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La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Hijo/a genio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.

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Capítulo 11

Los ojos dorados del Emperador la recorrieron de pies a cabeza con fría indiferencia. Ese instante, congelado en la memoria de Evelyn, fue más lacerante que cualquier reprimenda o castigo físico. No había ira, no había decepción, ni siquiera una pizca de curiosidad. Solo un vacío abismal, un reconocimiento puramente superficial de su existencia, como si fuera una pieza de mobiliario inesperada, una mancha que apenas merecía ser procesada por su mirada. Era la indiferencia más absoluta, la negación más profunda de su ser, y para Evelyn, la mujer que había sido, la experiencia de ser borrada de esa manera era casi insoportable. Sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, que el suelo se hundía bajo sus pies descalzos, arrastrándola de nuevo al abismo de la invisibilidad del que había luchado con tanta ferocidad por escapar.

Regresó a su habitación del ala oeste como un fantasma, el eco de la voz fría del Emperador martilleando en sus sienes. El largo trayecto de vuelta, por los majestuosos corredores del ala principal, luego por los intrincados pasillos del Palacio de Cristal y finalmente por las penumbras de los pasadizos de servicio, fue un borrón de agotamiento y frustración. Sus pequeños pies, magullados y doloridos por la aventura, apenas la sostenían. Cada paso era un esfuerzo titánico, una batalla contra el deseo de simplemente derrumbarse y llorar. Pero las lágrimas, que habían sido una herramienta en su encuentro, ahora se sentían como una debilidad que no podía permitirse.

Al llegar a su habitación, la puerta chirrió con la familiaridad de una vieja amiga. Se cerró detrás de ella con un *clack* hueco que resonó en el silencio, sellándola de nuevo en su prisión olvidada. El aire, antes un bálsamo de privacidad, ahora se sentía pesado, cargado con el peso de su fracaso, o al menos, de su victoria a medias. Se dejó caer sobre la cama de seda, el contacto suave del tejido una bendición para su cuerpo agotado. Pero la mente de Evelyn, una fuerza imparable incluso en la derrota, no le permitía descansar.

Recostada en la oscuridad, con los ojos bien abiertos, revivió cada segundo de la interacción. La imponente figura del Emperador. El olor a pergamino y poder. La reacción de miedo del Chambelán. Y, por encima de todo, esa mirada. La indiferencia. Era un muro infranqueable, más alto y más frío que cualquier pared de piedra. ¿Cómo se derretía un témpano de hielo que ni siquiera se inmutaba con el fuego?

"No hay cuentos aquí, Princesa. Este es un lugar de trabajo." La frase, pronunciada con una sequedad brutal, resonaba. Él no la había visto como una hija, sino como una interrupción, una "trivialidad". La orden de los cuentos no había sido un gesto de cariño, sino un intento de deshacerse de una molestia, de restaurar el orden. Esa era la cruda realidad.

Sin embargo, en medio de la desolación, un rayo de lógica adulta se abrió paso. No la había castigado. No la había desterrado. No la había entregado a la Emperatriz. Y, lo más importante, había *respondido* a su petición. Aunque fría y desapegada, fue una respuesta. Un hilo delgado, casi invisible, pero un hilo al fin y al cabo. Y Evelyn, la mujer de negocios, sabía que incluso el hilo más débil podía tejerse en una red si se usaba con astucia.

El sol comenzaba a filtrarse por las pequeñas rendijas de la ventana, pintando las paredes con un gris pálido. Evelyn se había quedado dormida en algún momento, un sueño superficial e inquieto, lleno de fragmentos de su vida pasada y de esta nueva, con el rostro impasible del Emperador como figura central. Cuando despertó, el hambre era una punzada brutal que la arrancó de la inconsciencia. Pero esta vez, el instinto de supervivencia era más fuerte que el pánico.

Se levantó, su cuerpo aún adolorido pero con una renovada determinación. Necesitaba alimento, y más importante aún, necesitaba información. La cocina de servicio, su pequeño oasis de furtiva nutrición, era su primer destino. Mientras masticaba lentamente un trozo de pan seco, sus ojos escudriñaban el entorno, su mente calculando cada posibilidad.

La promesa de los cuentos. Esa era su palanca. Su excusa para futuros encuentros, para ser "vista" de una manera menos intrusiva. Pero no podía ser una intrusa que pedía cosas. Tenía que ser... algo más. Algo que el Emperador no pudiera simplemente descartar.

Pasaron varias horas. El hambre de Evelyn fue satisfecha con un segundo "robo" de la cocina. El día avanzaba con la lentitud desesperante de un reloj de arena roto. La soledad de su habitación era un recordatorio constante de su precariedad. Se sentía como una planta olvidada en un rincón oscuro, esperando marchitarse. Pero una voz interior, la de su yo adulto, le gritaba que no podía permitirse tal lujo. Tenía que ser proactiva. Tenía que planear.

Alrededor del mediodía, un suave golpe en la puerta, apenas perceptible, la sacó de sus cavilaciones. Evelyn se tensó. ¿Quién podría ser? Su corazón martilleó contra sus costillas. Se acercó a la puerta con cautela, sus pequeños oídos pegados a la madera. Otro golpe, más fuerte esta vez, pero aún respetuoso.

—¿Princesa Evelyn? —Una voz masculina, suave y ligeramente nerviosa, resonó al otro lado. —Soy el Chambelán, por orden de Su Majestad.

Evelyn sintió una mezcla de alivio y una punzada de pánico. El Chambelán. La había encontrado. Eso significaba que la orden del Emperador se estaba ejecutando.

Abrió la puerta solo un poco, asomando un ojo. Vio al Gran Chambelán, vestido con sus túnicas de erudito, de pie en el pasillo. A su lado, un sirviente con uniforme más sencillo sostenía una pila de libros. Eran muchos libros. Más de los que Evelyn, en su cuerpo de cinco años, podría cargar. Algunos eran pequeños, con ilustraciones coloridas. Otros, más grandes y gruesos, con tapas de cuero.

El rostro del Chambelán estaba pálido, sus ojos revelaban una mezcla de nerviosismo y una extraña curiosidad. Él, sin duda, estaba aún perplejo por la aparición de la princesa olvidada en el estudio del Emperador.

—Princesa Evelyn —dijo el Chambelán, inclinando ligeramente la cabeza. Su voz era formal, pero había una pizca de incomodidad en su tono. —He cumplido con la orden de Su Majestad. Aquí están los volúmenes de cuentos que solicitó.

Evelyn, con sus ojos grandes y azules, se fijó en los libros. El brillo de las tapas, el olor a papel nuevo, la promesa de historias. Por un momento, la mujer adulta se sintió invadida por la emoción de la niña. Era un regalo. Un verdadero regalo, a pesar de su origen frío.

—Gracias, señor Chambelán —dijo Evelyn, su voz infantil sonando dulce y clara. Hizo una pequeña reverencia, un gesto que esperaba que pareciera apropiado para una princesa, aunque fuera una olvidada.

El Chambelán pareció ligeramente sorprendido por la cortesía. Era evidente que no esperaba tal formalidad de una niña pequeña, especialmente de una que había irrumpido en el estudio imperial.

—No hay de qué, Princesa —respondió el Chambelán, recuperando la compostura. —Por orden de Su Majestad, estos libros serán suyos. Si necesita más, solo tiene que... —Dudó, como si no supiera cómo una princesa olvidada podría comunicarse con él. —...hacérnoslo saber.

Evelyn, captando su dilema, sonrió ligeramente. Una sonrisa inocente, pero con un toque de la astucia de su yo adulto.

—Podría... podría dejar una nota en la puerta, señor Chambelán —sugirió. —Siempre me ha gustado escribir.

La mentira era ingeniosa. "Siempre me ha gustado escribir" era una verdad para la mujer adulta, no para la niña. Pero en ese momento, sonó convincente. El Chambelán pareció ponderar la idea.

—Muy bien, Princesa. Un sirviente pasará por aquí cada mañana para ver si hay alguna nota. ¿Le parece adecuado?

—Perfecto, señor Chambelán —respondió Evelyn, su voz dulce como la miel.

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