Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22
Ayla subió aún más temprano.
El sol ni siquiera había empezado a teñir las cúpulas. Yusuf ya la esperaba. Esta vez no caminó detrás: caminó a su lado. El pasillo de los médicos olía a hierbas recién cortadas y a tensión. El eunuco anciano estaba despierto. Los miró pasar sin decir nada.
Kael ya estaba en la silla. Vestía la misma túnica oscura del día anterior. Tenía el rostro más cansado, pero los ojos claros.
—Hoy vuelven —dijo apenas ella entró—. Y no van a pedir. Van a exigir.
Ayla asintió. Dejó la bandeja y se sentó otra vez en el rincón, junto al biombo. Yusuf cerró la puerta y se quedó fuera.
No tardaron.
Los pasos fueron más numerosos. Zahir entró primero, seguido de Hamid, tres miembros del consejo y dos guardias. Esta vez no traían solo un pergamino. Traían varios. Y una caja de madera con el sello real visible.
Zahir no sonrió.
—Padre. El consejo ha decidido que la situación no puede continuar. O firmas el decreto de mando temporal, o firmamos nosotros la declaración de incapacidad en tu nombre.
Kael lo miró sin parpadear.
—Ninguna de las dos.
Hamid dio un paso adelante.
—Su Majestad, el imperio necesita un mando claro. Las fronteras del norte ya están inquietas. Los comandantes preguntan quién da las órdenes.
—Yo doy las órdenes —contestó Kael—. Desde esta silla. Con esta voz. Y mientras pueda hablar, nadie firma por mí.
Zahir dejó la caja sobre la mesa.
—Entonces el consejo procederá sin tu consentimiento. Es la ley.
Kael se inclinó un poco hacia adelante. El movimiento le costó.
—La ley dice que el sultán tiene que estar incapacitado de juicio, no de piernas. Yo pienso. Yo hablo. Yo rechazo. Si quieren saltarse eso, que lo hagan abiertamente. Que digan delante de todo el palacio que están usurpando el trono.
Hubo un silencio largo. Uno de los miembros del consejo miró al suelo. Hamid abrió la boca y la cerró. Zahir apretó la mandíbula.
—Esto no se va a quedar así —dijo al fin—. Mañana traeré a los médicos de la corte. Y a más testigos. Y si hace falta, al ejército de la capital.
—Hazlo —contestó Kael—. Yo seguiré aquí.
Zahir miró una vez más alrededor de la habitación. Sus ojos se detuvieron otra vez en el biombo. Esta vez no sonrió. Solo sostuvo la mirada unos segundos hacia donde estaba Ayla, como si pudiera verla a través de la tela.
Después giró sobre sus talones y salió. Los demás lo siguieron. La puerta se cerró con un golpe seco.
Kael dejó salir el aire. Se pasó una mano por la cara. Ayla se levantó y se acercó.
Él la miró.
—Cada día que resisto, él se pone más peligroso. Para mí. Y para ti.
Ayla tomó el carbón y escribió en el tablero:
**Que venga.**
Kael leyó. Después negó despacio, pero había algo parecido a respeto en su cara.
—Siéntate. Quédate. Hoy tampoco quiero estar solo.
Ayla se sentó a su lado. El sol empezaba a entrar por la ventana. Afuera se oían voces alejándose. Dentro, solo el silencio de los dos y el temblor leve de las manos de Kael sobre la manta.
Zahir había vuelto a perder.
Pero la próxima vez ya no pediría.
Exigiría.
Y ella seguiría en el mismo rincón.
Callada.
Lista.