Josué Elian Morel solo quería empezar de nuevo.
Mudarse al Residencial Horizonte 9 parecía una buena idea... hasta que sus vecinos decidieron convertirlo en el principal sospechoso de absolutamente todo.
Una señora con demasiado tiempo libre, un anciano filósofo, un millonario excéntrico y una ilustradora que siempre aparece en sus peores momentos están convencidos de que oculta algo.
El problema es que Josué no es un villano.
Tiene muy mala suerte.
Aunque, siendo honestos...
ya está cansado de intentar explicarlo.
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Capítulo 16: El Retrato
Había una regla muy simple en el apartamento 507.
Nadie podía entrar al estudio de Aileen mientras ella estuviera dibujando.
Ni vecinos.
Ni amigos.
Ni repartidores.
Ni siquiera el internet, cuando decidía fallar.
Porque, cuando Aileen dibujaba...
el mundo desaparecía.
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Aquella mañana, sin embargo...
no podía concentrarse.
Cada vez que intentaba terminar una ilustración...
su mente regresaba al festival.
Al dinosaurio de peluche.
Y a la sonrisa de Josué cuando se lo había entregado.
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—Concéntrate...
—se dijo a sí misma.
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Tomó el lápiz.
Comenzó a dibujar.
Sin pensar demasiado.
Solo dejando que la mano se moviera.
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Treinta minutos después...
levantó la vista.
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Se quedó completamente inmóvil.
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En la hoja...
había dibujado el rostro de Josué.
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Silencio.
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—¿Qué...?
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Parpadeó varias veces.
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—No...
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Cubrió el dibujo con otra hoja.
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—Nadie puede ver esto.
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Al mismo tiempo...
en el apartamento 908...
Josué intentaba cocinar.
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Era una receta sencilla.
Pasta.
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Según internet...
tardaría quince minutos.
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Treinta minutos después...
seguía preguntándose por qué la cocina parecía un campo de batalla.
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La cafetera emitió un sonido extraño.
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—No te burles.
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Sonó el timbre.
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Era Don Aurelio.
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—Buenos días, muchacho.
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—Buenos días.
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El anciano olió el aire.
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—¿Estás cocinando...
o haciendo un experimento?
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Josué suspiró.
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—Las dos cosas.
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Don Aurelio soltó una carcajada.
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—Ven.
Te enseñaré cómo se prepara una buena pasta.
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Una hora después...
la cocina olía increíble.
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—¿Ves?
—dijo Don Aurelio.
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—La comida necesita paciencia.
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Josué sonrió.
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—Gracias.
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—No me des las gracias.
Invítame cuando aprendas a cocinar solo.
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Mientras tanto...
Aileen seguía mirando el retrato escondido.
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No entendía por qué lo había dibujado.
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Llamaron a la puerta.
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Era Clara, la administradora.
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—¿Puedo pasar?
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—Claro.
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Clara observó el estudio.
Había hojas por todas partes.
Pinturas.
Lienzos.
Y una hoja escondida debajo de otras.
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—¿En qué trabajas?
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Aileen respondió demasiado rápido.
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—¡En nada!
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Silencio.
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Clara sonrió.
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—Eso sonó muy sospechoso.
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Aileen se puso nerviosa.
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—Es solo un boceto.
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Clara caminó hacia la mesa.
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Antes de que Aileen pudiera detenerla...
levantó la hoja.
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Apareció el retrato.
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Un dibujo detallado de Josué.
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Clara abrió lentamente los ojos.
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—Vaya...
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Aileen sintió que quería desaparecer.
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—No es lo que parece.
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Clara levantó una ceja.
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—¿Ah, no?
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—Solo estaba practicando rostros.
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—¿Y casualmente salió el vecino?
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Silencio.
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—Sí...
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Clara sonrió con picardía.
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—Qué conveniente.
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Aileen escondió el rostro entre las manos.
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—Por favor...
no le digas a nadie.
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Clara hizo el gesto de cerrar un cierre en sus labios.
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—Mi secreto profesional.
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Cinco minutos después...
Clara salió del apartamento.
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Bajó al primer piso.
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Y se encontró con...
Doña Milagros.
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—Buenos días.
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—Buenos días.
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Milagros observó la expresión de Clara.
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—¿Qué pasó?
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—Nada.
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—Te conozco desde hace diez años.
Algo pasó.
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Clara sonrió.
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—No puedo decirlo.
Prometí guardar un secreto.
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Eso fue suficiente.
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Los ojos de Doña Milagros brillaron.
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Un secreto.
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Y ella no sabía cuál era.
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Era la peor noticia posible.
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Mientras tanto...
Aileen volvió a mirar el retrato.
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Lo tomó entre sus manos.
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Sonrió sin darse cuenta.
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Y lo guardó cuidadosamente dentro de una carpeta.
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Muy lejos de allí...
Josué terminaba de lavar los platos.
Sin imaginar...
que, en algún lugar del edificio...
existía un retrato suyo.
Y que alguien...
lo había dibujado sonriendo.
Muy bueno!