Evelyn Bellamy ha vivido toda su vida bajo un nombre que quizá nunca le perteneció. Cuando una antigua fotografía, una cinta azul y una serie de muertes inexplicables despiertan recuerdos que creía perdidos, descubre que su pasado esconde una verdad capaz de destruirlo todo. Ahora deberá descubrir quién es realmente antes de que alguien silencie la verdad para siempre.
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Capítulo 19: La verdad que dejó atrás
El carruaje se detuvo antes del amanecer.
Frente a ellas se extendía una propiedad rodeada de árboles y niebla.
La casa Valemont permanecía en pie.
Evelyn descendió lentamente.
Había imaginado aquel momento durante toda la noche.
Encontrar a su padre.
Preguntarle por qué había desaparecido.
Preguntarle por qué había dejado que Isabelle muriera.
Pero ahora que estaba allí, no sabía cuál de todas aquellas preguntas debía formular primero.
Su hermana se colocó a su lado.
—¿Estás lista?
Evelyn respiró profundamente.
—No.
—Yo tampoco.
Entraron juntas.
El interior estaba silencioso.
No parecía una casa abandonada.
Había fuego en la chimenea y comida recién preparada sobre una mesa.
Alguien vivía allí.
Una puerta se abrió al fondo del corredor.
Un hombre apareció.
Evelyn se quedó inmóvil.
Era mayor de lo que había imaginado.
Tenía el cabello oscuro atravesado por mechones grises y una expresión cansada.
Pero sus ojos...
Evelyn conocía aquellos ojos.
Los había visto en el espejo toda su vida.
El hombre tampoco pudo moverse.
Miró primero a una hija.
Después a la otra.
Y finalmente susurró:
—Mis niñas.
Evelyn sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
No corrió hacia él.
No podía.
Había demasiadas preguntas.
—¿Eres Adrian Valemont?
El hombre asintió.
—Sí.
—Entonces estás vivo.
—Sí.
Su hermana dio un paso adelante.
—¿Por qué nos abandonaste?
Adrian bajó la mirada.
—Nunca las abandoné.
—Nos dejaste creer que estabas muerto.
—Porque era la única manera de mantenerlas con vida.
Evelyn apretó los puños.
—Eso no explica a nuestra madre.
Adrian cerró los ojos.
Aquella pregunta parecía ser la que más temía.
—Isabelle murió porque regresó por ustedes.
—¿Regresó de dónde?
—De Francia.
Evelyn frunció el ceño.
—¿Por qué volvió?
—Porque descubrió que Edward había encontrado el registro original.
—¿Y tú?
—Intenté detenerlo.
Adrian caminó hasta una mesa y tomó un documento.
—Aquella noche no estaba con ustedes porque Edward me había tendido una trampa. Me hizo creer que tenía a Isabelle.
Evelyn lo miró fijamente.
—¿La tenía?
—No.
—Entonces, ¿dónde estaba ella?
Adrian tardó unos segundos en responder.
—Con Thomas.
Evelyn recordó al hombre de la casa Laurent.
—¿Él la ayudó?
—Sí.
—¿Y qué ocurrió?
Adrian dejó el documento sobre la mesa.
—Isabelle consiguió sacar a Evelyn de la casa.
La verdadera Evelyn bajó la mirada.
—¿Y a mí?
Adrian la miró.
—A ti te llevó Thomas.
Evelyn sintió que una pieza encajaba.
—Por eso recordaba su voz.
—Sí.
Adrian respiró profundamente.
—Cuando Edward descubrió que las dos habían sobrevivido, comenzó a buscarlas.
—¿Y tú qué hiciste?
—Hice un trato.
Evelyn frunció el ceño.
—¿Con quién?
—Con los Vale.
Alistair levantó la cabeza.
Adrian continuó.
—A cambio de mantenerlas ocultas, entregué la única copia que tenía del registro.
—¿Mentiste para salvarnos?
—Sí.
Evelyn sintió que la rabia que había llevado durante años comenzaba a perder fuerza.
Pero todavía quedaba una pregunta.
—¿Por qué murió mamá?
Adrian se quedó en silencio.
Finalmente respondió:
—Porque regresó por mí.
Evelyn no entendió.
—¿Qué?
—Isabelle sabía que Edward me había encontrado. Intentó sacarme del país.
—¿Y no pudo?
—No.
Adrian bajó la mirada.
—Edward la encontró antes.
Su hermana se acercó.
—Entonces la carta decía la verdad.
—¿Qué carta?
Evelyn sacó la que había encontrado en la casa.
Adrian la leyó.
Cuando terminó, sus manos temblaban.
—Ella nunca quiso que supieran esto.
—Pero ahora lo sabemos.
Adrian asintió.
—Entonces ha llegado el momento.
Abrió un cajón y sacó un documento.
Era el registro original.
Pero no contenía solamente nombres.
También tenía una confesión firmada.
Edward Laurent había admitido haber falsificado documentos, apropiado propiedades y provocado el incendio que separó a las hermanas.
Evelyn lo leyó lentamente.
Por primera vez, el enemigo tenía un rostro y una prueba.
No era una leyenda familiar.
No era una sospecha.
Era una verdad documentada.
Su hermana tomó el documento.
—Esto termina aquí.
Adrian negó.
—No.
Evelyn lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—Edward sigue vivo.
—¿Dónde?
Adrian señaló la ventana.
A lo lejos, junto al camino, apareció un carruaje negro.
—Viene por ustedes.
Evelyn miró a su hermana.
Esta vez ninguna retrocedió.
Habían pasado trece años separadas.
Habían descubierto quiénes eran.
Habían recuperado la verdad.
Y ahora, por primera vez, podían enfrentarse juntas al hombre que había construido la mentira.
Adrian tomó una pistola de la mesa.
—No saldrán por la puerta principal.
Alistair se acercó.
—Entonces, ¿por dónde?
Adrian abrió una puerta oculta detrás de una estantería.
—Por el camino que Isabelle preparó para ustedes.
Evelyn miró hacia el carruaje que se aproximaba.
—No.
Todos la miraron.
—No voy a seguir huyendo.
Su hermana se colocó a su lado.
—Yo tampoco.
Evelyn tomó el documento.
—Esta vez él tendrá que venir a buscarnos.
Afuera, el carruaje se detuvo.
Una figura descendió.
Evelyn reconoció aquel rostro de inmediato.
Era el hombre de la fotografía.
El hombre que había estado detrás de todas las mentiras.
Edward Laurent.
Y por primera vez, no tenía dónde esconderse.