Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
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Capítulo 21: La voz conocida
La grabadora seguía en mi mano, pesada como el plomo, mientras el silencio del mirador se volvía espeso, casi irrespirable. Lila me miraba con ojos llenos de compasión y miedo, como si supiera que lo que acababa de escuchar me destrozaría por dentro. Reproduje el fragmento una vez más, con el corazón latiéndome con violencia, esperando que al oírlo de nuevo la voz fuera diferente, que mi mente hubiera jugado conmigo. Pero no. Era la misma voz, inconfundible, cálida y familiar, la voz que me había consolado cuando perdí, que me había felicitado cuando gané, que me había dicho tantas veces «estoy orgullosa de ti».
—¿La directora? —susurré, sin poder creerlo—. ¿La directora Henderson?
Lila asintió despacio, con la cabeza baja, como si temiera mi reacción.
—Mi padre hablaba con ella. No era solo una conversación ocasional. Eran socios, Emma. Ella organizaba todo desde dentro: modificaba las calificaciones, ocultaba las denuncias, movía los hilos del consejo escolar para que nadie investigara. Cuando tú… cuando todo pasó aquella noche, ella fue quien se encargó de que se cerrara el caso rápidamente, quien dijo que fue un accidente, quien borró las grabaciones de las cámaras de seguridad. Todo lo que creíste que hizo mi padre, ella lo dirigió. Él era la cara visible. Pero ella… ella era la mente detrás de todo.
Sentí que las piernas me fallaban. Me dejé caer en el banco de piedra, la grabadora todavía apretada entre mis dedos. La directora Henderson me había recibido el primer día que llegué a la escuela. Me había animado a unirme al equipo. Me había dado consejos sobre liderazgo, sobre cómo tratar a las demás, sobre qué significaba ser una capitana. En mi vida anterior, fue ella quien me entregó el trofeo aquel último día. Fue ella quien me abrazó y me dijo que estaba destinada a hacer grandes cosas. Y todo ese tiempo… todo ese tiempo me había estado usando. Jugando conmigo. Planeando mi muerte mucho antes de que Lila me empujara.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté, con la voz quebrada—. ¿Cómo puedes estar segura? Podría ser cualquier persona. Podría ser una grabación falsa. Una trampa.
—Ojalá lo fuera —respondió Lila, con sinceridad—. Pero escucha el final.
Avancé la cinta unos segundos, y la voz de la directora volvió a sonar, esta vez con una frialdad que heló mi sangre: «La chica es brillante, pero demasiado curiosa. Si sigue haciendo preguntas, tendremos que eliminarla antes de que arruine todo. No podemos permitir que nadie descubra que el dinero de los patrocinadores no va a las becas. Si ella cae, caemos todos.» Y luego la respuesta de Márquez: «Ya lo tengo planeado. Nadie lo sabrá. Será un accidente.»
Apagué la grabadora y la dejé sobre el banco, como si quemara. No había duda. No había equivocación. La voz, las palabras, el contexto… todo encajaba. La persona que más confiaba, la figura de autoridad que admiraba, era la verdadera arquitecta de mi muerte. Y lo peor de todo: todavía estaba ahí. En su despacho, sonriendo, dando discursos sobre valores y honestidad, mientras seguía ocultando años de corrupción y crimen.
—¿Por qué no lo dijiste antes? —le pregunté a Lila, sintiendo rabia e impotencia mezcladas—. ¿Por qué no lo revelaste en el escenario? Cuando entregaste las pruebas de tu padre, ¿por qué no mencionaste a ella?
—Porque tenía miedo —admitió, con la voz temblorosa—. Ella tiene contactos, influencia, gente que le debe favores. Si la acusaba sin pruebas irrefutables, no solo no le creerían, sino que nos destruiría a todos. Mi padre iría a la cárcel, sí, pero ella saldría libre y se vengaría de mi madre, de mí, de cualquiera que se atreviera a señalarla. Necesitaba estar segura. Necesitaba saber que quien la enfrentara no se dejaría intimidar. Y pensé que eras tú.
—¿Y ahora qué? —dije, mirándola—. ¿Qué hago con esto? Si voy a la policía, si lo digo en la escuela, ¿quién me va a creer? Ella es la directora. Yo soy una estudiante con una grabación de dudoso origen. Podría decir que es falsa. Que la edité. Que estoy obsesionada.
—Por eso no puedes hacerlo sola —respondió Lila, acercándose un poco más—. Necesitas más pruebas. Necesitas documentos, registros, algo que confirme lo que dice la cinta. Y sé dónde están. Mi padre tenía una copia de todo: contratos, transferencias, correos, todo lo que ella creía haber borrado. Los guardaba en una caja fuerte en su estudio de la casa. Nunca se lo entregó a nadie porque quería tenerla asegurada. Era su seguro de vida. Si caía él, caía ella también.
—¿Y dónde está esa caja ahora? —pregunté, sintiendo un rayo de esperanza entre tanta oscuridad.
—En su casa —dijo Lila—. Pero la casa está vigilada. Ella sabe que mi padre tiene algo contra ella. He visto coches aparcados cerca de la casa durante días. Si voy yo, me descubren. Tienes que ir tú. Y tienes que hacerlo pronto. Porque si ella descubre que la caja sigue ahí, la destruirá para siempre. Y entonces… no habrá forma de detenerla.
Me puse de pie, mirando hacia la ciudad, donde las luces empezaban a encenderse una a una. La paz que había sentido en las últimas semanas se había desvanecido por completo. No era solo una batalla contra el pasado. Era una batalla contra alguien que vivía en el presente, que seguía tomando decisiones, que seguía controlando todo desde las sombras. Y no iba a detenerse. No cuando estaba tan cerca de que todo quedara en el olvido.
—¿Cuándo podemos ir? —le pregunté, girándome hacia ella.
—Mañana por la noche —respondió, sin dudar—. Mi madre sale de casa a las siete y no vuelve hasta las once. Tendremos cuatro horas. El código de la caja fuerte es la fecha de mi cumpleaños. Él siempre usaba fechas que nadie esperaría. No es difícil. Pero tenemos que ser rápidas. Si nos descubren, no solo perdemos las pruebas. Perdemos la oportunidad de detenerla para siempre.
Asentí, guardando la grabadora en mi bolsillo, con cuidado, como si fuera algo frágil y letal a la vez.
—Nos vemos mañana. A las siete. En la esquina de su casa. Y ven preparada. Porque si esto sale mal, no hay vuelta atrás.
—Lo sé —dijo ella, con voz firme—. Pero esta vez no voy a huir. Voy a terminar lo que empecé. Aunque me cueste todo.
Nos separamos sin decir más. Caminé de regreso a casa con la mente girando a mil revoluciones. Todo lo que creía saber sobre mi vida, sobre mi muerte, sobre la gente que me rodeaba, se había vuelto del revés. La traición no era de una sola persona. Era una red, construida con cuidado, con años de planificación, y en el centro de todo, estaba ella: la mujer que me había dado la bienvenida, que me había animado, que me había sonreído mientras firmaba mi sentencia de muerte.
Al llegar a casa, me encerré en mi habitación y saqué la grabadora otra vez. La miré largo rato, pensando en lo que significaba. Si la usaba, no solo enfrentaría a la directora. Enfrentaría a una institución, a un sistema que la protegía, a gente con poder y dinero que no dudaría en silenciarme. Pero también sabía algo: en mi vida anterior, nadie se atrevió a cuestionarla. Nadie se dio cuenta de que ella era la verdadera culpable. Y por eso, nunca hubo justicia. Esta vez, no iba a cometer el mismo error.
Saqué mi cuaderno y empecé a escribir un plan. No podía confiar en nadie sin confirmar. No podía decirle nada a Zoe, a Lucas, a nadie, hasta estar segura de quién más estaba involucrado. La traición había llegado de tan alto… ¿quién más podría estar implicado? ¿Quién más había estado cerca de mí, pareciendo amigo, mientras me usaba?
Cerré el cuaderno con fuerza y miré por la ventana, hacia la escuela que se veía a lo lejos, con sus luces encendidas, brillando con falsa inocencia. Allí estaba ella, sentada en su despacho, creyendo que todo había quedado enterrado. Pero no contaba conmigo. No contaba con que yo había vuelto, no solo para vengarme, sino para descubrir la verdad completa. Y la verdad, aunque fuera oscura y dolorosa, ya no se podía detener.