelados y Barone amaneció con la mandíbula destrozada en un contenedor rumbo a Tánger.

Martina dio un paso hacia el teléfono, prestando atención a cada palabra.

—Pero tenemos un problema mayor —continuó la voz de Mateo, tornándose grave y sombría—. Papá convocó un consejo extraordinario en la sede financiera de Porta Nuova para las doce en punto. Descubrieron anomalías graves en los registros contables de la filial de Zúrich. Alguien estuvo manipulando los contratos de flete durante la noche para transferir las líneas de crédito hacia cuentas no autorizadas.

Martina palideció un milímetro, reconociendo el patrón de inmediato. El ataque en los muelles de Génova no había sido una simple extorsión de estibadores; había sido una cortina de humo para mantenerla lejos de Milán mientras el verdadero traidor operaba dentro del corazón corporativo de la familia.

—Dile a mi padre que estaré en Porta Nuova a las once y media —cortó Martina, arrebatándole el teléfono a Dereck de la mano para hablar directamente al micrófono—. Y dile que convoque al comité de auditoría en la sala B. Que nadie toque una sola terminal hasta que yo llegue.

Colgó la llamada antes de que Mateo pudiera replicar y arrojó el aparato sobre la mesa.

Se giró hacia Dereck, quien ya se colocaba la camisa negra limpia y enfundaba la SIG Sauer en el costado. El momento de intimidad y fractura emocional había quedado sepultado bajo el sonido de los tambores de guerra familiar.

—Tenemos noventa minutos para llegar a Milán —dijo ella, calzándose los botines tácticos con movimientos veloces—. Hay un sabotaje interno en marcha.

Dereck terminó de abrocharse la chaqueta de cuero, clavando sus ojos de hielo en ella mientras recogía las llaves del Audi blindado.

—Suba al coche, signorina Moretti —dijo él, volviendo a utilizar el tratamiento formal con una frialdad tan afilada que a Martina se le heló la sangre en las venas—. Su sombra está lista para trabajar.

Salieron de la cabaña bajo la niebla matinal que cubría los pinos de Liguria.

El vehículo arrancó con un rugido sordo y descendió por las curvas de la montaña devorando el asfalto mojado. Dentro del habitáculo reinaba un silencio asfixiante, pero la distancia recuperada era una mentira transparente: el espacio entre los asientos ardía con la memoria de la piel compartida, la pesadez de una culpa inconfesable y la certeza ineludible de que la tormenta que los esperaba en Milán amenazaba con destapar todas y cada una de sus mentiras.

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Leticia Contreras
ahora la va a investigar
Leticia Contreras
los dos igual de peligrosos
Leticia Contreras
los dos letales con las armas
Leticia Contreras
bueno aver que pasa
Leticia Contreras
ese Dereck se cre con el derecho sobre ella una cosa es lo que diga el papa de Martina y otra muy diferente lo que ella pience y sienta
Leticia Contreras
Giancarlo se equivoco de presa Martina no es facil
Leticia Contreras
ese zorro queri intimidar a Martina y salio humillado
Leticia Contreras
Martina no creo que nececite nin̈ero save cuidarce ella sola y ese Dereck tiene que andar con pies de plomo
Leticia Contreras
ese Derek tiene la mente retorcida crello que Martina andaba en celo
Leticia Contreras
Martina y Derek beamos como se llevan en su primer dia
Leticia Contreras
Marina con nin̈ero aver que pasa promete ser buena historia
Graciela Saiz
cada vez me cae peor , mujer estúpida 😏
Cliente anónimo
Esta novela se trata de guerras de magia más que todo, mucha descripción de armamentos y aviones y vehículos de guerras que una persona normal no entiende,
Cliente anónimo
Dereck tiene tiene rayos inflsrojos en los ojos
Graciela Saiz
ella no lo merece, es una soberbia 😏
Cliente anónimo
La verdad que Martina no actúa como hija de un jefe de la mafia, no piensa con la mente, piensa en su orgullo herido
Cliente anónimo
Me parece la posición de Martina absurda
Cliente anónimo
Ya Martina no tiene que oponerse al enlace
Cliente anónimo
Hasta cuando va a esconder su verdadera identidad?
Cliente anónimo
Le faltó más romance en esa entrega, 🥰 una relación entre romance y mafia
Graciela Saiz: falto detalles autora! arranco bien ! y después te me quedaste ! falto pasión , fuego! 🔥🔥🔥🔥🫠🫠🫠🫠😜
total 1 replies
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