Mateo Rivera es el capitán del equipo de fútbol: impulsivo, extrovertido y el centro de atención donde sea que va.
Izan Vogel es el capitán del equipo de natación: metódico, reservado y obsesionado con el control perfecto de su vida.
Para ellos, el instituto siempre ha sido un terreno de juego dividido en dos mundos que nunca deberían cruzarse. Pero cuando un recorte de presupuesto los obliga a compartir instalaciones y organizar juntos la Gala del colegio, la rivalidad entre ambos explota.
Lo que empieza como una tregua forzada a regañadientes se convierte rápidamente en una tensión difícil de ignorar. Entre vestidores vacíos, competencias decisivas y miradas que dicen más de lo que admiten, descubrirán que la distancia más peligrosa no está en el marcador, sino entre los dos.
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EXTRA 2: Dos deportes, un mismo hogar
Perspectiva de Izan Vogel
Si había algo que podía arruinar mi primer mes de universidad, era descubrir que Mateo Rivera consideraba opcional cualquier horario que no hubiera elaborado él mismo.
Aquella mañana, mi entrenamiento de natación terminaba a las diez, mientras que el suyo de fútbol comenzaba a las nueve y media. Habíamos acordado salir juntos del apartamento, pero Mateo había olvidado que debía recoger unos documentos antes de dirigirse al campo.
—¡Izan, necesito cinco minutos! —gritó desde el dormitorio.
Miré el reloj.
—¡Llevas quince diciendo lo mismo!
Mateo apareció con la mochila abierta y una camiseta deportiva en la mano.
—No encuentro mis documentos.
—Están en la carpeta azul que dejaste sobre la mesa.
Se quedó inmóvil.
—A veces me pregunto cómo sobrevivo sin ti.
—Yo me pregunto lo mismo todos los días.
—Mateo soltó una carcajada y me dio un beso rápido antes de salir corriendo a buscar sus cosas.
Aunque no lo admitiera, aquellas pequeñas escenas empezaban a convertirse en parte de mi rutina favorita.
Perspectiva de Mateo Rivera
El problema no era que Izan tuviera razón. El problema era que siempre encontraba la manera de recordármelo.
Después del entrenamiento, recibí un mensaje suyo mientras descansaba en el vestuario.
Izan: ¿A qué hora vuelves?
Yo: En unos cuarenta minutos.
Izan: Dijiste lo mismo hace una hora.
Yo: El entrenador decidió prolongar la sesión.
Izan: ¿Y avisarme era demasiado complicado?
Dejé escapar un suspiro. No quería que nuestras agendas se convirtieran en una fuente constante de discusiones, especialmente ahora que vivíamos juntos.
Yo: Tienes razón. Lo siento. La próxima vez te aviso.
Su respuesta tardó unos minutos.
Izan: Gracias. Te guardaré comida.
Sonreí al leerla.
Eso era lo que más me gustaba de nosotros. Podíamos molestarnos, discutir y tener días complicados, pero siempre encontrábamos la manera de acercarnos otra vez.
Cuando llegué al apartamento, lo encontré sentado a la mesa, con sus apuntes universitarios distribuidos en pequeñas pilas perfectamente organizadas.
—Traje algo para ti —anuncié, dejando una bolsa sobre la mesa.
Izan levantó la mirada.
—¿Qué es?
—Tu café favorito. Como disculpa oficial.
Examinó el vaso y después me miró a mí.
—Acepto la disculpa. Pero necesitamos organizar nuestros horarios.
—¿Una reunión de pareja?
—Una reunión de convivencia responsable.
—Suena mucho menos romántico.
Izan se levantó, se acercó y me acomodó el cuello de la camiseta.
—Podemos hacerla romántica después.
Lo besé, sonriendo contra sus labios antes de apartarme.
—Trato hecho, capitán.
Aquella noche nos sentamos juntos en el sofá, comparando nuestros horarios de clases y entrenamientos. Descubrimos que tendríamos pocas tardes libres, pero también encontramos pequeños espacios para compartir desayunos, preparar la cena y acompañarnos cuando alguno tuviera una competición importante.
—No quiero que dejemos de hacer cosas juntos por estar siempre ocupados —admití.
Izan apoyó la cabeza en mi hombro.
—Entonces tendremos que aprender a organizarnos sin convertir nuestra relación en otra obligación.
Le tomé la mano y entrelacé nuestros dedos.
Quizá no siempre coincidiríamos en los horarios. Tal vez habría días en los que apenas tendríamos tiempo para hablar. Pero estábamos aprendiendo que amar a alguien no significaba hacer absolutamente todo juntos, sino encontrar la manera de seguir presentes incluso cuando nuestros caminos parecían ir a distintas velocidades.
Y nosotros, que antes competíamos por llegar primero a la meta, comenzábamos a comprender que lo importante ya no era quién corría más rápido, sino que ninguno tuviera que recorrer el camino sintiéndose solo.