Helena De la Vega está dispuesta a todo con tal de no presenciar el día más infeliz de su vida: la boda del hombre que ama con su propia hermana. Desesperada y sin medir las consecuencias, recurre a Leonardo de la Torre, su leal amigo de la infancia y el único hombre con el poder suficiente para desatar una tormenta de celos.
El trato es simple: fingir un romance apasionado frente a las cámaras de la alta sociedad.
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Capitulo 1
El sobre era de un papel tan grueso que parecía tallado en marfil, sellado con cera dorada y estampado con las iniciales interconectadas en un elegante relieve: V & M.
Victoria y Mateo.
Helena De la Vega sostuvo la invitación entre sus dedos perfectamente manicurados, sintiendo cómo el borde afilado del papel amenazaba con cortarle la piel. La luz cálida del tocador reflejaba su rostro en el espejo, pero apenas se reconocía. Sus ojos avellana, habitualmente chispeantes, estaban oscurecidos por una mezcla de rabia sofocante y un vacío que amenazaba con tragársela entera.
Apenas tres meses atrás, Mateo la miraba como si fuera la única mujer sobre la faz de la Tierra. Le acariciaba la espalda por debajo de la ropa en los pasillos oscuros de las galas, besaba su cuello detrás de los cortinajes del club campestre y le prometía un futuro juntos mientras los dedos de ambos se entrelazaban en secreto. Pero la alta sociedad no perdonaba, y Victoria, su hermana mayor —la perfecta, la intachable, la heredera primogénita—, siempre obtenía lo que quería. Y lo que Victoria quería, lo tomaba sin pedir disculpas.
—Helena, cariño, vas a llegar tarde. Tu hermana ya está en el salón principal con Mateo —la voz de su madre flotó desde el pasillo, dulce y totalmente ajena al veneno que corría por las venas de su hija menor.
Helena soltó la invitación sobre la mesa. Se puso de pie y dejó que el vestido de seda negra se deslizara por sus curvas como una segunda piel. Era un diseño provocativo, casi una bofetada a las reglas no escritas de la élite de la ciudad: escote profundo en la espalda, una abertura sensual en la pierna izquierda que revelaba lo justo con cada paso y un color que desentonaba deliberadamente con la paleta de tonos pastel que su madre le había sugerido. Si iba a presenciar el principio de su propia ruina, no lo haría pasando desapercibida.
Aplicó un toque final de lápiz labial rojo pasión, respiró hondo y bajó las escaleras.
El gran salón de los De la Vega resplandecía bajo arañas de cristal enormes. El murmullo de la música de cámara y las risas ensayadas de la aristocracia local llenaban el ambiente. Champán caro, perfumes carísimos y sonrisas falsas.
Y allí estaba él.
Mateo vestía un traje a medida que resaltaba sus hombros anchos y su porte impecable. Tenía esa sonrisa fácil que a Helena solía volverla loca, esa que antes solo le dedicaba a ella en la intimidad. Pero en ese momento, su mano descansaba con posesiva soltura en la cintura de Victoria. Victoria reía, luciendo un anillo de diamante tan grande que parecía pesarle en el dedo, reclinándose contra el pecho de Mateo con una devoción fingida que a Helena le dio náuseas.
Helena caminó hacia el bar, sintiendo el roce de la seda contra sus muslos y las miradas curiosas de los invitados. No tardó en llamar la atención. Mateo giró la cabeza justo cuando ella tomaba una copa de cristal fino de la bandeja de un camarero. Sus miradas se cruzaron en el aire, tensando el ambiente al instante.
Por un segundo, la sonrisa de Mateo se congeló. Sus ojos recorrieron a Helena de arriba abajo, deteniéndose en el escote pronunciado de su espalda y en la piel desnuda que quedaba al descubierto con la abertura del vestido. Un destello de algo primario —deseo, culpa, posesión frustrada— cruzó por la mirada del prometido de su hermana. A Helena no se le escapó. La piel se le erizó, no por timidez, sino por la adrenalina que encendió cada rincón de su cuerpo. El fuego seguía ahí. Él aún la deseaba, aunque estuviera a punto de jurarle fidelidad eterna a su hermana.
—Veo que decidiste vestirte para un funeral —dijo una voz baja y masculina a su lado, tan cerca que sintió la tibieza de su aliento contra la oreja.
Helena no necesitó girarse para saber de quién se trataba, pero el aroma a madera de sándalo y cuero caro la hizo estremecer involuntariamente.
—Es un funeral, ¿no? —respondió ella en un susurro cargado de amargura, dando un sorbo a su champán sin perder de vista a la pareja feliz—. El de mi cordura.
Mateo la observaba fijamente desde el otro lado del salón, ignorando por un momento lo que Victoria le decía al oído. La atracción reprimida entre ellos flotaba en el aire como una corriente eléctrica ready para estallar en cualquier momento. Helena apretó los dedos alrededor de la copa. Recordó la textura de las manos de Mateo en su cintura, la presión de sus labios contra los suyos en las noches de verano, el calor sofocante de los besos a escondidas. Pensar que ahora todo eso le pertenecería a Victoria le provocó un punzazo físico en el estómago, un dolor seco que se transformó rápidamente en una ira abrasadora.
No podía permitirlo. No iba a quedarse de brazos cruzados viendo cómo destruían su vida mientras la sociedad aplaudía el compromiso perfecto.
—Te estás haciendo daño a ti misma mirando —continuó la voz a su lado, un tono firme pero impregnado de un matiz indescifrable—. Él tomó su decisión, Helena. Deberías tomar la tuya.
Helena finalmente se giró para mirar al hombre a su lado. Era alto, de facciones marcadas y una mirada oscura que parecía capaz de leer cada uno de sus pensamientos más turbios. Portaba la elegancia innata de quien nació para dominar.
—No voy a dejar que se salgan con la suya —murmuró Helena, inclinándose apenas un milímetro hacia él, dejando que la cercanía física acentuara la tensión—. Mateo me mira y todavía me quiere a mí. Lo veo en sus ojos. Se está ahogando en su propio compromiso.
—Las miradas no cambian los contratos ni los matrimonios de conveniencia, dulce Helena —dijo él, esbozando una sonrisa helada que no llegó a sus ojos—. Si quieres desarmar a un hombre como Mateo, no basta con provocarlo con un vestido bonito. Tienes que golpearlo donde más le duele: en su orgullo.
Las palabras calaron hondo en la mente de Helena. Su corazón latía desbocado contra sus costillas. Miró nuevamente hacia Mateo, quien continuaba desviando la mirada hacia ella cada vez que Victoria no lo observaba. Los celos estaban ahí, latentes, esperando una chispa para convertirse en un incendio.
Si Mateo pensaba que podía cambiarla por su hermana y mantenerla como un recuerdo silencioso en el fondo de sus pensamientos, estaba muy equivocado. Helena iba a hacer que cada día previo a esa boda fuera un infierno para él. Iba a demostrarle lo que había perdido, iba a obligarlo a mirar lo que no podía volver a tocar hasta que la desesperación lo hiciera suplicar.
—Tienes razón —susurró Helena, apoyando una mano sobre el brazo del hombre a su lado, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela de la chaqueta. Un chispazo de electricidad extraña recorrió su brazo al tocarlo, pero lo pasó por alto, cegado por su propia determinación—. No voy a llorar por él. Voy a hacer que él llore por mí.
Apretó los labios, saboreando el matiz amargo de la copa de champán y el sabor metálico de la venganza. La guerra acababa de comenzar, y Helena De la Vega no tenía la menor intención de rendirse.