«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 10
El agua caliente me cubrió hasta el pecho en una ola de vapor denso y aromático.
Solté un jadeo al sentir el ardor en las raspaduras de mis rodillas y en las marcas que la fuerza de Li Yan me había dejado en la piel. Pero el choque térmico fue nada comparado con lo que vino un segundo después: él no me soltó. Con sus pantalones oscuros empapándose al instante, Li Yan se metió dentro de la tina de madera de cedro, acomodándose detrás de mí y obligándome a apoyar la espalda directamente contra su pecho desnudo y mojado.
El agua se desbordó por los bordes con un chapoteo pesado, derramándose sobre las tablas del suelo.
—Quédate quieta —gruñó él en mi oído, pasando un paño de lino suave humedecido con aceites medicinales por mi hombro, borrando las manchas de sangre ajena con una paciencia áspera, casi torpe.
Sus brazos anchos me rodeaban por completo. Sentía cada cicatriz de su torso contra mi piel húmeda, el calor sofocante de su respiración moviéndome el pelo pegado a la nuca y el latido firme y pesado de su corazón en mi espalda. A pesar de la violencia que acabábamos de vivir hace apenas unos minutos, estar dentro de esa agua con él se sentía asfixiantemente íntimo.
Tragué saliva, reuniendo el coraje que me quedaba antes de que el vapor me nublara el juicio.
—Li Yan —dije, tratando de que mi voz no temblara.
El movimiento del paño sobre mi brazo se detuvo.
—¿Qué?
Giré apenas el rostro hacia atrás, lo suficiente para ver su mandíbula cuadrada, goteando agua, y esos ojos negros que me miraban con una fijeza peligrosa.
—Dijiste que no me dejarías salir de este palacio —solté, apretando los dedos contra el borde de la madera sumergida—. Dijiste que soy tu prisionera, tu vidente y la única que calma la locura de tu cabeza.
—Y no mentí en ninguna de esas palabras —respondió él sin titubear, dejando caer el paño al agua y deslizando una mano grande por mi costado mojado, apretándome contra su abdomen duro con una posesividad que me encendió el vientre de nuevo—. Te quedarás aquí. En mis aposentos. En mi lecho.
—Entonces tendrás que pagar mi precio —le espeté de frente.
Una sombra de asombro cruzó las facciones duras de Li Yan, seguida por una sonrisa torcida, burlona y cargada de soberbia imperial.
—¿Un precio? —susurró, inclinándose hasta que sus labios húmedos rozaron la curva de mi mandíbula, arrancándome un estremecimiento que intenté ocultar con rabia—. Las mujeres en este imperio se arrastran por una sola noche en mis aposentos, Lian. Te acabo de salvar de un escuadrón de la muerte, te alimento con plata y duermes sobre seda. ¿Y te atreves a ponerme condiciones?
—No soy ninguna de tus cortesanas muertas de miedo —repliqué, girándome en el agua a pesar del espacio estrecho, clavándole los ojos con todo el fuego que tenía dentro—. Si tengo que quedarme en esta jaula de oro, si tengo que abrirte la puerta a mis visiones cada vez que el imperio se te caiga a pedazos y dejar que me toques cada noche para que puedas dormir... deja que mi madre venga aquí.
El rostro de Li Yan perdió la burla de golpe. Sus ojos se entrecerraron, afilándose como dos hojas de afeitar.
—Tu madre.
—Está enferma —continué sin bajar la voz, aprovechando que no me había interrumpido de inmediato—. Apenas puede respirar en el invierno de la aldea y los soldados destrozaron nuestro taller para traerme aquí. Si la dejas allá sola, morirá antes de que termine el mes. Tráela a la capital. Asígnale un pabellón tranquilo en los jardines exteriores con médicos y medicinas del palacio. Solo entonces tendrás mi cooperación.
El silencio que siguió fue denso. El agua humeante comenzaba a enfriarse poco a poco mientras Li Yan me sostenía la mirada, evaluándome como si estuviera calculando una jugada en un tablero de guerra.
Su mano derecha salió del agua, goteando sobre mis clavículas desnudas, y sus dedos largos subieron hasta enredarse en mi cabello mojado, tirando suavemente hacia atrás para dejar mi garganta completamente expuesta.
—Eres demasiado insolente para ser una simple campesina —murmuró con voz baja, oscura y vibrante—. Me pides que traiga a una plebeya enferma a los terrenos sagrados de la corte. Los ministros que aún respiran se arrancarán las barbas de la indignación.
—Tú cortas cabezas de ministros como si fueran espigas de trigo —le recordé con desdén—. ¿Desde cuándo te importa lo que piensen unos viejos con túnicas de seda?
Li Yan soltó un gruñido bajo en la garganta, casi divertido por la verdad cruda de mis palabras. Su pulgar acarició mi labio inferior, presionando apenas para hacerme entreabrir la boca.
—Tienes razón. No me importa la corte —dijo, y la distancia entre nuestros rostros se redujo a la nada—. Pero en mi palacio nada es gratis, mi pequeña vidente. Si traigo a tu madre y pongo a los mejores médicos reales a su servicio... tu deuda conmigo se multiplicará por diez.
—Ya me tienes encerrada aquí —dije, sintiendo cómo el calor de su cuerpo me volvía a nublar los sentidos a pesar de la frialdad de la conversación.
—No me basta con tenerte encerrada —susurró él, y su boca bajó de golpe hacia mi cuello, mordiéndome con la fuerza justa para arrancarme un gemido que resonó en la madera de la tina—. Quiero tu lealtad absoluta. Cuando me toques, no quiero que escondas lo que ves. Y cuando entres a mi cama, no quiero que pienses en huir. Pertenecerás a este palacio, a este trono... y a mí. De por vida.
El pulso me latía desbocado en la garganta. La exigencia era una condena; aceptar significaba entregarle cada rincón de mi libertad al hombre más temido del continente.
Pero en mi memoria apareció el rostro pálido y consumido de mi madre, tosiendo sangre sobre el jergón de paja de nuestra choza. No había otra opción.
—Tráela primero —exigí entre dientes, sosteniendo el dolor punzante y delicioso de su boca contra mi piel—. Cuando vea a mi madre instalada y atendida por tus médicos, Li Yan... entonces haré lo que me pidas.
Li Yan levantó la cabeza despacio. Había un brillo de triunfo salvaje en el fondo de sus ojos oscuros, pero también una satisfacción extraña, como si por fin hubiera encontrado la forma de atarme a su lado para siempre.
—Hecho —sentenció, con una voz que selló el pacto como si fuera un decreto imperial en sangre—. Al amanecer, un destacamento de la guardia de élite saldrá hacia tu aldea con un carruaje cubierto y dos galenos de la corte. Antes de que caiga la noche, tu madre estará en el Pabellón de los Cerezos.
—Gracias... —el susurro casi se me escapó antes de que pudiera frenarlo.
Li Yan soltó una risa baja y áspera, y antes de que pudiera parpadear, sus manos me levantaron por la cintura dentro del agua, sentándome directamente sobre sus muslos duros. La fricción repentina de su piel caliente contra la mía me hizo soltar un grito ahogado.
—No me des las gracias todavía, Lian —murmuró él, con los ojos ardiendo en un hambre que no se había apagado ni con la sangre ni con el agua—. Te dije que la deuda se pagaba aquí. Y todavía no hemos terminado con la noche.